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El Espectador se equivoca y omite criticar a la oposición

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En respuesta al editorial del 10 de agosto de 2025, titulado “En la recta final del gobierno Petro conviene la concertación”.

Obvio que en la recta final del mandato del primer presidente exguerrillero —hombre guerrero de siempre, con gran oratoria— y la primera vicepresidenta afrodescendiente —mujer fabulosa, luchadora y admirable— conviene la concertación; pero lamento que este editorial no le enfatice lo mismo a la férrea oposición despiadada del primer gobierno de la izquierda colombiana. Esta oposición creyó que este dúo solo quería un cambio sin cambiar, ni renovar, ni mucho menos romper con estancamientos históricos y hábitos políticos del país tradicional, que ha carecido de ética, ha generado la corrupción, el engaño, el abuso de poder y la impunidad. Gustavo Petro y Francia Márquez eran inevitables, pues la democracia colombiana tenía que pasar por ellos: “Políticos que antes gobernaron y ahora aprenden a hacer oposición; la izquierda, que siempre fue oposición y ahora aprende a gobernar”, dijo Alejandro Gaviria.

¿Cómo dudar de que este gobierno es, a la vez, saludable y polémico? Saludable, porque llevábamos demasiado tiempo en manos de una casta mezquina y corrupta, que casi nunca ha tenido escrúpulos. Polémico, “porque no todo cambio es un cambio para bien, y porque si no se aprovecha correctamente la única brecha de indignación y de esperanza que se ha abierto camino en nuestra historia, podríamos terminar peor de como empezamos”. En esto William Ospina tiene razón, y esta casa editorial también, cuando dice que “la Casa de Nariño sí ha logrado conectarse con reclamos históricos que habían sido ignorados”.

Pero, debido a dicha oposición —de la cual, repito, El Espectador nada dice— y a los errores del binomio alternativo, se está dejando a medio camino la oportunidad de liderar causas vitales. Petro y Márquez han sido dos de los pocos líderes que han puesto el medioambiente en el eje de su gobierno, en un planeta amenazado por el cambio climático y en un país donde la naturaleza sufre una degradación alarmante. También han sido dos de los pocos que han situado en primer plano la paz total y las tragedias humanitarias de Cauca, Catatumbo y Gaza; si fuéramos más sensatos, estas banderas unirían a todas las personas de todas las orillas.

Pero no: ha primado el odio y el resentimiento, que han conducido a la polarización de una Colombia desunida. Por eso, la concertación tiene que ser igual para gobierno y oposición, sin negar la legitimidad del otro. El ejercicio de la ciudadanía requiere respeto, porque “la democracia no le teme al disenso (…) reconoce la divergencia de opiniones como parte esencial de la vida política…”. Ojalá, pues, que este dúo siga utilizando los cánones civiles para seguir avanzando en su Gobierno del Cambio. Y ojalá que la trágica muerte de Miguel Uribe —más allá de su posición política e ideológica— sirva para construir una democracia menos odiosa, menos polarizante y más unida y respetuosa de la vida.

*Profesor emérito, filólogo unilibrista, máster en literatura y escritor platomochotano.

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