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¿Por qué no se puede hablar de la muerte como parte fundamental de la vida? Nos han enseñado a tenerle miedo, a darle significado de algo malo, pero al fin de cuentas ese es el designio para cada uno de nosotros: no existir o existir para una vida más allá de la muerte, como lo plantea el cristianismo. Pero si no existiera la muerte o esta entrara en un estado de huelga, de protesta, cambiaría el significado de nuestras vidas, probablemente aumentando el estado de euforia y generando más caos del que ya hay.
Celebraríamos la no muerte en cada rincón del planeta, pero eso nos convertiría en seres desproporcionados que no tendrían cabida en un espacio tan diminuto como la tierra, probablemente tendríamos que apoderarnos del inmenso mar, que ha sido por innumerables siglos símbolo de huida o regreso y de la creación de los poemas más bellos del mundo.
Entre su infinita gracia o desgracia, la muerte ha hecho que el ser humano tenga un equilibrio fundamental tanto en población como en la forma en que la vida debe ser vivida. Al tener certeza de la muerte, el ser humano se la apropia como posibilidad última que abre la puerta a la valoración de la vida misma y en su componente ético nos hacer entrever la relación con el otro y las responsabilidades que esto conlleva.
La muerte o morir se convierte moralmente en una responsabilidad personal, ya que nuestra vida se vuelve parte de otros y eso los afecta de manera sustancial. O, al contrario, como la muerte de otros nos da una señal de alarma y ayuda a replantearnos que no somos finitos en este universo, de prepararnos para nuestra muerte desde el instante mismo de la muerte de los otros, tomamos conciencia de la vida en el presente.
Desde la concepción budista, en el Visuddhimagga (El sendero a la purificación) prescriben ocho maneras de contemplar la muerte: la muerte asesina, la muerte como ruina, compararse a sí mismo con los demás, el cuerpo compuesto y expuesto, la fragilidad de la vida, lo imprevisible de la muerte, la brevedad de la vida y la fugacidad del instante. Todas estas formas vistas en conjunto ayudan al ser humano a entender la muerte como destino último y aumentar la conciencia del presente, que es, en un sentido práctico, cuando experimentamos la existencia.
Hablar de la muerte se hace esencial para construir nuestra vida, probablemente no la tenemos presente como algo inminente, pero con lo que hacemos diariamente la alargamos o no, con nuestros hábitos, formas de pensar y afrontar las inclemencias de la vida (paradójicamente). Es algo inevitable, pero al tener conciencia de esta, podríamos ser más responsables con lo que significa la vida de sí mismo y de los otros, quizá seríamos mejores personas.
Ricardo Rodríguez Rojas.
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