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El día fue azul. Horas antes, mucho antes, de que los carros ensordecieran con pitos las calles de Bogotá para celebrar el histórico título contra Atlético Nacional en El Campín, la ciudad entera ya era una marea embajadora.
Las banderas, desde temprano, se veían por toda la capital. El azul y el blanco llegó temprano al estadio. El albiazul buscaba su decimosexta corona, tal vez, contra su más acérrimo rival.
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Hace unos años, en 2017, Millonarios ya había festejado contra Santa Fe, su rival de patio, precisamente en El Campín. Fue otra definición agónica, como la de este sábado, pero con el estadio teñido de cardenal y un gol de Henry Rojas lapidario.
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Sin embargo, esta definición contra Nacional, el más ganador del país, el de las dos Libertadores, el que eliminó al azul en la Copa del 89 y posteriormente lo superó en el palmarés del balompié local, era de mayor envergadura. Mucho más que la de Santa Fe.
Por eso, la ciudad desde antes ya estaba de fiesta. No por ninguna celebración anticipada, sino porque estábamos en la presencia de una de las mejores finales de la historia.
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En el fútbol, el juego tal vez no estuvo a la altura de las expectativas. Pero, porque los dos equipos advertían el peligro del rival que tenían en frente. Porque el partido era pesado, porque también jugaba la historia y la presión que bajaba de la tribuna. Pasó en los dos estadios.
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Nacional salió a esperar. En treinta minutos no solo no tiró al arco, sino que tampoco intentó al menos aproximarse al área rival. Sin embargo, cuando el cronómetro marcaba los 30, llegó el primero. De la nada, lo hizo el goleador de siempre: Jefferson Duque, que alguna vez, contra Santa Fe en otra final, ya había silenciado El Campín.

Fue un mazazo para Millonarios. Y el día que tan azul había sido, se teñía de verdolaga. Incluso cuando el trámite no lo había favorecido, los antioqueños daban el golpe.
Las dudas inundaban de miedo a los embajadores. Sobre todo porque ya en el pasado, durante la era Alberto Gamero, lo que le había faltado a Millonarios era entereza para enfrentar estos escenarios. Esta era la pesadilla, el peor panorama a enfrentar. Más de una vez se les había quemado el pan en la puerta del horno. Y las cero estrellas del proceso, hasta este sábado, se explicaban en la imposibilidad del equipo para afrontar este tipo de circunstancias adversas.
Pero, el día era definitivamente azul. El descanso fue un antes y un después para el partido. Millos, impulsado por lo histórico del momento, por la gesta que veían en frente, salió con el cuchillo entre los dientes. Gamero movió el tablero. De entrada, el samario había apostado por Óscar Cortés, que venía cansado de su largo trote con las selecciones de Colombia, la juvenil y la mayor. Sin embargo, en la segunda parte movió esa ficha y metió a Jader Valencia. El objetivo: un juego más directo, balones arriba para desacomodar ese bloque cerrado que Nacional había parado con muy buena ejecución.
Fue la clave. Millonarios empezó a avasallar a Nacional, como en el primer tiempo en Medellín, en el partido de ida que quedó 0-0. Y fruto de la insistencia, llegó el gol de Andrés Llinás, que aprovechó un rebote de un balón parado que terminó en el fondo del arco.
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¿Y con el 1-1 llegó la calma? ¡Para nada! Ahí, la tensión solo fue en aumento. Los últimos minutos del partido fueron caóticos. En Nacional se perdió el rumbo. Y mientras el entrenador Paulo Autuori intentaba hacer cambios, sus propios jugadores se le oponían abiertamente a los cambios.
En medio de la confusión, de los gritos y de que nadie entendía nada, el partido se fue a los penaltis. Una lotería cruel para el corazón, pero con final feliz para los embajadores.
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Álvaro Montero, el arquero tan criticado, terminó siendo la figura. Esa es una historia común entre goleros. La redención de los penaltis, que encumbran a los guardapalos en el olimpo. Como también, en este caso, le pasó a Larry Vásquez, quien metió el penalti definitivo y dictó sentencia: Millonarios, campeón.
Y campeón contra Nacional, algo mucho más certero, histórico y contundente. Un día inolvidable para la historia del fútbol colombiano y para la historia de Millonarios. Un día azul, como Bogotá, que 16 veces ya ha gritado campeón con las gestas de los embajadores.
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