Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hace pocos días, después de una larga batalla denunciando a su expareja, Daniel Garcés Carabalí, exembajador en Ghana, la Fiscalía le imputó cuatro delitos: fraude procesal, abuso sexual, violencia intrafamiliar y ejercicio arbitrario de la custodia de sus hijos. ¿Cómo recibió la imputación y el relato de la fiscal?
Yo tengo que agradecer este proceso porque se ha convertido en una lección para mí como mujer y como madre. Uno entra a ciclos de violencia y no se da cuenta de que está en ellos. Empecé a normalizar muchísimas situaciones y las dejé pasar, quizás por amor, empatía o compasión. Como lo dijo la Fiscalía, fui víctima de todo tipo de violencias. Pero también empecé a tener miedo. Miedo social y reputacional. Un también miedo que uno siente como mujer que me obligaba a pensar si podía sacar adelante a mis hijos, mi familia, mis amistades o mi trabajo. Uno se vuelve una caja de emociones y sentimientos compleja.
A veces me pregunto: ¿Cómo permití tantos maltratos? ¿Cómo, a pesar de que podía sacar adelante responsabilidades laborales tan duras, no fui capaz de colocar un límite adecuado? Muchas veces me reprocho no haber puesto un límite porque seguramente las circunstancias no estarían en este estado. Me refiero a que actualmente no tengo a mis hijos. Mis últimos nueve meses me cambiaron mi forma de ver la vida, mi estabilidad emocional y mi rol como madre. Pasé de ser una madre que tenía la custodia tranquila de sus hijos, de involucrarse y apoyarlos, a ser un cero a la izquierda. Ahora puedo verlos restringidamente y solo los fines de semana.
Ese es, por supuesto, el drama que sigue por el conflicto entre los padres. Pero antes de meternos en las minucias de lo que ha vivido, quisiera que nos contara ¿cómo recibió la imputación de la Fiscalía a su expareja por esos delitos tan graves sobre las violencias que vivió durante 14 años?
Escuchar el relato que hizo la fiscal en la diligencia me tocó profundamente. Me llevó al recuerdo de escenarios que no quería por nada del mundo volver a sentir. Me sentí humillada. Es difícil también porque uno siente que se desnuda públicamente. Yo aquí no solo traté de proteger a mis hijos, sino que me protegí a mí misma como mujer. Pero cuando hay una imputación como esta, recobré un poco la esperanza de que hacer justicia es posible. De alguna manera ese respaldo de la Fiscalía me ha servido para pensar que no estaba loca, como me lo decían. Sí fui objeto de una violencia que empecé a normalizar y a callar.
Creo que uno quiere normalizar las cosas, también por proteger a los hijos de un agresor y también porque para mí ha sido importante que ellos mantengan una imagen de papá. La imputación de la Fiscalía me dejó esperanzada en saber qué pasa. Me sentí reconocida y valorada ante un sistema. Me he quedado pensando en cómo soporté tanto…
¿Cómo hizo?
Yo no sé cómo soporté tanto. Todo esto ha significado revivir recuerdos que también me desestabilizan. A veces he sentido culpabilidad porque están unos hijos de por medio. Pero uno debe tratar de mantener la integridad. Uno tiene que jugar a ser íntegro, sobre todo cuando es madre de dos menores de edad.
Lea también: Exembajador Garcés Carabalí será imputado por caso de violación a su exesposa
Podría relatar brevemente, con ocasión del material que documentó la Fiscalía, ¿cómo durante 14 años fue objeto de humillaciones, violencia intrafamiliar y sexual?
Todo empieza con una violencia emocional y psicológica, que no creía que existía sino hasta ahora. También de una desvalorización de mi rol como mujer y como profesional. Eran comentarios que descalificaban mi aptitud para sacar aspectos profesionales o decisiones básicas de la casa. La gente no logra imaginar el impacto que genera esta violencia emocional a través de palabras o comentarios hirientes porque uno se los empieza a creer. Ahí es donde empieza el daño psicológico.
A veces el golpe físico es más visible, pero el daño emocional que uno tiene por dentro puede ser peor. Yo llegué a dudar de si era una buena profesional o de si estaba loca. Incluso, de si era buena madre. Sentía que estaba perdiendo el control de la vida. Uno se empieza a disminuir como persona y lo hace de manera silenciosa porque uno no le cuenta a nadie lo que está pasando. Me fui disminuyendo como persona y no me daba cuenta.
¿Cómo ocurre ese desdoblamiento entre una mujer, abogada y exitosa en lo profesional, cuando en casa estaba viviendo este incendio? ¿Cómo hacía?
A veces tenía días de infierno. Tenía una enorme complejidad laboral, pero lo que estaba viviendo no se comparaba porque te afectaba tu emocionalidad o tu corazón. No quería que se supiera nada porque yo sentía que podía perder autoridad frente a mi rol profesional difícil y de tanta responsabilidad. Pero había momentos en que sentía que colapsaba emocionalmente y entraba en shock.
Empieza uno a vivir ese temor, pero al tiempo a pensar: ¿por qué estoy viviendo esto? Yo tengo educación, independencia económica y un buen trabajo, pero no podía desligarme de ese tipo de violencia. No podía hacerlo. Además, había niños menores de edad de por medio y sentía que, si enfrentaba ese problema, se iban a ver directamente afectados o iban a ser utilizados en mi contra. Y uno lo que menos quiere son los actos de desamor de sus hijos.
Yo le tengo mucho miedo a ser juzgada por mis hijos y ahora, en este proceso de instrumentalización, me he visto juzgada por ellos. Eso duele mucho. Uno no viene con un manual como madre para saber cómo debe asumir este tipo de circunstancias con los hijos. Yo nunca quise involucrarlos en el conflicto.
Beatriz, usted misma explicó que no ha querido que sus hijos pierdan la figura del padre. Sin embargo, en estos momentos ellos están bajo la custodia de su agresor, como lo dijo la Fiscalía. ¿Cómo han sido para usted estos días?
Es una dicotomía muy grande. Creo que ese miedo a enfrentar al agresor fue el que me mantuvo sin reaccionar por tanto tiempo. Aunque contactaba abogados, nunca actuaba judicialmente siempre pensando en los niños. De pronto, erróneamente, pensaba que esto iba a pasar, que los actos de violencia iban a cesar, pero siento que tuve demasiada buena fe con el padre. Ocultaba los mensajes hirientes, humillantes y los mensajes de acoso. Pero ahora, cuando veo cómo los niños se convierten en una instrumentalización de esa violencia que sufro, ya me replanteo ese tipo de ideas.
¿Con quién deberían estar realmente los niños? Actualmente, su padre está imputado por delitos como violencia intrafamiliar, ejercicio arbitrario de custodia y ahí, sin lugar a dudas, involucra a los niños y se vuelven un instrumento que perpetúa el ciclo de violencia.
¿Y qué hace ante esa dicotomía?
Quiero decirlo con nombre propio. Quien ha tomado las decisiones sobre la custodia es el juzgado 24 de Familia. La violencia institucional que he sufrido a través de esta jurisdicción ha sido garrafal y brutal. Este juez ha proferido fallos sin enfoque de género, pero lo más preocupante, sin analizar integralmente las pruebas del proceso. No escucha y no se ha dado a la tarea de revisar el contenido de la imputación. Así es que el sistema judicial de Colombia empieza a ser un agresor de las víctimas de violencia vicaria.
Fui separada de mis hijos porque fui engañada y di un permiso para que ellos fueran a pasar unas vacaciones y pudieran compartir tiempo de calidad y amor con su padre. Pero no fue un permiso para que me los quitaran, para que me los arrebataran y les empezaran a vender la idea de que era una mala madre y de que mi entorno era perjudicial. Me siento totalmente abatida por la justicia de familia.
No es coherente que una jurisdicción penal haya decidido hacer un estudio exhaustivo del material probatorio y decida imputar por unos delitos, y la jurisdicción de Familia ni siquiera estudie ese proceso. No soy yo la que está manipulando la justicia como el padre sale a decirlo. Me sometí a una justicia que corroboró los hechos y por eso le imputó cargos al padre. Este sistema judicial, y este juez, me revictimiza. Me siento con un grado de impotencia gigante.
Le puede interesar: Se cayó designación en la ANT de exembajador investigado por violencia intrafamiliar
¿Teme que el próximo 14 de octubre le quiten la custodia de sus hijos?
De este juez puedo esperar cualquier cosa. Sí, tengo el temor de perder la custodia porque siento que no ha habido un debido proceso. El juez a mí no me ha escuchado y no ha leído los memoriales. Siento que va totalmente en contravía de una decisión penal. Ni siquiera se ha pronunciado sobre la existencia o no de una posible custodia arbitraria.
Sigo siendo objeto de violencia por parte del padre y tengo el acceso restringido a mis hijos. Él les sigue diciendo cosas en mi contra y eso sigue siendo violencia vicaria. Yo no quiero entrar en conflicto con mis hijos, más cuando duré siete meses sin verlos. Estoy intentando acercarme y recuperar el amor de ellos. Traerlos a la realidad de su entorno materno, incluso a la realidad propia de sus actividades habituales. Pero el vínculo materno con mis hijos sigue fragmentado.

¿El juez 24 de familia ya sabe de la imputación en contra de su expareja?
El juez no ha tenido en cuenta la imputación porque no ha querido. Yo fui demandada por el padre y parte de sus argumentos fueron supuestos hechos de maltrato míos y de familiares contra mis hijos. La Fiscalía, en la imputación, dijo que esas pruebas que presentó mi demandante fueron parte de un fraude procesal porque mi agresor estaría induciendo en error a la justicia.
¿Cómo puede un mismo Estado, a través de la Fiscalía, imputarle a una persona esa cantidad de delitos y al mismo tiempo otro juez, en representación de la Rama Judicial, provocar violencia institucional en contra suya? ¿Cómo se puede comprender eso en Colombia?
Por la desarticulación que hay entre las jurisdicciones. También creo que es por la falta de interés de los jueces en este tipo de casos. En Colombia no es delito la violencia vicaria. Sin embargo está cursando en el Congreso una ley que quiere convertirla en un delito. Recientemente, este juez de familia me restringe aún más mi acercamiento a los niños en unas visitas. No puedo verlos entre semana, solo puedo comunicarme con ellos a través de medios virtuales o electrónicos que debe facilitar el padre, pero él no lo hace, yo directamente lo intento.
Creo que este juez está prejuzgando. En una decisión reciente le otorgó la custodia provisional, incluso desconociendo argumentos que la misma defensora de familia que en abril le advirtió: “Ojo, usted tiene que hacer una valoración probatoria integral de todo lo que tiene”. A la fecha, no lo ha hecho.
¿Cómo se puede explicar que un juez la obliga a hablar con su agresor para que pueda ver a sus hijos y, al mismo tiempo, la Fiscalía dice que esa persona cometió toda clase de delitos y violencias en su contra? ¿Quién entiende eso?
Yo no lo entiendo. No sé cuáles son las razones del juez porque sus providencias son muy cortas y carentes de motivación. Yo tengo una queja disciplinaria contra este juez. Así es como el sistema de justicia termina volviéndose un instrumento para seguir ejerciendo violencia contra las mujeres.
Además del hecho de que un juez de Familia la obligue a tener contacto con su presunto agresor, usted ha vivido escenarios de revictimización en otras instancias judiciales. La más reciente ocurrió ante la Procuraduría, ¿no es así?
La Procuraduría inició de oficio una investigación disciplinaria contra mi agresor porque en su momento se desempeñó como embajador en otro país. Aquí quiero anotar algo llamativo y es que el caso arrancó con una procuradora delegada para la vigilancia administrativa y en agosto nos enteramos que el procurador general había dado una orden de vigilancia especial sobre este proceso. Esa orden terminó en el cambio a un procurador que ni siquiera asiste a las diligencias, sino que delega a un asesor de su despacho. He tenido que soportar expresiones denigrantes del agresor frente a mí. Expresiones diciendo que yo no soy una mujer que se pueda violar. Y se hacen este tipo de expresiones y no pasa nada. El que dirige la audiencia no dice nada. Nadie dice nada.
¿Cuál es el contexto de esa frase?
Una de las niñeras que nos acompañó durante el cuidado de los menores estaba entregando su testimonio. Yo actualmente la tengo demandada por falso testimonio porque ha cambiado todas sus versiones de los hechos para favorecer al padre, entonces se convierte en una testigo de él. Yo, en este proceso de la Procuraduría, estoy constituida como víctima, entonces el abogado le pregunta si le constan agresiones o hechos violencia sexual en mi contra. Ella dice que no, entonces interviene el señor abruptamente sin que le hayan dado el uso de la palabra con ese tipo de expresión: “Beatriz no es una mujer a la que se puede violar”.
Esto sucedió en el marco de una diligencia disciplinaria no ante cualquier despacho. Es una procuraduría delegada de la Procuraduría General de la Nación. Eso es un acto de agresión. Yo creo que también por este tipo de escenarios las mujeres no quieren denunciar.
Lea: Proyecto de ley contra la violencia vicaria fue aprobado en primer debate
Esto es un contexto de violencia sistemática en Colombia y en muchas otras partes del mundo. Pero, ¿qué pasa cuando a eso se le añade que quien presuntamente comete esos actos de violencia es un diplomático y, en el marco de esas funciones que le confiere el gobierno y sus privilegios, es que se lleva a sus hijos?
Es usar la plataforma estatal que da al ejercicio de un cargo para poder perpetuar hechos irregulares. Pero esto se ha visto en otros escenarios. Es una falta de ética propia del gobierno. Un representante de Colombia en otro país debería ser totalmente íntegro y, si tiene una investigación, debería ser retirado del cargo. Incluso, la misma persona debería decir: “Mientras se resuelve, me retiro del cargo”.
Pero aquí estamos acostumbrados a que las personas que ostentan altos cargos pueden tener miles de investigaciones, imputaciones, dudas reputacionales, pero siguen ejerciendo.
La corriente política de su expareja es muy cercana a Francia Márquez. ¿Correcto?
Sí.
¿Ha tenido la oportunidad de escuchar o leer algún pronunciamiento de la vicepresidenta en relación a las graves denuncias materializadas en la imputación de cargos de la Fiscalía?
No, y a pesar de que supuestamente uno de los pilares de la Vicepresidencia era el enfoque de género y de protección a la mujer vulnerable. Cuando él se desempeñaba en ese alto cargo, el gobierno guardó total silencio.
Ese silencio, ¿qué le dice a usted del gobierno que llegó al poder, entre otras cosas, reivindicando las luchas feministas?
Yo no tengo ninguna ideología política. Yo sí llegué a creer en un momento que la propuesta de este gobierno era una excelente oportunidad de cambio. Creo que el escenario estaba dado, pero no solamente por mi caso, sino por muchos otros. Pero uno aquí lo que ve realmente es una incoherencia de discurso político. Pero, sobre todo, lo más preocupante es que uno ve un vacío de valores, de ética y honestidad.
Entre esa disociación entre las dos jurisdicciones, la Fiscalía sostiene que hay fraude procesal y así se lo imputa a su expareja porque señala que todos los procesos alrededor del juzgado de Familia, que está ad portas de tomar una decisión, y que usted teme que sea dándole la custodia al agresor, fueron espurios. ¿El juez de Familia debe tener en cuenta esto para tomar una decisión?
Sí, tendría que tenerlo en cuenta. Esta decisión de la Fiscalía, que ya está en una audiencia de imputación de cargos, no fue producto de una decisión unilateral de la fiscal que dirigió el caso. Fueron siete meses de investigaciones y de integralidad probatoria. Esa fiscal ha hecho lo que el juez de Familia no ha realizado.
Más contenido: Violencia vicaria: cuando los hijos son usados para violentar a las mujeres
¿Qué pasaría si la justicia penal logra probar que su expareja efectivamente cometió un fraude procesal en el caso del juzgado de Familia y, al mismo tiempo, ese juez le quita la custodia?
Pues yo creo que ahí se configuraría un delito para el juez. Yo creo que él estaría en prevaricato. Ahí ya tendría una responsabilidad.
¿Qué le quisiera decir hoy al juez ante una decisión tan crucial como la custodia?
Algo sencillo que creo que es a lo que tengo derecho: que él mismo se tome el trabajo de revisar expediente; que aplique el enfoque de género; que revise cada una las pruebas aportadas y que revise la mala fe de los apoderados del demandante. Porque aquí ha habido mala fe.
Este es un caso que ha sido muy mediático porque su expareja fue embajador de Colombia. ¿Qué quisiera decirle hoy al presidente Petro?
Él es padre. Yo soy madre y siempre he estado muy presente en todas las decisiones de mis hijos y en todas sus etapas. A pesar de los roles profesionales tan complejos que he tenido, me he encargado a mí misma de no faltarles. Si una vez falté a algo en el colegio, fue porque estaba fuera del país en un tema educativo mío Peor no debieron ser más de dos veces. Corría como una loca, me acomodaba a la agenda de mis hijos porque realmente amo ser mamá, disfruto a esos pequeños y quiero seguirlos disfrutando.
A propósito de lo que ha esbozado alrededor de su revictimización, hay muchas mujeres que no saben que pueden ser abusadas y violadas por sus parejas porque son, entre comillas, sus parejas. Ese es uno de los cargos que eleva la Fiscalía a su expareja. ¿Cómo explicarle a ellas que eso es un delito?
Uno descubre que, como mujer, es dueña de su cuerpo. Y eso también incluye la disposición que quieras darle a la sensualidad y a la sexualidad. Y, por el hecho de que tengas una relación de pareja, eso no implica que siempre estés disponible para tener actos íntimos con quien funge con tu pareja en ese momento. Uno tiene derecho también a decir: “Hoy no quiero”. Por miles de circunstancias: porque estoy brava. Porque tuviste un mal detalle. Porque tuve un mal día en la oficina. Porque estoy enferma. Porque tengo el periodo. Porque mi jefe me regañó. Porque me peleé con mi mamá. Porque ese es el autocuidado de tu propia intimidad.
Colocar límites es un derecho de las mujeres. Y eso no te hace mala. Eso no te hace mala mujer, mala pareja, ni debe ser entendido como una señal de que tienes otra relación. Y si así fuera, tu pareja tampoco tiene por qué obligarte a tener intimidad. Y cuando eso ocurre sin tu consentimiento, eso es una agresión sexual. Eso te disminuye más.
¿En algún momento se ha arrepentido de haber alzado la voz?
Yo he vivido los dos escenarios. A veces he cuestionado alzar mi voz cuando tengo el desamor de mis hijos y, debo admitirlo, cuando viene el juzgamiento, cuando viene el alejamiento de ellos. Uno tiene que aprender a hacer el duelo de los hijos que entregó al agresor frente a los que empieza a tener que asumir desde el corazón. Allí es cuando tu amor real de madre hay que sacarlo a flote en términos de empatía e incondicionalidad.
Pero otras veces, porque me considero una persona totalmente honesta y ética, digo: “Esto me está costando mucho y sé que me costará más, pero me siento orgullosa”. Uno tiene que dar la lucha por sus hijos, porque toda lucha por ellos es legítima. Y también como mujer. De reivindicación y dignidad.
¿Qué decirle a las mujeres que no se atreven a denunciar, precisamente por miedo a estas revictimizaciones?
Creo que no hay violencia más solitaria que esta. Por más que tengas mucho apoyo, es una violencia y un dolor solitario. Cuando uno se queda pensando en las noches, ¿voy a volver a ver a mis hijos? ¿Ellos me querrán o no me querrán? Yo he llegado a veces a dudar del amor de mis hijos cuando era algo que lo tenía totalmente asegurado en el corazón. Pero a ellas les digo, el silencio no es una opción.
Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.