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En Barranquilla llovió más que en los partidos anteriores. Eso parecía un mal presagio. También para los cabaleros parecía serlo el hecho de que el técnico Néstor Lorenzo no tuviera su traje completo, y además llevaba una boina. Los detalles y la mística en el fútbol no deben subestimarse. Colombia viene en un bache.
Que eso molesta, sí, pero no hay equipo en el mundo que por bien que juegue no caiga en un mal momento, y la selección nacional lleva ya varios partidos mostrando una cara distinta a la que dejó en la primera mitad del año con su invicto y su subtítulo de Copa América.
El mal momento se reafirmó rápidamente con un gol de Enner Valencia al minuto siete, que en una jugada individual dejó atrás a tres jugadores de Colombia y con un remate a ras y cruzado abrió el marcador. Floja marca y un baldado de agua fría que ya sobraba por toda la lluvia que había caído antes en la casa de la selección.
En la adversidad se conoce la templanza, y a Colombia le faltaron en el primer tiempo algo de pausa y de sabiduría. La ansiedad se apoderó de la mente de muchos, lo que se reflejaba en la toma de decisiones y en las piernas. Controle, corra, regatee, péguele. Ansiedad. Ansiedad. A veces no pasábamos del control de la pelota. La lluvia también fue tanta, que vimos a un Richard Ríos desbordado. Tantas veces lo vimos garantizando el equilibrio en el mediocampo, pero ayer no tuvo su mejor juego.
Nos dimos cuenta de que Colombia no necesariamente es “James-dependiente”, sino que es “Lerma-dependiente”. John Córdoba, que como cazador de área tenía sed de gol, era el más ansioso. Falló una clara, nos recordó la falta de precisión de la era de Reinaldo Rueda. Recuerdos de Vietnam, como dicen en las calles. Lo logró compensar de alguna forma al provocar la tarjeta roja de Piero Hincapié, que hizo tanto honor a su apellido que por reforzar su idea de defender terminó dejando a los ecuatorianos con uno menos.
Después de eso Colombia jugó “mejor”. Con la ventaja de un futbolista de más se organizó para inclinar la cancha a su favor, pero el gol en la primera parte no llegó. El desespero se tradujo en imprecisiones. Un tiro en el palo de Luis Díaz tras un cabezazo y otra oportunidad de Córdoba en el área chica que atajó Hernán Galíndez, el guardameta ecuatoriano. Los goles que parecían más sencillos resultaron siendo imposibles, y en el fútbol ya sabemos que eso parece sugerirnos que el azar, ese que tanto subestimamos, parecía no estar de nuestro lado por más que insistiéramos.
Las manos cruzadas en la cabeza parecían ser la imagen que describiría el primer tiempo. Parecía inverosímil ir perdiendo un partido en el que hubo tantas opciones para no solo empatar, sino darle la vuelta al marcador en una casa que ha sido fortín este año, pero que parecía deshacerse con la humedad que tanto ha sabido resistir en otras ocasiones.
“El segundo sí es, el segundo sí es”. Con una tensa fe creíamos que en la segunda parte llegarían los goles. Pasaron los minutos y nada. La tuvo mano a mano John Arias, y Galíndez ganó nuevamente la competencia al 58’. ¿Qué te hicimos, Dios? Que otra vez nos estás negando las alegrías.
La fórmula James-Quintero no funcionó ante Ecuador
James, que estaba jugando al 50 % por sus dolencias físicas, tuvo que contar en la cancha con Juan Fernando Quintero, que está en estado de gracia e ingresó para darle mayor presencia ofensiva y dinamismo al ataque de Colombia, que, aunque imponía ritmo, carecía de la precisión que sí tienen las dos zurdas más distintivas del país, quizá las únicas izquierdas que sí se aplauden por estos tiempos.
A su vez, Arias, que tampoco había tenido la lucidez de capítulos anteriores, le dio paso sobre la hora de juego a John Jáder Durán, que quizá con su irreverencia nos podía dar el que ya era concebido como el milagro del empate. Pelotas de un lado y de otro. Enganches, regates, centros. Colombia utilizaba todo su arsenal, pero resultaba un monólogo de lo inútil ante la defensa de Ecuador, que se mostraba sólida tanto en la línea de cinco como en el guardameta, que si lo exigían, respondía. Nos faltó un Chapulín Colorado, pues no tuvimos finalmente quién nos pudiera defender.
Si un genio no puede, otro entra a relevarlo, así funcionan las ideas. La cara de Colombia, a pesar de tener el ceño fruncido ante la frustración, parecía mejorar de a poco con los pases de Quintero, que fue propositivo y buscó por todos los espacios posibles. Junto a él resultó destacado el juego de Mojica y Portilla, que además de su sacrificio fueron activos para aumentar el volumen de ataque. Un relato circular.
La lluvia antecedió el partido y la misma lluvia llegó al final. El tiempo podía ser mucho más, pero no había fútbol para revertir la situación. Colombia insistió, pero fue insuficiente porque su juego así lo fue en los últimos partidos. No fue el clima, tampoco el horario, pero sí “La mala hora” del equipo de Lorenzo, que tendrá que reinventarse para lo que resta. La noche le cayó a Colombia, al parecer, y no la de Joe Arroyo.
No cerramos el año como esperábamos, cuartos en la tabla de la eliminatoria de la Conmebol. Y el próximo arrancará con dos pruebas no menores: Brasil de visita y un Paraguay en ascenso -que empató con Bolivia en El Alto- en condición de local. Hay tiempo para trabajar, pero esto parece demostrar que, a pesar del aumento de cupos, las eliminatorias suramericanas son a otro precio y con otra mística, una tan propia como los territorios que componen esta región.
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