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El anhelado debut como profesional le llegó a los 14 años y medio de edad. Era el 21 de mayo del 2006 en el Polideportivo de Envigado, Antioquia, estadio que después sería presidido por una valla gigante de James Rodríguez celebrando un gol en el Mundial de Brasil 2014. Fue un día inolvidable y paradójico, porque el Envigado Fútbol Club enfrentaba al Cúcuta Deportivo, el primer equipo de la liga colombiana al que su padre biológico, también James Rodríguez, y su madre, Pilar Rubio, lo acercaron cuando vivían en la capital de Norte de Santander.
A James hijo es el día de mayor ansiedad que le recuerdan sus amigos «y el que más chicles masticó». «Cuando apareció en la lista de convocados, sabía que había llegado el momento, pero terminaba el juego y nada que lo ponían». Por orden de Gustavo Upegui, reconocido amigo del narcotraficante Pablo Escobar y presidente del Envigado asesinado el 3 de julio siguiente en su finca, el técnico Hugo Castaño incluyó a James cuando faltaban 24 minutos e iban 1-1. Más que inseguridad en su capacidad, había miedo de que los grandulones del Cúcuta lo lesionaran, según Juan Diego Muñoz, el preparador físico. «Haga lo que sabe hacer, mijo», le dijo. Entró con la camiseta número 15 y en la primera jugada le hizo un túnel a un contrario que le respondió con una falta fuerte. Se asustaron en el banco, pero se paró envalentonado. Luego casi anota un gol de tiro libre.
En la cancha, los ya profesionales Gustavo Bolívar, Frank Pacheco y Jonathan Estrada lo alentaron para que se tranquilizara y al final lo felicitaron. «Tenés madera, pelao». Perdieron 2-1 y los eliminaron de los cuadrangulares finales, según el análisis publicado al día siguiente en el diario El Colombiano, «por exceso de juventud», pues había ocho sub-21. A pesar de la derrota, medios de comunicación locales y nacionales lo entrevistaron porque fue la noticia del día: el segundo jugador más joven en jugar a ese nivel en Colombia. A todos les repitió: «Estoy muy orgulloso de este logro y aspiro a mantenerme como profesional aquí y luego a nivel internacional».
Cumplida esa meta, Juan Carlos Restrepo, padrastro de James, sentó a Upegui para revisar el futuro inmediato de su hijastro y le pidió que intercediera para que lo convocaran a la selección juvenil de Antioquia y siguiera subiendo de nivel. Le respondió que para qué, que ahora había que apuntarle a la Selección Colombia sub-20 que iba a entrenar en Rionegro, Antioquia, al mando de Eduardo Lara. Así fue. Upegui armó un equipo para foguearla, incluyó a James y jugó tan bien el primer tiempo que Lara lo llamó al camerino y le hizo poner la camiseta nacional para el segundo tiempo. Desde entonces siempre fue incluido en la lista del equipo tricolor que se preparaba para el Mundial de Corea. Ese año parecía ideal. James andaba feliz porque hasta había conseguido novia. Hablaba de Mónica, pero pocos llegaron a conocerla. A César Núñez, el amigo goleador de James desde la niñez, le empezó a ir mejor en Nacional y fue campeón sub-17 de la liga departamental.
James estaba confirmando las expectativas del Envigado, pero el 12 de noviembre del 2006 pasó a ser la fecha que menos le gusta evocar a nivel profesional. Ese día, luego de perder con el Cúcuta 1-0, el club descendió a la segunda división del fútbol colombiano después de 15 años de llegar a ese nivel. «Don Gustavo había muerto y nos sentíamos de lo peor», dice «Pipe» Gómez, el mejor amigo de niñez y adolescencia de James.
Deprimente para James que frente al Cúcuta haya empezado como profesional y diez meses después ese mismo equipo lo hubiera degradado. Pasar la línea entre la victoria y la senda del perdedor es una ley de la condición humana, según el escritor estadounidense Gay Talese, autor de “El silencio del héroe”: «Todo deportista que ha escuchado los vítores en un estadio ha sufrido también los abucheos». James resistía y, como siempre, su padrastro estaba ahí para animarlo así: «¿Aprendió la lección? Levántese y a hacer el doble de esfuerzo».
Sacó a relucir la palabra que más le gusta: «coraje», y convenció al nuevo técnico, Jesús «Kiko» Barrios, de que no era una promesa sino una realidad. Fueron campeones en el primer y segundo semestres, y él fue titular en 40 partidos al lado de colegas más maduros de los que aprendió mucho y se hizo amigo, como Giovanni Moreno, Jairo Palomino y Charles Monsalvo. Al comienzo, Barrios creyó que hacía el mismo papel que «Gio», pero cuando lo puso de enganche y adelantó a Moreno para que recibiera los pases, se transformaron en una dupla eficiente. «Todavía era liviano, le faltaba corpulencia, pero con una rapidez mental y una zurda prodigiosa para abrir espacios que no tenerlo en cuenta hubiera sido un pecado». Además, con el «Kiko» se identificaron por el lado espiritual, que también le venían infundiendo su mamá desde el catolicismo y el padrastro como cristiano. Leían y hablaban sobre la Biblia y no paraban de darle bendiciones a «un muchacho con gran personalidad y con gran futuro». A pocos como a Gay Talese le interesan las vidas de los deportistas y una constante entre los triunfadores: “tienen fe en ellos mismos y también son hombres de fe”.

Los XV Juegos Panamericanos de Río de Janeiro, entre el 12 y el 29 de julio del 2007, fueron pésimos para la sub-17 de Colombia (no pasó la primera ronda), pero terminarían por cambiarle la vida a James. Una hermana del arquero de la selección Colombia, David Ospina, le presentó a Daniela Ospina, una voleibolista, también de la selección nacional, que tres años después sería su esposa y luego la madre de su hija Salomé.
En esas concentraciones hizo otro amigo «para toda la vida»: Julián Guillermo Rojas, un juvenil con la misma formación de Radamel Falcao García en la escuela Fair Play de Bogotá y luego en las inferiores de River Plate, con el que jugó un «Mundialito» en Neuquén. No lo ascendieron, probó en Argentinos Juniors e Independiente de Avellaneda y regresó a Colombia, donde jugó con la Academia Fútbol Club de la B. Rojas define a James como «muy plaga» y «muy chistoso». James le dice «parcero» o «Juli». Se conocieron porque siempre los ponían juntos en el proceso rumbo al Mundial realizado en Corea del Sur entre agosto y septiembre del 2007. «Convivimos dos meses en la misma habitación. Fuimos al Suramericano, en Ecuador, fuimos a Perú y a una gira por España e Italia. Es que los futbolistas no somos gente normal, la mayoría del tiempo vivimos más entre jugadores que con la familia. Jugábamos PlayStation y me llenaba 55 a cero. Otra cosa que nos unió es que mi familia es de Ibagué y también nos encontrábamos en vacaciones. Aparte, mi abuelo trabajó con el de James a través del Comité de Cafeteros. Durante el Mundial departimos más porque quedamos bloqueados por el idioma. Él ya se cruzaba correos con Daniela». Otro amigo que ingresó al «parche» fue Santiago Tréllez, hijo de «La Turbina» Tréllez, que jugó con su papá biológico. Gran experiencia para ellos: empataron contra Alemania, vencieron a Trinidad y Tobago y perdieron con Ghana. Clasificaron a la segunda ronda, en la cual los eliminó Nigeria, que fue el campeón, con un marcador 2-1.
Ese año James y Julián se enfrentaron, uno con Envigado y el otro con Academia, en las dos finales por el ascenso al profesionalismo. Las dos veces ganó el equipo naranja. «Yo lo marqué lo mejor que pude, pero ellos nos ganaron con jugadas de James y goles de Giovanni Moreno. Siempre le daba duro en la cancha. Estando en la selección yo agarraba la cama más cercana a la puerta y él saltaba por encima, pero con las canilleras puestas porque supuestamente yo iba a pegarle. En la segunda final, en diciembre, usó unas canilleras grandísimas para que yo no lo partiera. Fue triste porque no pudimos subir a la A, pero ellos sí. James me decía: “Cagada, pero no se desanime”».
Los envigadeños armaron un carnaval. En el bus que los llevó desde el estadio, donde James entendió de verdad qué era ser profesional, hasta el parque principal de Envigado, donde les hicieron un homenaje multitudinario, empezaron a circular cervezas, a brindar y a disparar chorros de espuma. El único que no bebió fue James, a pesar de que sus compañeros le gritaban en coro: «Que se tome una, que se tome una». Tenía sus razones: la disciplina de no caer en la misma tentación que su padre y la certeza de que el futuro se decidiría en esos instantes.
Sabía que para el 2008 las prioridades del Envigado, ahora gerenciado por el hijo de Gustavo Upegui, Juan Pablo, ya no eran las mismas. El cuerpo técnico convenció al heredero de que la creación no podía quedar en manos de un muchacho que todavía estaba «biche», que era mejor no forzarlo ni arriesgarlo con la obligación de liderar y mantener el cupo en primera categoría. Optaron por la estrategia opuesta: contratarían a jugadores experimentados, en cabeza de un 10 reconocido como Néider Morantes, 16 años mayor que James y que se convertiría en el goleador histórico del club.
Si no contaban con James, menos con «Pipe», quien entró en depresión a pesar del ánimo que recibía de su familia y de su amigo. «Llegó un momento en que no tenía sustento económico para ayudar a mi mamá. Pedimos los papeles y me dejaron ir a buscar otro equipo. Terminé en el Atlético Urabá del profe Nelson Gallego. Por lo menos seguí jugando». En el caso de César, el Nacional promovió a otros compañeros al equipo profesional, menos a él. «Sentí desespero, hablé con los profes, quería que me subieran o que me entregaran los papeles. Primero me dijeron que no me desesperara, como me había dicho James, y a la semana me dieron los papeles. Volví a las inferiores del Tolima, probé en Quindío y Pasto y tampoco funcionó, hasta que me quedé sin equipo y tuve que devolverme a Lérida, mi pueblo».
Los amigos de James salían del circuito profesional y el futuro de él no era claro. Juan Carlos y Pilar, padrastro y mamá de James, sintieron que se había cumplido un ciclo y que si no se movían, la carrera de su hijo podía estancarse. En un acto de agradecimiento con la familia Upegui, y una decisión estratégica, le cedieron un 15% más de los derechos deportivos, es decir, la mitad quedó en poder del Envigado y la otra mitad de la familia de James, a cambio de que les permitieran buscar oportunidades por fuera del club.
Las aspiraciones seguían siendo grandes y el padrastro pensó que en otro equipo colombiano la situación sería similar. Optó por hacer contactos internacionales. De la página web de la FIFA bajó todos los datos de los empresarios autorizados para comprar y vender jugadores, y empezó a mandarles a Suramérica y Europa la hoja de vida y el DVD de James, que incluía fotos, videos desde niño hasta el Mundial de Corea, testimonios, cifras, conceptos técnicos y médicos, logros desde preinfantil hasta juvenil, registros de periódicos y noticieros de televisión.

La primera propuesta llegó de Argentina, de parte de Silvio Carlos Sandri, dueño de la empresa Coordinaciones Deportivas S. A. y exportador de jugadores colombianos a ese país. También llevaría a Giovanni Moreno y a argentinos a las ligas italiana y portuguesa. El propio argentino confirmó las referencias de James en un sondeo a técnicos en Antioquia, que incluyó a Hugo Castaño. A la familia Restrepo Rubio le pareció serio y confiable. Averiguaron sus antecedentes y todo mundo dio buenas referencias. La condición era que solo dejaban partir a James con un contrato como profesional, no a prueba, firmado y legalizado, en el que se comprometieran laboralmente con él, incluso si llegaba a lesionarse.
Días después surgieron tres posibilidades: Boca Juniors, Lanús o Banfield. La lógica indicaría que Boca, pero en el vecindario de Caminito se podía perder entre muchos aspirantes, y el empresario admitió tener allí menor margen de maniobra. Lanús estaba de moda porque había ganado el Apertura 2007, pero la tranquilidad y la apuesta juvenil de Banfield, el antiguo pueblo de migrantes ingleses y aire victoriano, parte del llamado gran Buenos Aires, llamó la atención de Pilar y Juan Carlos. Sandri opinó que conocía de la solidez y seriedad del club, que venía en curva ascendente, y que allí tendría más oportunidades para adaptarse y destacar.
En el apacible vecindario de viejas arboledas con una cancha en la mitad, confirman que las películas recopiladas por el padrastro fueron definitivas: Sandri contactó a Clide Díaz, directivo del club: «¿Te puedo mostrar videos de un colombianito?». Quedó impresionado: «Hacía jugadas espectaculares y no dudé un minuto en sumarlo». Él a su vez convenció al presidente del llamado equipo Taladro, Carlos Portell. A los tres les llamó la atención el convencimiento que muestra James al presentarse en el DVD. Está sentado en su cama frente al collage que le hizo su mamá y que resume en fotos y titulares de periódicos su frenética carrera.
Con el control del PlayStation en las manos, su terapia de relajación, dice: «Tengo 16 años, soy jugador profesional. Un volante 10 con mucha llegada. Me gusta jugar con la pelota al piso y hacer gol, aunque el pasegol es un don que Dios me dio. Quiero seguir jugando para Colombia y a nivel mundial». «¡Qué confianza se tiene este pibe!», fue la reacción. Revisaron cada dato: 1,80 de estatura, 73 kilos de peso, sano, vacunado, con un cartón de bachiller obtenido por ventanilla…
Repasaron todas las categorías nacionales que superó, repitiendo entre exclamaciones goles de media distancia y olímpicos. ¿Experiencia internacional? Mucha para 16 años: subcampeón con Colombia en la Copa Independencia de El Salvador 2006, frente a México, Costa Rica y El Salvador; campeón, goleador y mejor jugador del iv Torneo Internacional de las Américas en Cali; en el Torneo Internacional de Verano 2006 el exfutbolista colombiano Mauricio «Chicho» Serna lo recomienda para Boca Juniors, de Argentina, pero el empresario Alberto Quiceno no concreta la oferta; hace cuatro goles en el Campeonato Suramericano de Ecuador 2007 y es elegido «jugador con más proyección»; en los Panamericanos de Río, a pesar de la eliminación colombiana, es señalado como figura del equipo y tentado por el Palmeiras para pruebas por un año que no se concretan, y en el Mundial sub-17 de Corea, figura contra Alemania y Trinidad y Tobago. Con las pruebas en la mano, se les hizo difícil encontrar un mejor perfil para invertir.
El negocio de 440.000 dólares, por la mitad del pase, se formalizó en el restaurante La Margarita de la carrera 70, en Medellín, al calor de una bandeja paisa. Hubo suspiros y muchas oraciones. «Él se fue para Argentina la primera semana de enero del 2008 −recuerda “Pipe”—. Me alegré mucho por él, pero es duro quedarse viendo el futuro enredado. De eso empezamos a hablar por Messenger». Uno se convertía en jugador internacional, el otro se quedaba en el camino. Contradicciones de vida que iban a profundizarse.
* Nelson Fredy Padilla es editor de El Espectador. El libro “James, su vida” fue incluido por el Ministerio de Cultura en el Plan Nacional de Lectura. Todavía se lee en las bibliotecas públicas del país y fue traducido al japonés. También es autor de libros como “Vivir un mundial. Crónicas de Brasil 2014”, “A un paso del Olimpo. Crónicas de los Juegos Olímpicos de Río 2016” y “El galeón San José y otros tesoros”.