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La derrota fue cruel y la herida tardará en sanar. Cruel porque Colombia empezó ganando, tuvo la ventaja en tres ocasiones y no pudo cerrar el partido. Cruel porque a falta de segundos, cuando el título ya se acariciaba entre los dedos —tras el gol agónico de Mayra Ramírez—, una volea imposible de Marta mandó la final a la prórroga. En el alargue, cuando todo parecía perdido, Leicy Santos revivió la esperanza con un tiro libre de antología que forzó la tanda de penaltis. Katherine Tapia atajó dos cobros, pero ni con eso alcanzó para arrebatarle a Brasil su novena corona en diez ediciones de la Copa América Femenina. Así es el fútbol, cruel, emocionante e inesperado. Tan espectacular como sufrido, tan hermoso como caprichoso.

Antes del torneo, las expectativas alrededor de la selección femenina no eran tan altas como en otras ocasiones. A pesar de una preparación con varios fogueos internacionales, las actuaciones en torneos como la SheBelieves Cup dejaron la sensación de que el equipo había perdido sintonía bajo el mando de Ángelo Marsiglia. Las críticas se hicieron fuertes tras el empate contra Venezuela en el debut, pero la selección empezó a levantar cabeza. Le ganó a Paraguay, goleó 8-0 a Bolivia y compitió de igual a igual con Brasil en la fase de grupos (0-0), lo que encendió la ilusión. La clasificación a la final llegó tras una intensa batalla contra Argentina, decidida en los penaltis, en los que Colombia aseguró su cupo a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028.
Ese tiquete olímpico era el gran objetivo del proceso. Las jugadoras, claro, demostraron la ambición de conquistar el título continental, a nadie le puede quedar la duda, pero la prioridad era no dejar escapar la clasificación a las máximas justas del deporte. Con esta, la selección suma su cuarta participación olímpica, tras Londres 2012, Río 2016 y París 2024. Lo que logró Colombia no es casualidad, lleva años cocinándose. Hoy el proyecto es una realidad. La propia Marta Vieira, la leyenda que frustró el sueño colombiano en Quito, reconoció el lugar que Colombia se ha ganado en el continente: “Colombia es una potencia en América del Sur, pero tiene que ser una potencia afuera también”.

El proceso de la selección es, en sí mismo, un equilibrio entre generaciones. Figuras como Catalina Usme y Daniela Montoya siguen liderando al grupo, siendo parte de las pioneras que jugaron los primeros mundiales. Leicy Santos y Mayra Ramírez ya son referentes consolidadas, mientras que Linda Caicedo, con apenas 20 años, es la cara visible de la nueva era. Incluso, en esta Copa América brillaron talentos emergentes como Valerin Loboa, de 18 años, quien dejó claro que la cantera no se detiene. Colombia ha logrado construir una base sólida de jugadoras experimentadas, que se fortalece con la llegada de jóvenes de gran proyección, a pesar de las carencias estructurales que sigue arrastrando el fútbol femenino en el país.
Tras la final, el mensaje fue claro: hay que seguir adelante. Colombia debe enfocarse en su próximo gran reto: la clasificación al Mundial de 2027, que se jugará en Brasil. El recorrido será exigente. La Liga de Naciones Femenina, novedoso torneo para la Conmebol, definirá los cuatro cupos sudamericanos restantes (dos directos y dos vía repechaje). La Tricolor debutará el 24 de octubre de 2025 contra Perú en casa y jugará un formato de todos contra todos en nueve jornadas. Brasil, como anfitriona, no participará, pero Colombia tendrá salidas complejas contra Argentina y Paraguay, mientras que recibirá a equipos difíciles como Venezuela, Uruguay y Chile. La clasificación al Mundial es el siguiente paso de un proceso que ya supo lo que es competir de tú a tú en Australia y Nueva Zelanda 2023, donde solo Inglaterra, bicampeona de Europa, pudo frenar el sueño colombiano. No habría que olvidar que en los Olímpicos, el equipo que eliminó a las colombianas, y en penaltis, fue España, la campeona del mundo.
El golpe de la derrota en Quito ya es parte del pasado. Colombia no puede permitirse echar en saco roto el camino recorrido. La selección ha llegado a cuatro finales de Copa América en las últimas cinco ediciones, pero todavía tiene la deuda pendiente de levantar el trofeo. Esa espina duele, pero también sirve de impulso. El reto es aprender de los errores, consolidar el proceso y mantener la ambición intacta. La historia no se construye con lamentos, sino con pasos firmes. Y el siguiente, el Mundial 2027, ya está en la mira.
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