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Los criaderos de animales en Colombia operan en medio de un vacío regulatorio. Sin un listado oficial que los identifique ni un control efectivo sobre su funcionamiento, muchos se convierten en espacios donde prima el lucro sobre el bienestar animal.
Este panorama refleja una deuda pendiente en materia de protección animal. Mientras no exista una ley que regule los criaderos, los animales seguirán expuestos a prácticas de explotación y las familias quedarán en la incertidumbre al momento de adquirir un cachorro. De ahí la importancia de que la ciudadanía denuncie los lugares donde se evidencie maltrato, pero, sobre todo, que las autoridades asuman su responsabilidad: establecer una regulación clara, efectiva y vigilada que garantice el bienestar de los animales y evite que continúen siendo tratados como simples productos.
El Espectador habló con Natalia Álvarez, médica veterinaria especialista en etología clínica y profesora de la Universidad de Antioquia, para conocer el impacto que tienen los criaderos en la vida de los animales y cuáles son las señales de alerta que la ciudadanía no debería pasar por alto.
¿Qué consecuencias tienen los criaderos en el bienestar de los animales?
Depende mucho del criadero. Algunos entregan a los perros más tarde, mientras que otros lo hacen a los 45 días. Esto significa un destete precoz, que puede generar a futuro problemas de comportamiento como ansiedad, falta de control en la mordida o incluso mayor reactividad y agresividad. Si un criadero entrega a un cachorro antes de los dos meses, no es un buen criadero.
El entorno en el que lo crían también es fundamental. Hay criaderos donde padres y cachorros permanecen encerrados todo el tiempo, lo que puede derivar en un Síndrome de Privación Sensorial (Kennel Syndrome). Esto ocurre cuando los animales crecen en ambientes sin suficientes estímulos: no ven personas, no escuchan ruidos, no tienen contacto con el exterior. Más adelante, esta falta de estimulación hace que tengan miedo de todo, ya sea salir a la calle o moverse dentro de la misma casa. Algunos se paralizan y otros reaccionan de manera agresiva. Por eso, la crianza en las primeras etapas es decisiva.
¿Cómo es la situación de las madres en los criaderos?
El hecho de que una hembra tenga camadas una y otra vez, sin ningún control, tiene consecuencias biológicas muy fuertes. Una gestación implica una gran demanda energética, por lo que necesitan estar bien nutridas, cuidadas y libres de estrés.
Existen criadores responsables que consideran a la perra parte de su familia, permiten gestaciones controladas, más espaciadas y con libertad para socializar y jugar. Pero también está la otra cara: la de las hembras que, a los cinco o seis años, son descartadas porque ya no resultan “útiles” a nivel reproductivo y terminan abandonadas en las calles. Estas madres, después de haber vivido siempre encerradas, enfrentan serias dificultades para adaptarse al mundo exterior, pues no entienden los ruidos, las luces o el movimiento de la gente.
Si una madre está bien cuidada, ¿eso se refleja también en la salud y el comportamiento de sus crías?
Sí, yo necesito tener buenas madres para que sus crías salgan bien, educadas y sanas. Cuando una hembra es muy miedosa, su descendencia tiende a serlo. Por ejemplo, si durante el último tercio de la gestación sufrió estrés físico o emocional, maltrato o negligencia, ese temor se transmite a los cachorros.
Por eso es fundamental cuidar a las madres y hacer una selección genética adecuada. En el caso de los criaderos, se deben elegir hembras con buenas habilidades maternas y temperamentos tranquilos para que su descendencia también lo sea.
¿Qué riesgos trae la endogamia en los criaderos?
En muchos casos, lo que se busca con este tipo de cruces es la belleza: fijar un tamaño, un color o un rasgo. Pero esa selección incrementa el riesgo de enfermedades hereditarias y trastornos genéticos. La diversidad genética es muy importante porque brinda mayor resistencia frente a algunas enfermedades.
Ahí es cuando se habla de “fábricas de cachorros”. Una cosa es un criadero que ve a los animales como productos y otra muy diferente, uno que busca criar individuos sanos, equilibrados y con buenas condiciones de comportamiento y genética.
En algunos criaderos es común ver animales todo el tiempo en jaulas. ¿Cómo afecta ese encierro a su bienestar físico y emocional?
El encierro no necesariamente es negativo. Por ejemplo, el guacal puede ser una herramienta útil para enseñar hábitos de higiene o brindar seguridad en momentos de miedo, como durante tormentas o fuegos artificiales. Sin embargo, un animal no debería permanecer más de cuatro horas seguidas encerrado.
Si en un criadero los perros pasan todo el tiempo en jaulas, desarrollan comportamientos repetitivos conocidos como estereotipias, que son signos de estrés, ansiedad o trauma. Además, la inmovilidad constante ocasiona problemas físicos como lesiones articulares.
En el caso de los gatos, el enriquecimiento es indispensable. Ellos pueden asumir el encierro como zona de seguridad, pero necesitan espacios altos para trepar y juegos que simulen la conducta de caza. De lo contrario, se vuelven más reactivos. También es clave proveer suficientes recursos, como comida, agua y areneros, para que puedan adaptarse mejor.
¿Qué aspectos básicos permiten reconocer el bienestar animal dentro de un criadero?
Lo primero es que no se trate como una “fábrica de cachorros”. Cuando un criadero maneja a los animales de esa manera, el bienestar se pierde.
Otro punto clave son las condiciones sanitarias. Los cachorros no deberían entregarse con parásitos gastrointestinales ni con enfermedades virales como parvo o moquillo. Para eso, los responsables deben estar acompañados por médicos veterinarios y seguir protocolos de limpieza y vacunación.
También es importante mirar cómo son seleccionados los padres y madres. No basta con fijarse en lo físico, hay que observar el temperamento: un perro equilibrado y tranquilo da mayor bienestar a sus crías.
Un detalle fundamental es la edad de entrega: nunca antes de los dos meses. Además, en los mejores casos se aplica la técnica del Biosensor en la etapa neonatal, que ayuda al desarrollo futuro del cachorro.
Y, por supuesto, que no vivan encerrados todo el tiempo. Los animales necesitan entornos enriquecidos, donde puedan expresar sus comportamientos naturales, socializar y adaptarse a la vida que tendrán después.
¿Qué papel tienen las familias en todo este proceso?
La responsabilidad de la familia es enorme. Antes de adquirir un perro hay que preguntarse: ¿qué tipo de animal se adapta a ese hogar? ¿Qué pasa si hay niños? ¿Qué ocurre si el cachorro es muy ansioso o agresivo?
La decisión no solo afecta al animal, sino también la dinámica familiar. Un perro con problemas de conducta puede hacer que las personas cambien sus rutinas: algunas dejan de salir, otras deben buscar guarderías o llevarlo siempre consigo. Por eso es fundamental que el cachorro se entregue en el momento adecuado y en condiciones de socialización óptimas.
Mientras en Colombia no exista una regulación clara que supervise los criaderos, la responsabilidad y la conciencia ciudadana siguen siendo las herramientas más poderosas para proteger a los animales. Priorizar su bienestar, informarse, observar las condiciones en las que viven y, priorizar la adopción son acciones que permiten marcar la diferencia y contribuir a un trato más ético hacia los animales en el país.
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