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Crítica de cine

‘Backrooms’: El laberinto liminal de Kane Parsons no logra despegar

MADRID, 03/06/2026.- 'Backrooms' es una película de terror de bajo presupuesto y estética retro sobre espacios laberínticos que existen más allá de la realidad que ha dirigido el youtuber y cineasta de 20 años Kane Parsons, y que se ha convertido en líder de taquilla en medio mundo y amenaza conquistarlo según vaya llegando al resto de los países. EFE/A24-Elastica Films SOLO USO EDITORIAL/SOLO DISPONIBLE PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE ACOMPAÑA (CRÉDITO OBLIGATORIO)
“La película está en un punto medio entre el cine comercial y el de nicho”: Crítica de cine
Foto: EFE - A24/ Elastica Films

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Calificación: 3,5 estrellas de 5.
Foto: El Espectador

Aunque el concepto de “espacios liminales” no nació en internet, sí ha ganado popularidad dentro de la cultura digital de los últimos años. En esencia, se refiere a lugares por los que la gente pasa todos los días, pero que no están hechos para ser habitados. Espacios de transición que no se viven. Su estética es muy parecida: parqueaderos, bodegas, salidas de emergencia, oficinas, aeropuertos. En la red proliferan imágenes que los muestran vacíos y tenuemente iluminados. Los caracteriza una estética desconcertante y, de cierta manera, nostálgica. También se conocen como backrooms, una etiqueta que ya es casi cultura general de las redes sociales, y con la que Kane Parsons tituló tanto la serie web que le valió millones de visualizaciones en YouTube, como este, su primer largometraje.

En ambas, el espacio y su atmósfera son protagonistas. Mientras la serie tiende hacia lo experimental, la película toma un rumbo narrativo claro. Sigue a Clark, el dueño de una tienda de muebles que, en un punto crítico de su vida, termina entrando a los backrooms por accidente. La historia, sin embargo, es más una excusa para presentar el lugar y contextualizar al público. Dibuja vagamente a los personajes y cae en convenciones del suspenso que no ayudan a que el guión despegue. En su esfuerzo por adentrar al espectador en ese ambiente extraño, descuida lo que está por fuera de él y reduce las motivaciones de los protagonistas a anécdotas que luego retoma con desgano. También sugiere elementos muy puntuales del terror corporativo o la ciencia ficción que, de igual forma, se quedan en la superficie.

Por eso, cuando se concentra en la atmósfera y le da tiempo en pantalla, es cuando de verdad se vuelve atrapante; cuando desarrolla un estilo propio, desolado. Usa recursos como el found footage (archivo encontrado), silencios agobiantes y luces descoloridas que le dan personalidad a las imágenes; un sello del autor que, además, se debe a todos los usuarios que han hecho trascender esta estética en internet. Lo más interesante que tiene es, justamente, que no explica lo que pasa, sino que se queda en lo liminal, lo intermedio. Antes que respuestas, propone sensaciones.

Así como hay objetos incrustados en las paredes que parecen anclados a dos mundos distintos, la película está en un punto medio entre el cine comercial y el de nicho. Intenta satisfacer por igual las expectativas del público que sabe lo que va a ver (y que tiene conocimiento previo del tema), como las del que no está familiarizado con este universo. Se queda a mitad de camino porque tiene ideas innovadoras, pero cae en lugares comunes que le quitan contundencia. Funciona como una puerta de entrada al concepto específico de los backrooms y a las narrativas virtuales que, como ella misma demuestra, están atrayendo las miradas de grandes productoras y públicos masivos, cada vez más interesados en proyectos divergentes. La cinta invita a explorar el laberinto del sótano y perderse en sus texturas, con el cine y la comunicación digital por delante.

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