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El periódico español El País tiene un corresponsal de asuntos globales llamado Andrea Rizzi, quien antes de subirse al avión para ir a la reciente Cumbre del G7, en Hiroshima, recibió en Madrid una copia de mi libro Un país sin besos, una selección de estas columnas publicadas entre 2020 y 2022. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Encargado de hacer de faro que orienta a los lectores por las aguas turbulentas de la geopolítica actual, Andrea sintetizó mi libro en seis adjetivos tan diversos y definitivos que trajeron a mi memoria aquellos diagramas usados por los catadores de café para cuantificar cualidades como aroma, acidez, dulzor y profundidad. “Crítico, pero también cercano, culto, pero no pesado”, dijo antes de enumerar los seis puntos que, a su modo de ver, resumen mis textos: didácticos, periscópicos, irónicos, interesantes, ecuánimes y amenos.
Aunque de pequeño me enseñaron a tratar los elogios como si vistiera ropa interior de marca, que se lleva con orgullo y da seguridad, pero no es para mostrársela a todo el mundo, sus calificativos, valorados con puntajes de 0 a 100 y presentados en un hexágono por un diseñador amigo, me vinieron de perlas para un evento en el que tendría que sintetizar en pocos minutos mi libro.
El acto, celebrado en el Instituto Cervantes de Tokio, trataba sobre cómo hablamos de Japón en español. Participaba Almudena Ariza; una reportera de Televisión Española, con quien trabajé como productor de campo en la cobertura de la triple tragedia de terremoto, tsunami y accidente nuclear de Fukushima en 2011, y el editor de mi libro, Jaime Alejandre, escritor, también español, residente en Tokio.
Acostumbrada a informar sobre las peores tragedias de las décadas recientes, Almudena se conectó online y recordó que en el prólogo de mi libro manifestaba su asombro al ver la contención de los damnificados del tsunami cuando declaraban, serenos y sin perder la compostura, que habían perdido su familia.
Jaime Alejandre explicó cómo Japón usa “otro tipo de representación gráfica del sentimiento, menos histriónica, barroca y desaforada que la occidental de gentes que se arrancan los cabellos o ejercen profesión de plañideras para llorar en los velatorios”.
Expliqué la prehistoria de esta columna en International Press, un semanario en español que apareció en Japón entre 1994 y 2010, cuyos lectores me ayudaron a fijar dos prioridades a las que Andrea Rizzi adjudicó, respectivamente, 100 y 85 puntos: ser didáctico y ameno.
Gracias a la edición dominical de El Espectador la columna encontró, además de lectores en todo el mundo, una legión de piratas que la difunden, a veces en inglés, y subscriptores fieles que me animan a seguir hablando de Japón en español.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.