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No pude graduarme cuando quise, pero sí cuando lo necesitaba o, bueno, eso quiero pensar ahora; ciertamente, necesitaba graduarme hace tiempo. El punto es poder responder a la pregunta: ¿para qué quería graduarme? En efecto, aparecen respuestas que me gritan a la cara, entre ellas: por mí, por mi hija, por la familia que estaba construyendo, por mi familia, por ser y hacer algo diferente en esta sociedad. Pienso que todas son igual de importantes.
A esas respuestas ahora puedo agregar, con la certeza de quien necesita comer al menos una vez al día, que me gradué porque necesitaba ser profesor de Lengua Castellana. Y no porque tenga la mejor ortografía o el mejor estilo de escritura —que no los tengo—, o porque ser profesor en Colombia nos genere un estatus ante otros oficios, aunque no evito sonreír cuando me dicen: “Buenos días, profesor”. Sonrío más por esa angustia que disfrazo de responsabilidad, que por ese “estatus” que imaginan o consideran tener un gran número de colegas en los grupos de profesores de redes sociales. Allí encuentra uno tanta vaina graciosa como aburrida: que los sueldos, que la explotación, que los horarios, entre otras, y al oír algunas narrativas de profesores y docentes —casi oficinistas por tanto papeleo— no deja uno de imaginar el desinterés que en ellos habita. Porque, como es real lo de los sueldos, la explotación, los horarios, etc., también es una realidad que muchos licenciados sencillamente creen que ser profesor es tener un estatus y que solo basta con eso.
Volviendo a las respuestas, ahora entiendo que me gradué porque el presente me dicta que estoy en donde quiero y necesito estar. Mi sueldo no pasa de $1’500.000, comparto gastos con mi colega y socia sentimental, tengo una hija a quien le paso una mensualidad, tengo más salidas de dinero que entradas y, sí, sí quiero un mejor sueldo, un mejor horario y menos formatos. Pero los quiero de manera justa, ganados, no los quiero solo porque tengo el título de licenciado en Español y Literatura de la UIS o porque los colegios explotadores deberían pagar más. Tengo mis razones para considerar lo anterior.
Una de esas razones principales, sin pretensiones románticas, son los estudiantes. Ellos deben ser el motor del profesor —no diré más la palabra “docente”—; los estudiantes deben ser el foco de atención del profesor, su objetivo, su guía y propósito. Pero sé de directores de grupo de colegios semidistritales que ni siquiera saben el nombre de sus estudiantes. Por otra parte, es comprensible que el profesor experimente frustración, desasosiego y temor ante el futuro por esos sueldos, la falta de oportunidades y las explotaciones laborales. Pero lo que no es comprensible es construir el imaginario de que entonces los alumnos no merecen lo mejor del profesor, y no hablo de trabajar el módulo, subir notas, citar acudientes o estar al día con las actividades; hablo de saber sobre el alumno, hablo de mostrar interés más allá de la construcción del conocimiento. Lo que quiero decir es que ojalá se dé de esa manera, sin importar lo que el alumno piense de nosotros, sino que lo que pueda construir para su vida cotidiana sea lo importante para él. No estoy invitando a que el profesor sea un motivador o un coach, sino a ser una figura que demuestre interés por el estudiante. Les aseguro que con esta experiencia, en países como Colombia, los sueldos, el formato y la explotación se pueden organizar en poco tiempo. Y sé que vendrán mejores oportunidades y las cosas mejorarán para nosotros, los profes.