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En un rincón apartado de la isla de San Andrés, Alberto Rodrigo May Williams, más conocido como Kella, y su esposa Andrea Portilla sostienen, con esfuerzo, ingenio y un amor inquebrantable, un refugio que es hogar para más de 150 perros, gatos, caballos y otros animales en situación de vulnerabilidad. Desde hace más de 15 años, esta pareja ha construido allí un santuario donde cada vida tiene la oportunidad de recuperarse y vivir con dignidad. Lo que comenzó como un acto espontáneo de compasión, hoy es su proyecto de vida.
Una historia de amor por los animales
Andrea llegó a San Andrés hace casi dos décadas desde Medellín, impulsada por un amor profundo hacia los animales. “Yo sufro más por ellos que por las personas”, dice.
Kella, raizal y entonces dueño de un bar popular en la zona turística de San Luis, vivía entre música y playa, hasta que conoció a Andrea y su historia cambió. Juntos decidieron dedicar sus días a salvar otras vidas.
Comenzaron acogiendo perros en su casa. Luego, en el lote frente al bar, donde reposan los bisabuelos de Kella, improvisaron casitas con lo que encontraban. Ese mismo lugar es hoy un refugio con decenas de animales y cientos de historias.
Cada mañana, desde muy temprano, Andrea y Kella se levantan para alimentar, curar y atender a todos los animales. “Primero comen ellos que nosotros”, dice Andrea.
Preparan comida con lo que consiguen en el día a día: ripio de carnicerías, arroz, lentejas. Después se dedican a limpiar, reparar las jaulas deterioradas por el clima salino y húmedo y procuran que ningún animal se quede sin abrigo.
Mantener el refugio exige creatividad: recolectan madera, tejas, mallas. También venden cocos, velas, gorras y hacen rifas, todo con el propósito de tener recursos para continuar con la labor. A veces, turistas conmovidos les dejan concentrado o medicina. “Nos importa su bienestar, ellos son nuestra familia”, asegura Kella.
Sin voluntarios constantes ni veterinarios aliados, todo recae sobre ellos. “Nosotros no nos podemos enfermar”, dice Kella. Desde las 4 a.m. hasta la noche, cocinan, limpian, curan y protegen, sin pausa.
A pesar de los recursos limitados, cada acción está guiada por un compromiso profundo: no solo rescatar, sino acompañar hasta donde sea posible, procurando que cada animal reciba cariño, se recupere y tenga una calidad de vida digna.
Amenazas del clima y deficiencias en recursos
San Andrés enfrenta desafíos no solo sociales, sino también climáticos. En noviembre de 2020, el huracán Iota (categoría 4) impactó el archipiélago, dejando en evidencia la vulnerabilidad de los animales callejeros ante lluvias intensas y vientos fuertes.
Ante la emergencia, Kella impulsó una campaña para protegerlos. Contactó a autoridades, medios y organizaciones. Gracias a esa gestión, la Armada Nacional ofreció espacios de albergue temporal para los animales del refugio.
En 2022, con el huracán Julia (categoría 1), ya contaban con un plan de acción y apoyo de aliados. Lograron proteger a los animales, asegurar su alimentación y atención médica durante la alerta.
Además del riesgo climático, Kella y Andrea aseguran que la situación de los animales en San Andrés es compleja. Muchos son abandonados o maltratados, y aunque la ayuda local es limitada, no siempre se trata de indiferencia: muchas personas en la isla enfrentan dificultades económicas tan grandes, que apenas pueden sostenerse a sí mismas. “Nos duele decirlo, pero muy pocos se acercan a colaborar. Quienes más nos apoyan son turistas que se sensibilizan al conocer lo que hacemos”, cuentan.
Por eso, no entregan animales en adopción a residentes de la isla. Explican que no es una decisión arbitraria, sino una medida responsable: en San Andrés ya hay una gran población de animales en condición de calle, muchos de ellos sin acceso a comida, refugio o atención médica. Adoptar una mascota en este contexto requiere un nivel de compromiso y recursos que no siempre están disponibles.
Además, mantener un animal en la isla implica altos costos logísticos y alimentarios, así como condiciones ambientales que pueden dificultar su bienestar. Aun así, sí es posible ingresar animales a San Andrés, lo que se busca es que quienes los tengan puedan realmente ofrecerles una buena calidad de vida.
Kella y Andrea han logrado que varios perros sean adoptados fuera de la isla: Bogotá, Medellín, Cali e incluso países como Canadá y España. Pero cada caso se evalúa con mucho cuidado.
“Hemos logrado sacar 19 perritos del refugio al exterior. Pero solo si estamos seguros de que estarán mejor que aquí. Si no, se quedan con nosotros hasta que Dios los quiera llevar”, explica Kella.
Además de promover adopciones responsables, su trabajo diario incluye:
- Asegurar una alimentación adecuada.
- Brindar atención médica (vacunas, tratamientos, recuperación).
- Reparar y reforzar las jaulas.
- Sensibilizar a visitantes, voluntarios y turistas sobre la importancia de respetar la vida animal.
Historias de rescates y finales felices
A lo largo de los años, Kella y Andrea han vivido muchas historias con finales esperanzadores. Uno de los casos más recordados es el de Niña, la perrita de la pañoleta rosada.
Niña apareció un verano siguiendo a una pareja de turistas extranjeros quienes, encantados, le ataron una pañoleta rosada que se volvió su marca. Cuando ellos tuvieron que irse, le prometieron que algún día volverían.
Tiempo después, otros viajeros la hallaron muy delicada y la trajeron al refugio. Fue una batalla por su salud: sueros, atención médica, noches en vela. Poco a poco volvió a comer, a moverse, a soñar. Al compartir su foto en redes, la pareja original la reconoció y volvió por ella. Hoy, Niña vive feliz en Canadá, corriendo por parques nevados y durmiendo en una cama cálida, rodeada de amor.
También está Luna, una french poodle que fue querida en su primera etapa de vida, pero abandonada al crecer. Luna enfrentó días de soledad y desamor, hasta que llegó al refugio. Con cuidados, cariño y constancia recuperó su brillo y hoy vive en Cali, rodeada de afecto y respeto.
Estas historias son faros para el refugio, Les recuerdan que, a pesar del cansancio y los retos diarios, cada vida rescatada vale la pena.
¿Cómo ayudar?
La Fundación Kellan está presente en redes sociales como @kellan__sai, donde comparten historias, necesidades y casos de adopción.
Quienes deseen apoyar pueden contactarlos directamente. Aceptan donaciones en especie (comida, medicina, materiales de construcción, productos de aseo) o apoyo económico por los canales que ellos indican. “Nuestra vida son ellos. No necesitamos nada más”.
En un lugar donde muchos animales son invisibles, Kella y Andrea los convierten en protagonistas. Aunque trabajan solos, su labor resuena como un acto de amor y resistencia.
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