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Las indígenas Emberá son una marca de calidad artística sobre los andenes yertos de Bogotá. Se sientan sobre el cemento duro, con uno o dos hijos que parecen nunca crecer. Extienden una manta sobre la que exhiben su obra maestra plena de colores armónicos. No proclaman su producto para que los transeúntes lo compren, sino que confían en él para que se venda solo.
Son maestras en la combinación de rojos, azules, amarillos, etc. Su trabajo es de minucia. Distribuyen las chaquiras diminutas en círculos, espirales o demás caprichos y así generan pequeños ornamentos que son una alegría extraña sobre las aceras carrasposas de los caminantes apresurados.
Estas madres llevan a sus hijos y, a la hora del almuerzo, sacan de algún lugar escondido unas viandas que todos consumen sin abandonar su lugar de trabajo, de vida cotidiana, de iluminación de la atmósfera urbana. En ocasiones se ve dormir a los pequeños, sin que ellas cambien su rutina ni su posición de piernas cruzadas sobre la realidad ingrata.
Nunca se ven hombres en sus alrededores. La leyenda urbana imagina que estos toman trago mientras sus mujeres sostienen la economía. El hecho es que son ellas las trabajadoras, artistas, cuidadoras de niños, comercializadoras. Y todo lo hacen en silencio. Ni siquiera interrumpen el aire con gritos de vendedor ambulante ni con ruegos de limosnas.
Cuando de milagro se las ve de pie, lucen unas faldas impregnadas de un colorido similar al de sus abalorios de trabajo. Estas mujeres llevan en las venas el sentido superior de la combinación de todos los tonos del mundo. No se equivocan, cada pequeña obra es una joya. No fabrican cacharros para atraer la atención y las monedas, son artistas, no abandonan la conciencia de creadoras.
Se sabe que duermen en carpas negras improvisadas que flotan en el Parque Nacional. Se escucha que ya casi las autoridades van a desalojarlas para amontonarlas con toda la familia en una lúgubre casona del occidente, que varias veces los funcionarios han intentado retornarlas a su lugar de origen.
Ellas, ellos y sus niños se vinieron a Bogotá no por placer sino forzados por la violencia. Los grupos armados los hicieron huir de su territorio entre el Chocó y Risaralda. Y luego de dejarlos sin sus tierras les arrebataron el derecho de habitarlas. ¿Cómo podrían retornar sin exponer sus vidas?
Su equipaje no es pesado, pues la materia prima de sus collares se compone de pepitas agujereadas y de una tradición que es a la vez trabajo y arte. Las emberás dominan la gama entera de los colores y su combinación, sin que se sepa cuántos siglos hay detrás de estas destrezas. Cuando la violencia los despoja de sus tierras, se echan al hombro esos siglos y esas habilidades que ya son marca indeleble de sus vidas.
¿Qué pasaría si algún museo o galería de arte les abriera las puertas para exhibir sus bellezas? Con seguridad la ciudadanía comprendería que estas compatriotas tienen un alma desbordada, gracias a la cual son capaces de embellecer el país y el mundo.