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El 19 de febrero del presente año se publicó la noticia de que en Armenia un veterano de Corea había empeñado las condecoraciones. Con este acto, sombríamente simbólico, pero muy explicable, hizo crisis la tremenda situación de muchos excombatientes, que al regresar a la vida civil, con su heroica aureola y sus medallas, no encontraban materialmente cómo ganarse la vida. Era enteramente natural, aunque alarmante como indicio de la grave situación de los veteranos, que uno de ellos empeñara sus condecoraciones. (Lea otra crónica de García Márquez sobre los veteranos colombianos que combatieron en Corea).
Pero el 19 de febrero del presente año habían transcurrido dos desde cuando regresó a Colombia el primer contingente. Algunos de sus integrantes, especialmente suboficiales, continuaron en el ejército. La mayoría, especialmente los soldados rasos inhabilitados en el frente para la vida militar, se dispersaron por todo el país, hacia sus hogares, convencidos de que su condición de veteranos les abriría las puertas del trabajo remunerado. Muchos de ellos consiguieron incorporarse de nuevo a las empresas que abandonaron para viajar a Corea. Pero la mayoría se hizo miembro forzoso de esa numerosa, desadaptada y dramática familia de los veteranos sin empleo.
Así empezaron las cosas
El país empezó a darse cuenta de la situación de sus veteranos, por las cartas que éstos escribían a los periódicos, cuando se convencieron de que su condición, antes que una garantía, era un inconveniente para trabajar. Pero esas cartas llamaban poco la atención del público, y en cambio había algo que sí ocasionaba una tremenda impresión y contribuía a que la nación se formara una serie de juicios falsos, absurdamente generalizados, sobre los muchachos que regresaban de Corea: con alarmante frecuencia, un veterano de Corea aparecía en la crónica roja de los periódicos. Hasta ayer, ese concepto sobre los veteranos estuvo particularmente de moda, por el caso de Carlos Efraín Larrotta, muerto a tiros cuando trataba de escapar a la justicia.
Justos por pecadores
Otro caso muy conocido, que contribuyó notablemente a reforzar la absurda opinión de los veteranos de Corea, fue el del veterano que en la mañana del 12 de septiembre del presente año ultimó a bala a dos ciudadanos, en la plaza de San Diego. Se informó en esa ocasión que el victimario, «en un alarde de despreocupación», declaró en el juzgado permanente del norte:
–Si en Corea maté a más de treinta, ¿por qué en Bogotá no había de matar a diez?
Esos dos casos, que fueron apenas la culminación de una serie de casos de sangre, de menos importancia, en que se encontraban comprometidos veteranos de Corea, parecieron confirmar ante el país la injusta teoría de que absolutamente todos los veteranos de Corea son individuos peligrosos, debido a los trastornos mentales que produjo en ellos la guerra.

Un indicio de que el país ha procedido con ligereza al medir con la misma vara a todos los veteranos y al creer que por el solo hecho de haber estado en la guerra son desequilibrados mentales, es precisamente que ni el veterano que declaró, después de ultimar a dos, que había matado a treinta en Corea, ni Carlos Efraín Larrotta, estuvieron en el frente de batalla. Cuando ellos desembarcaron en Pusán, ya había sido firmado el armisticio.
El revés de la trama
En cambio, muchos de quienes consideran a los veteranos de Corea como individuos peligrosos, porque con frecuencia han leído casos en la crónica roja, no han caído en la cuenta de que en la mayoría de los casos las víctimas han sido los veteranos. Por diversas causas, poco tiempo después de haber regresado a su hogar, varios veteranos han sido muertos violentamente. La víctima en el conocido caso del café La Tusa, apuñalado en una reyerta ocasionada por un disco, exclamó antes de morir, con mucha razón: «No me mataron en Corea y vienen a matarme en Bogotá».
Casos concretos
No se han cumplido tres años desde cuando regresó el primer contingente, y ya los veteranos víctimas de muerte violenta pasan de una docena. En Barrancabermeja, apenas desembarcado, el sargento San Juan fue muerto de un tiro. El sargento Cardoso, apenas tuvo tiempo de llegar a Leticia, cuando fue ultimado a bala. El sargento Cantor, que haciendo honor a su apellido hizo menos amargas las horas de sus compañeros en Corea, cantando y acompañándose con la guitarra, fue muerto a bala en el barrio de San Cristóbal. En el barrio Restrepo, de Bogotá, otro veterano fue apuñalado hace algún tiempo, y para darle sepultura fue preciso organizar una colecta entre los vecinos.
Y otro más concreto
Lo anterior parece indicar que muchos veteranos –algunos acostumbrados a la guerra, otros resentidos por el fracaso de sus vidas– tienen una marcada tendencia a convertirse en individuos conflictivos. Sin embargo, algunos veteranos consideran que el hecho de que muchos de sus compañeros hayan sido víctimas de agresiones fatales se debe sencillamente a la prevención que en el país existe contra ellos. Para demostrarlo, recuerdan el caso de Ángel Fabio Goes, un veterano auténtico y no «veterano de carpa», como llaman los que estuvieron en el frente a los que no pasaron de la retaguardia. Ángel Fabio Goes, que había perdido en la guerra un ojo y una mano, fue apuñalado en una emboscada en Cañasgordas por tres desconocidos, que escaparon a la justicia.

La olla revuelta
La verdad es que a Corea viajó toda clase de gente. Fueron más de 4.000 individuos, recogidos en todos los rincones de la república. Es difícil reunir al azar 4.000 ciudadanos, y que por casualidad todos resulten ser de espíritu sano y carácter apacible. Cuando se anunció que Colombia enviaría un batallón a Corea, muy pocos compatriotas bien empleados y con la vida resuelta respondieron al llamado. Aquello ocurría precisamente en uno de los momentos más difíciles de la historia nacional. Los campesinos habían sido desplazados de sus tierras. Las ciudades, superpobladas, no ofrecían ninguna perspectiva. Colombia era, exactamente, como se repitió casi todos los días en notas editoriales, en la calle, en los cafés, en las conversaciones familiares, «una república invisible». Para muchos campesinos desplazados, para numerosos muchachos sin perspectiva, incluso sin distinción de clases, Corea fue una solución.
Entre los campos de batalla de Colombia y las ciudades de batalla de Colombia, en donde la simple, la ordinaria tentativa de conseguir trabajo era todo un problema de guerra, muchos prefirieron los campos de batalla de Corea. Allí fue de todo, revuelto, sin discriminaciones muy precisas y apenas por sus condiciones físicas, casi como vinieron los españoles a descubrir la América.
2.000 libras de ceniza
Sólo al regresar a Colombia, ese grupo heterogéneo tuvo un distintivo común: veteranos. Bastó con que algunos de ellos protagonizaran una reyerta, para que la culpa recayera en todos sus compañeros; para que se les cerraran las puertas de las fábricas y se les dijera, sencillamente, que para ellos no había empleo porque eran desequilibrados mentales.
Sin embargo, de Corea no sólo regresaron veteranos. El 26 de noviembre llegaron a Buenaventura 2.000 libras de muertos colombianos. Allí venían, cuidadosamente dispuestos en urnas especiales, muchachos de todo el país, convertidos en ceniza. La madre de uno de ellos, una anciana negra, vive sola en Quibdó, en la miseria, sostenida por la caridad pública. Lo único que le queda de su hijo, entrañablemente enmarcado, es una condecoración póstuma.

Los inválidos
Entre los veteranos sin empleo hay una clase especial: la de los inválidos de guerra. Uno de ellos fue dado de alta recientemente en el hospital de Buenaventura, y logró subsistir con el auxilio de otros veteranos que han logrado encontrar trabajo en la capitanía del puerto.
Otro, a quien una bala de fusil le destrozó el estómago en el Cerro 400, no ha recibido ningún beneficio económico. Un tercero, que durante tres meses fue prisionero de los chinos, tiene un brazo inútil y una pensión mensual de $40. Finalmente, entre los muy numerosos, está el caso del veterano herido en el fémur, que fue dado de baja «con inhabilidad relativa y permanente para la vida civil y militar», y tiene una pensión mensual de $25. Teóricamente, con esa suma viven su madre, viuda, y sus tres hermanas.
El callejón sin salida
Muchos de los veteranos cesantes reconocen la buena voluntad de quienes fueron sus superiores en Corea. El coronel Alberto Ruiz Novoa, comandante en un tiempo del Batallón Colombia en Corea y actual contralor general de la república, ha colocado a muchos de sus antiguos soldados y otros tienen amplias tarjetas de recomendación que de nada les han servido. Uno de ellos es Gustavo Palmar Díaz, de quien dependen su madre y once hermanos menores, y que fue herido en el pómulo derecho, en el brazo y en una pierna, en lo que él mismo llama «la matazón del Viejo Calvo».
A consecuencia de la herida que le produjo un proyectil que penetró por el pómulo derecho y salió por el oído izquierdo, Gustavo Palmar Díaz perdió un ojo, un oído y el paladar. La recomendación del coronel Ruiz Novoa es amplia y convincente, pero ningún médico de ninguna empresa le dará el visto bueno a un inválido que trabaja en niquelado cuando encuentra oportunidad, y entonces recibe $3 por jornada.
Es, por tanto, enteramente humano que un héroe haya empeñado las condecoraciones.
* Este texto se publicó originalmente en El Espectador el 10 de diciembre de 1954 como la segunda de una serie de tres entregas titulada “De Corea a la realidad”.