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Paris Saint-Germain volvió a conquistar Europa. Lo hizo de una manera muy diferente a la del año pasado, pero con el mismo resultado final. En 2025 había aplastado 5-0 al Inter de Milán en una de las exhibiciones más contundentes que se recuerden en una final de la Champions League. Esta vez tuvo que remar desde atrás, sufrir durante 120 minutos y esperar hasta la tanda de penaltis para derrotar al Arsenal. El equipo inglés se adelantó con un gol de Kai Havertz, Ousmane Dembélé empató desde el punto penal y, finalmente, el fallo de Gabriel Magalhaes le entregó al conjunto parisino una nueva corona continental. El marcador fue mucho más apretado que el de la temporada anterior, pero el significado histórico terminó siendo incluso mayor.
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Con este triunfo, PSG consiguió lo que en el deporte se conoce como un “back to back”: ganar dos títulos consecutivos. Puede parecer una expresión sencilla, pero detrás de ella existe una dimensión histórica enorme. En la Champions League, defender con éxito el título es una de las tareas más difíciles del fútbol. Cada temporada aparecen nuevos candidatos, los planteles cambian, las lesiones alteran los planes y la presión aumenta sobre el campeón vigente. Por eso son tan pocos los equipos que han logrado repetir la conquista. El Real Madrid lo hizo entre 2016 y 2018, cuando levantó tres trofeos consecutivos. Antes lo consiguieron el Nottingham Forest, el Liverpool, el Milan, el Benfica, el Inter y el Ajax en diferentes épocas. Ahora PSG se suma a una lista reservada para equipos que lograron trascender una temporada brillante para construir una verdadera era de dominio.
Lo más llamativo es que este bicampeonato llega apenas unos años después de que el club fuera considerado el gran ejemplo de las frustraciones europeas. Durante más de una década, la institución parisina invirtió cantidades gigantescas de dinero para intentar conquistar la Champions League. Reunió algunas de las figuras más importantes del planeta, protagonizó fichajes históricos y acumuló plantillas que parecían diseñadas para ganar Europa. Sin embargo, año tras año aparecía una nueva decepción. El problema nunca fue la falta de talento. El problema era que PSG parecía una suma de individualidades antes que un equipo capaz de competir al máximo nivel colectivo.

El estratega que lo cambió todo en París
La transformación comenzó con la llegada de Luis Enrique. El técnico español aterrizó en París con una idea muy clara: el club necesitaba dejar de depender de las estrellas para empezar a depender de una identidad. Esa visión quedó expuesta cuando se produjo la salida de Kylian Mbappé. Para muchos, perder al mejor futbolista del equipo significaba renunciar a cualquier aspiración inmediata de conquistar Europa. Parecía una apuesta demasiado arriesgada. Sin embargo, Luis Enrique interpretó el escenario de manera diferente. Entendió que la marcha de Mbappé abría la posibilidad de construir un equipo menos dependiente de una figura y mucho más comprometido con una idea colectiva.
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El tiempo terminó dándole la razón. PSG no solo sobrevivió a la salida de Mbappé, sino que se convirtió en un equipo más competitivo. El éxito no llegó porque apareciera un nuevo líder individual que reemplazara al francés, sino porque cada pieza comenzó a cumplir una función específica dentro de un engranaje mucho más equilibrado. Dembélé, Vitinha, Hakimi, João Neves, Kvaratskhelia o Safonov son futbolistas importantes, pero ninguno ocupa un lugar por encima de la estructura diseñada por el entrenador. La estrella principal es el funcionamiento.

Ese funcionamiento tiene características muy definidas. El PSG de Luis Enrique es un equipo agresivo sin balón y ambicioso con él. Presiona alto, intenta recuperar la pelota lo más cerca posible del arco rival y obliga constantemente a sus adversarios a jugar bajo presión. Físicamente es un conjunto imponente, capaz de sostener ritmos de intensidad muy altos durante largos periodos de los partidos. Además, posee una virtud que suele distinguir a los grandes campeones: sabe adaptarse a contextos diferentes.
La comparación entre las dos finales de Champions ayuda a entender esa evolución. Contra Inter, el equipo encontró espacios rápidamente y terminó construyendo una goleada histórica. Frente al Arsenal, en cambio, tuvo que convivir con la adversidad. Empezó perdiendo, encontró dificultades para romper el bloque defensivo inglés y necesitó un penalti para igualar el marcador. Sin embargo, nunca perdió el control emocional del partido. Siguió insistiendo, mantuvo su propuesta y resistió la tensión de una definición desde los once metros. Esa capacidad para ganar de maneras distintas suele ser una de las señales más claras de los equipos dominantes.
Por eso el principal responsable de este bicampeonato es Luis Enrique. No solamente porque diseñó el modelo de juego, sino porque modificó la mentalidad de una institución entera. PSG pasó de ser un club obsesionado con acumular estrellas a convertirse en un equipo obsesionado con competir. La diferencia parece sutil, pero cambia absolutamente todo. Durante años, el proyecto parisino buscó nombres que garantizaran el éxito. Luis Enrique construyó un entorno en el que el éxito depende de una idea colectiva.
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Dos Champions consecutivas son la prueba más contundente de que la fórmula funciona. PSG ya no es una promesa, ni un aspirante, ni un proyecto en construcción. Es el referente actual del fútbol europeo. Y mientras el resto de Europa busca la manera de alcanzarlo, Luis Enrique parece estar pensando en algo todavía más ambicioso: convertir este ciclo ganador en una dinastía capaz de marcar una época. Después de dos temporadas consecutivas levantando la Orejona, esa posibilidad ya no parece una exageración, sino el siguiente paso natural de un equipo que aprendió a ganar y que, por ahora, no muestra señales de querer detenerse.

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