
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Entre el pelotón del Clásico RCN, cuando la carrera llegó a Medellín, la multitud estalló en algarabía con el triunfo de su paisano Alejandro Osorio. Pero detrás de él, cabizbajo, con el cuerpo diciendo lo que su boca callaba, entraba Yonatan Castro. Cruzó la meta entre lágrimas, después de perder el triunfo en la última curva de la subida al Cerro Volador.
No era exageración: quienes lo vieron aseguran que las lágrimas le corrían por el rostro, mezcla de rabia y desahogo. Le habían arrebatado la gloria, a menos de quinientos metros, cuando ya la tenía entre los dientes. Hubiese sido su primera en una grande del país. Pero en esas lágrimas también había algo más: la confirmación de que un muchacho bogotano, en su primera participación en esta carrera, estaba hecho para cosas grandes.
Castro tiene 21 años y carga con la mirada limpia de quien todavía no se ha cansado de sorprenderse. Nació en el barrio Quiroga, en el sur de Bogotá, en medio de la bulla de buses y del comercio característico de la zona. Su padre fue quien lo empujó a la bicicleta, al comienzo solo por salud. Salían a rodar sin más pretensión que moverse, sudar un poco. “A nivel deportivo empecé como a los trece, catorce años. Primero por salud, y después ya me fue gustando competir. Yo soy muy competitivo, entonces le dije a mi papá que me metiera a un club”, recuerda con voz serena, sin adornos.
Ese “club” fue Monserrate, donde se formó durante cuatro años, aprendiendo a leer la montaña, a sufrir en silencio y a ganar confianza en su cuerpo. Luego vino el paso a Talentos Colombia juvenil, y más tarde, a la categoría sub-23 con Colombia Tierra de Atletas. Su carrera no ha tenido saltos de espectáculo, sino un proceso firme, paso a paso, como los ciclistas que se hacen con base en constancia más que en portadas. Hoy, vestido con el uniforme del equipo del Medellín, se estrena en su primer Clásico RCN.
Y vaya estreno. En apenas tres etapas ya dejó huella: líder de la montaña, líder sub-23, líder de los novatos. Un cofre de camisetas que en otro contexto podrían marear, pero que Yonatán toma con calma. Su misión repite, es trabajar para Diego Camargo, el jefe de filas, el hombre al que todo el equipo empuja para soñar con la general. Pero mientras cumple su papel, Castro se las arregla para abrirse espacio, para dejar su nombre anotado en las libretas de quienes siguen el ciclismo colombiano.
La segunda etapa lo retrató en esencia. Con apenas 21 años, se paró de la bicicleta y se llevó el esprint especial. Después, coronó el premio de segunda categoría en el Estadero El Mono, y el de primera categoría en la salida del túnel, a 14 kilómetros de Medellín. El terreno, áspero y empinado, parecía dibujado para él. La gente empezó a decir: “Ese muchacho del equipo Medellín la va a ganar”.
Pero el ciclismo también es cruel. A falta de la última subida, al Cerro El Volador, los veteranos del lote olieron la sangre. Rodrigo Contreras y Javier Jamaica presionaron, sumaron bonificaciones. Y, en la última rampa, el “Pony” apareció con un zarpazo seco que rebanó las esperanzas de Castro. El triunfo se le escapó a un suspiro de la gloria.
Ahí se entiende el llanto. No era solo tristeza; era el desahogo de haberlo dejado todo. El reconocimiento tácito de que estaba a la altura de los mejores. “En la llegada me derrumbé, pero las palabras del ‘Macho’ Óscar Sevilla me animaron. Es uno de nuestros líderes”, contó después.
El futuro en los pedales
Castro habla poco, no es de discursos largos. Prefiere la contundencia de sus pedalazos. Cuando se le pregunta por el futuro, no se anda con rodeos: “El sueño siempre ha sido ir a Europa”. No menciona equipos, ni estrellas, ni cifras. Su sueño es concreto y sencillo: llegar al World Tour, medirse en las grandes montañas del viejo continente. Mientras tanto, vive el día a día, sin ansiedad, como quien entiende que cada kilómetro en estas carreteras es una inversión.
Su ídolo de infancia fue Nairo Quintana. Lo recuerda entre risas: “Yo pensé que Nairo tenía club, entonces busqué en Google clubes de Nairo Quintana, a ver si podía entrar. Era un sueño”. Lo que sí existía era la ilusión. Ver esas peleas en televisión, Froome contra Nairo, lo convenció de que la bicicleta era algo más que un pasatiempo.
En la entrevista, Castro no se vende como héroe. Habla de su papá, de sus clubes, de su equipo. Dice que lo importante es la familia que encontró en el Medellín, que todos son “muy compañeristas, muy amables”. Y lo repite varias veces: “Vengo a ayudar al equipo”.
Pero en la carretera, sus piernas dicen otra cosa: que detrás de esa modestia hay ambición, y que su nombre empieza a sonar fuerte.
Un ciclista de Bogotá para el país
El ciclismo colombiano ha parido campeones desde las montañas de Boyacá hasta las carreteras de Antioquia. No es tan común que aparezca una joya nacida en el sur de Bogotá, en barrios donde la bicicleta no es deporte sino transporte. Castro rompe ese molde. Lleva la impronta bogotana en el acento y en la manera directa de hablar. Y ahora empieza a ganarse un espacio en la tradición de escaladores que han hecho del país una potencia mundial.
Al terminar la entrevista, lanza una reflexión breve pero potente sobre el ciclismo colombiano: “Siempre ha sido bastante duro, desde tiempos atrás. Es bonito poder estar aquí, compitiendo con ellos, con gente como Contreras o Camargo. Es bacano”. Esa palabra, “bacano”, lo define: un joven que no se complica, que disfruta, que se emociona de estar con los grandes y que todavía no pierde la capacidad de asombro.
🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes?: Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El Espectador