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Han pasado 142 días en los que la familia Zaid Almassri no ha tenido que preocuparse cada mañana por el lugar en el que caerá el próximo ataque con misiles de las Fuerzas de Defensa de Israel. Por lo menos así era su vida cuando vivían cerca de Jan Yunis, en la Franja de Gaza, donde estaban sus raíces, el lugar en el que Basel, el padre, y Samaher, la madre, decidieron establecerse y criar a sus tres hijos: Muhammad, Wesam y Ali.
En Gaza, Basel estaba en el negocio avícola, pues su tío contaba con una de las granjas de cría de pollos más grandes del enclave, pero tras el 7 de octubre su granja, su casa, su patrimonio y todas sus propiedades no son más que recuerdos, pues todo fue arrasado por la contraofensiva que desplegó Israel contra Hamás, el movimiento que administra Gaza y cuyas milicias aquel día lanzaron contra Israel un ataque sin precedentes, que dejó 1.200 muertos y 250 sucuestrados, de los cuales 130, varios de ellos ya fallecidos, permanecen en cautiverio.
Para esa fecha, Basel y Muhammad estaban del otro lado de la frontera con Egipto, en El Cairo, pues al primero le iban a practicar un procedimiento médico. Entonces estalló la guerra. S
amaher, con Wesam y Ali, los dos hijos menores, tuvo que salir corriendo de su casa y refugiarse en la del padre de ella, adonde llegó todo el resto de su familia proveniente del enclave. “Fue difícil, de hecho, todos los días seguía llorando y diciendo que no vería a mis hijos ni a mi esposo. No podía dormir hasta la mañana, estaba preocupada y nerviosa. La vida es muy fría y difícil, faltaron comida, agua, harina, bebida… Pasamos dos semanas intentando conseguirla”, cuenta Samaher.

Con el estallido de los combates, la frontera de Rafah, la única ciudad de Gaza que no ha sido atacada a gran escala por Israel, quedó cerrada por completo. “Egipto no permite que nadie entre en las zonas de Al-Arish (la ciudad fronteriza) y las zonas situadas a 500 kilómetros antes del cruce están prohibidas”, explica Basel. Él, mientras tanto, quedó del otro lado con su hijo mayor. Por fortuna para ambos, Basel nació en Barranquilla y vivió en Colombia por tres años, por lo que podía contar con la nacionalidad colombiana en un proceso que venía adelantando la Embajada de Colombia en Israel desde 2022. Entonces fue acogido por la sede diplomática de Colombia en El Cairo, al tiempo que desde Tel Aviv la Embajada de Colombia en Israel adelantó frente al Gobierno Nacional el proceso para nacionalizar a Samaher y a sus tres hijos. Con la ciudadanía colombiana existía la posibilidad de que Israel les permitiera salir hacia Egipto y que la familia se reencontrara.
No fue una gestión fácil y, al tiempo, la delegación diplomática en Tel Aviv realizó los trámites para nacionalizar a Elkana Bohbot, un israelí casado con una mujer colombiana, Rebecca, y que fue tomado como rehén por Hamás durante el festival de música que se desarrollaba en Reim el 7 de octubre. La embajada dio prioridad y urgencia a nacionalizar a la familia palestina y a Bohbot, pues contar con la ciudadanía les daba a unos la garantía de que podrían salir de Gaza sin que Israel lo impidiera, mientras que al otro le daba posibilidades para facilitar su liberación.
Todo esto se logró para los últimos días de noviembre, cuando ya habían pasado más de un mes separados. “Durante la guerra estábamos todos con mi familia, es decir, en la misma casa. Era pequeña y el clima era frío, la vida era muy difícil, mucho más de lo que puedas imaginar”, recuerda Samaher.
La embajada y consulado de Colombia en Tel Aviv mantuvieron contacto telefónico permanente mientras se pudo y cuando lograron obtener la autorización de Israel para salir, coordinaron con el cónsul de Colombia en El Cairo, Carlos Hurtado, quien tuvo que viajar hasta la frontera entre Egipto y Rafah para entregarles los documentos a Samaher y sus dos hijos, para regresar con ellos a El Cairo y reunir a la familia. “Salió a las cinco de la mañana y vino al día siguiente a las cinco de la mañana igual. Tardó 24 horas para traer a mis hijos a Egipto. Cuando nos encontramos, nos abrazamos entre llanto”, contó Basel.
De Elkana aún no se tiene razón. Su esposa e hijo estuvieron en Colombia por un tiempo, fueron recibidos por el presidente Gustavo Petro y varios delegados de la Cancillería, como el canciller encargado Luis Gilberto Murillo, el viceministro Francisco Coy y la embajadora de Colombia en Israel, Margarita Manjarrez. En cuanto a los Zaid Almassri, la Organización Internacional para las Migraciones cubrió sus tiquetes aéreos y a su llegada también fueron recibidos por delegaciones del Gobierno y medios de comunicación que televisaron el suceso. Los acogió en Barranquilla la comunidad árabe y organizaciones asociadas a la comunidad musulmana. Este último grupo se encargó de costear la casa en la que la familia ha vivido en el barrio El Paraíso, pero no es una que pueda sentirse del todo como un hogar.
Aunque parte del mobiliario trata de seguir la estética árabe, una mesa aún cuenta con la etiqueta de antigüedad y el precio, mientras que otro tanto de artículos de la casa se sienten improvisados. No es la vida que la familia construyó. Para la publicación de esta historia aún no manejan el español más allá de ciertas frases básicas que les faciliten su vida cotidiana. Cuando Basel recibió a El Espectador, la comunicación fue mediada por un traductor automático que no siempre entregó los mensajes con exactitud.
Pese a todo, por lo menos tienen la tranquilidad de que sus vidas no corren peligro estando en Barranquilla. Sin embargo, la incertidumbre no ha salido de su vida. Son cinco meses en los que ni él ha podido trabajar ni sus hijos han podido recibir educación, por lo que prácticamente se encuentran varados. Basel cuenta que cuando llegaron a Colombia solo tenían US$500 (casi $2 millones) y hoy no saben qué será de sus vidas una vez se cumpla el período de arriendo que les pagó la comunidad musulmana. Por todo esto, piden ayuda al Gobierno o cualquier entidad que pueda facilitar su integración a esta sociedad. “Creo que mi familia y yo nos integraremos a esta sociedad. Mis hijos ya intentaron ir al colegio y el mayor, Muhammad, quiere continuar sus estudios universitarios. Por eso quiero un trabajo y una casa, sobre todo la casa. Al final de mes se acaba el arriendo que nos pagan y no quiero ir a la calle”, cuenta Basel.
Muhammad, su hijo, también se siente a gusto en Barranquilla: “Aquí la vida es seguridad, estabilidad. Una persona puede ir, puede venir, puede viajar. La vida existe. Puedes hacer lo que quieras, es una manera muy buena de vivir. En el otro lado no hay seguridad, ni protección, en cualquier momento puedes morir. La vida no se vive en la Franja de Gaza”. Samaher está de acuerdo con su esposo: con una casa y un empleo para él estarían estables.
Fuentes de la Cancillería respondieron que al tiempo que se les nacionalizó, se les inscribió en la Ley de Retornados, que les permitiría acceder a oportunidades laborales y de integración. También dijeron que el programa Colombia Nos Une “está trabajando para apoyarlos con proyectos productivos”. Además, le respondieron a este diario que gestionaron fondos con el sector privado para que la familia se mantenga tres meses más, pero, al cierre de esta publicación, Basel afirmó que aún no habían recibido el dinero.
Viven constantemente agradecidos con el Gobierno colombiano y todos los diplomáticos que intervinieron para llegar hasta el país. Al tiempo, esperan poder montar un negocio de comida palestina que les permita ser sostenibles. Mientras tanto, siguen consumiendo noticias y se siguen comunicando con la familia que dejaron atrás. Los dos padres de Samaher son adultos mayores y se encuentran dentro del millón y medio de refugiados que están en Rafah, el último rincón de Gaza que no ha sido objeto de incursiones militares por parte de Israel. “Mi familia está muy cansada. Mi madre llora cada vez que habla conmigo y su situación es muy difícil. Todos han sido desplazados de su hogar. Todo se ha convertido en arena y lo están dejando. Esto significa que no estoy nada feliz. Me hablan todo el día del miedo y del terror. No pueden dormir mientras ayunan. Estoy cansada”, dice Samaher durante la entrevista que hicimos durante el Ramadán.
Se preguntan dónde quedó la humanidad y desean que la situación pare, no le desean a nadie lo que vive su pueblo, pero tienen claro que no depende de ellos que la situación en Gaza cambie. “Dios quiera que les conceda el bien y que acabe esta guerra. Pero no lo sabemos, el tema no está en nuestras manos. Todo depende de Benjamin Netanyahu (primer ministro de Israel, determinado a eliminar a Hamás)”, dice Basel.
La familia creó una recaudación de fondos para recibir ayuda. Si está interesado puede acceder al siguiente enlace web: bit.ly/3vGnzqF
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