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Una semana agridulce. El triunfo en Barranquilla con la Selección contrastó con la derrota en el frente económico.
El marcador de la inflación de agosto volvió a mostrar signos preocupantes, tras dos meses consecutivos al alza. Según el más reciente informe del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el costo de vida se ubicó en 5,1 % interanual (es decir, en el comparativo frente al mismo mes del año pasado), por encima del 4,9 % de julio.
Aunque inferior al 6,12 % de agosto del año pasado, preocupa la tendencia alcista, pues en el marcador económico, eso equivale a encajar goles seguidos cuando lo que se espera es mantener el arco en cero.
En este caso, el árbitro —el Banco de la República— necesita una inflación a la baja para silbar el fin del partido inflacionario con un recorte de tasas. Pero el resultado de agosto complica la decisión que se tomará el 30 de septiembre sobre la tasa de política monetaria, actualmente en 9,25 %.
Los pronósticos de los analistas fueron certeros en lo pesimista. Entidades como Fedesarrollo, Citi Research (que agrupa a 26 instituciones financieras), Bancolombia y Scotiabank Colpatria anticiparon correctamente el repunte, con estimaciones que oscilaban entre 5,07 % y 5,23 %.
La inflación en todas partes al mismo tiempo
En términos de alimentos, las frutas frescas, como el mango, la piña, la papaya y el aguacate, fueron las que más empujaron el precio anual (20,6 %). Pero no fueron los únicos: la carne de res (6,19 %), el plátano (10,89 %) y la papa (-45,72 %) también tuvieron variaciones significativas, según el DANE.
Un punto a resaltar es que el precio del café y sus derivados aumentó 50,29 %, mientras que el gas subió 12,12 %.
Estos incrementos golpean directamente la canasta básica de los hogares pobres y vulnerables, que enfrentaron inflaciones de 5,02 % y 4,97 %, respectivamente. En cambio, en la clase media —el grueso de la población—, se ubicó en 5,09 %, y en la clase alta 5,19 %.
La comida servida tampoco se salvó: restaurantes y comidas preparadas jalonaron el rubro de hoteles y restaurantes. Y hasta el jabón y el papel higiénico hicieron lo suyo, demostrando que en la cancha inflacionaria se paga desde el desayuno hasta el baño.
Mientras la clase alta enfrenta una inflación de “lujos” —que pueden costear con más flexibilidad—, los más vulnerables sufren una inflación de “supervivencia”, donde cada punto porcentual en el precio de la comida significa elegir entre cantidad y calidad en la mesa.
Y si se mira la tabla completa, el campeonato de la inflación deja varias sorpresas. La educación encabeza la tabla con una variación anual de 7,87 %, seguida muy de cerca por restaurantes y hoteles (7,78 %) y alimentos (6,13 %). Les pisan los talones la salud (5,67 %) y el transporte (5,19 %), mientras que el alojamiento y servicios públicos marcan 4,70 %.
En la mitad de la tabla aparecen bienes y servicios diversos (4 %) y los artículos para el hogar (3,18 %). Los últimos en la cola son recreación y cultura (1,63 %), prendas de vestir (2,02 %) y, sorprendentemente, información y comunicaciones (-0,85 %), que juegan en números negativos pero sin ir a la B.
Con una general así, el Banco de la República la tiene ligeramente cantada frente la decisión de tasas.
Banrep, tasas y expectativas
La inflación sirve como termómetro de la economía. Si sube demasiado, quema el bolsillo de los hogares —cada billete compra menos—; si baja en exceso, enfría la expansión de las empresas y comercios. Una balanza difícil de lograr.
Las proyecciones del Banrep son cada vez más pesimistas. La meta de cierre de 2025 ronda el 4,7 % —revisado al alza desde el 4,4 % anterior— y de 2026 en 3,2 % —desde el 3 %—. Esto se debe, entre otras cosas, al próximo ajuste del salario mínimo y el aumento de la productividad laboral.
En cambio, para Corficolombiana y Citi, la inflación proyectada se movería entre 4,94 % y 5 % a fin de año.
El ajuste al alza proviene de varios frentes, incluido el Producto Interno Bruto (PIB), que aún no muestra señales de alcanzar su potencial. En el segundo trimestre de 2025, la economía creció 2,1 %. El resultado estuvo por debajo de las expectativas de la mayoría de los analistas. El Banco de la República, por ejemplo, había estimado que PIB crecería 2,6 % en ese periodo, y el promedio de los analistas estimaba un 2,7 %.
El Emisor, bajo la gerencia de Leonardo Villar, ve en las políticas restrictivas un nudo que amarra la creciente tensión que pone la inflación sobre la economía.
Esto le ha ganado reiteradas críticas de “desacuerdo e incomodidad” del Gobierno, que presiona con un recorte de tasas desde hace meses en nombre de la reactivación económica. El presidente Petro ha llegado a advertir sobre el riesgo de una “estanflación”, aunque expertos le corrigieron la afirmación, señalando que el término correcto para una caída de precios sería “deflación”.
La respuesta del Banrep, de todos modos, ya viene avisada desde la última reunión de tasas: las perspectivas sobre la trayectoria de la inflación para los próximos meses “no crean las condiciones propicias” para recortarlas.
Esto bajo la premisa de que un recorte profundo —en sintonía con lo esperado por el ministro Germán Ávila— podría recalentar la economía y echar por tierra la lucha contra la inflación.
En junio, el costo de vida dio un respiro al ubicarse en 4,82 %, y aun así, la junta del Banco decidió mantener la tasa vigente. ¿La razón? Ven que la caída fue más un resbalón puntual que una tendencia firme. Y así lo confirman los datos con dos meses consecutivos al alza en la inflación.
Si bien el último informe de política monetaria mostró cierto alivio frente a ese mes debido a una energía más barata, un dólar a la baja y una oferta abundante de alimentos, agosto mostró una cara contraria: justo los alimentos son los que empujaron el dato hacia arriba.
En la comparación regional, Chile enfrentó una inflación de 4,3 % en julio —todavía no sale el de agosto—; en Brasil se ubica en 5,23 %; México 3,51 %, y Perú 1,1 %.
Mientras la inflación local complica el libreto del Banrep, hay factores de riesgo sobre la mesa.
El riesgo país enreda el Tetris
El camino que persigue el Gobierno está lleno de obstáculos para un próximo recorte de tasas. Desde el 13,25 % alcanzado en abril de 2023 hasta el 9,25 % hubo un libreto de motivos.
Actualmente, con factores como el déficit fiscal, el Gobierno se vio obligado a modificar la regla fiscal para ampliar el margen de gasto, lo que encendió alarmas en las calificadoras como Moody’s y Standard & Poor’s, quienes rebajaron la calificación del país; Fitch podría hacerlo en los próximos meses, pese al buen recaudo tributario.
En el último informe de la DIAN, el recaudo alcanzó un monto de $178,7 billones, 10 % más que en el mismo periodo de 2024 —$162,5 billones—. Sin embargo, todavía se encuentra unos $10 billones por debajo de la ruta trazada en el Marco Fiscal de Mediano Plazo por el Ministerio de Hacienda.
Por otro lado, el Banrep también apuntó el dardo a la incertidumbre generada por los aranceles del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Hoy en día el gravamen se ubica en 10 % para Colombia.
Con inflación repuntando por segundo mes consecutivo, un déficit que aprieta y un entorno internacional incierto, al Banco de la República le tocará pitar el 30 de septiembre en un partido en el que cualquier error puede costar el campeonato económico.
La cautela en las tasas ha reprimido un crecimiento que tiene por motor el gasto de los hogares. Si la tasa de referencia para préstamos bancarios sigue por las nubes, ¿quién querrá endeudarse ahora? Ahí está el dilema. Pero disminuirlas sin control sería como soltar los frenos en plena curva, un giro que pondría en juego la estabilidad de precios y la credibilidad del Banco de la República.
Para el próximo año, se vislumbran dos nubarrones en el radar. Primero, el fenómeno de La Niña en el primer trimestre, que supone riesgos en el suministro de alimentos; es decir, más presión a los precios de las frutas y verduras. Segundo, las tarifas de servicios públicos como la energía y el gas ocasionan un efecto directo en la inflación general. Si hay más importaciones de energéticos, el costo adicional se terminará trasladando al consumidor.
A esto se suma la persistente volatilidad del tipo de cambio —cerca de los $3.960 por dólar, según la Superfinanciera—, influenciada por la incertidumbre fiscal y presupuestal y los aranceles internacionales, que encarece las importaciones y presiona los precios internos.
El beneficio de una tasa baja está en la cuerda floja. Cada vez que los datos apuntan a un recorte “casi seguro”, algún indicador interno o externo vuelve a empujar la decisión al final de la cola.
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