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En el centro

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Hace tiempo las fuerzas políticas vienen trabajando en dividir al país en dos bandos. El de los buenos y el de los malos. Buenos y malos dependen del sitio donde se sitúe el observador. Si está en el lado de la que se denomina derecha política, los buenos están de ese lado y los malos en el lado contrario. Si está situado en la denominada franja política de izquierda, los buenos estarán de su lado y los malos, los enemigos, en el lado contrario. Es un discurso repetido por años, en el que lentamente han ido cayendo amplios sectores de la población. No es una situación excepcional que vive Colombia. En la actualidad ocurre en gran número de países. Por ese camino el mundo ha terminado dividido en dos sectores irreconciliables, donde se han graduado de enemigos a los del bando contrario.

En el caso colombiano, la elección de dos presidentes notoriamente pugnaces —con ideas completamente mesiánicas a las que han revestido de las mejores intenciones, utilizando un lenguaje retórico, distorsionador y mentiroso— ha llevado al país a un camino sin salida. Una realidad innegable que se seguirá profundizando, porque son muchos los factores que inciden en ella. Parte de la estrategia consiste en denigrar del contrario, de proferir en su contra cuanta diatriba y vituperio trae el vocabulario. Las denominadas fuerzas de derecha y de izquierda se adjudican unas a otras toda clase de tropelías y de villanías. Las redes sociales y los medios alternativos de comunicación han encontrado un terreno abonado para el ejercicio de su oficio.

Esta situación de enfrentamiento parece estar dando paso a un desánimo generalizado en la población. Hay descreimiento, pesimismo, falta de interés, una especie de desaliento insuperable, debido a la confrontación política que se vive a diario. Los que pugnamos por una línea de centro racional no tenemos cabida en este escenario. Los de un bando tratan de situarnos como acólitos o corifeos del otro, cuando lo cierto es que nos resistimos a encasillarnos en ninguna de estas corrientes. El problema de una línea política moderada y de centro es que es vista como un oxímoron, un contrasentido, se considera demasiado tibia, constituye una visión del mundo difícil de presentar, lo que la hace pasto fácil de las ideas beligerantes y radicales que imperan.

Es probable que una línea política de centro, impregnada de racionalidad y de cordura, inclinada al diálogo y a la concertación, resulte siendo mayoritaria, pero necesita un norte claro, unas ideas que aglutinen esa masa que está inconforme con el actual estado de cosas. Se requiere precisar criterios de unidad, donde prevalezcan los intereses de las mayorías sobre los fines personalistas y de sectores extremistas que pretenden imponer sus ideas a cualquier costo. Mientras no se consolide un propósito común, con verdadero espíritu democrático, continuaremos hundidos en este magma que todo lo inficiona y lo corroe.

Fernando Brito Ruiz. Pereira.

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