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El baloncesto colombiano vuelve a jugar, pero más por resistencia que por renacimiento. Este jueves arranca la Liga Profesional 2025-II, un torneo que llega con más dudas que certezas: siete equipos en competencia, una capital sin representante y un panorama económico que amenaza con apagar la liga en cualquier momento. En vez de consolidarse, el básquet nacional parece sobrevivir entre remiendos, sanciones y la falta de apoyo.
La Federación Colombiana de Baloncesto (FCB) confirmó que el campeonato se jugará hasta el 10 de diciembre, con un formato compacto que busca la competitividad: una ronda todos contra todos, luego un play-in entre el tercero y el sexto, y semifinales y final al mejor de cinco partidos. La promesa, según la dirigencia, es “mantener viva la llama del baloncesto profesional”, aunque esa llama cada vez parezca más frágil.
“En medio de la crisis del deporte, uno aplaude el esfuerzo de los héroes. Critican mucho a nuestra federación, pero no hemos dejado morir la liga. No hemos recibido recursos del Estado ni de empresas privadas, ya vamos para dos años”, aseguró Jorge Armando García, presidente de la División Profesional de Baloncesto.
La frase resume la paradoja actual del básquet nacional: un campeonato que sobrevive más por terquedad que por estructura. Mientras la Federación celebra haber logrado una nueva edición, las grietas se multiplican en los clubes, muchos de ellos sin respaldo financiero ni garantías de sostenibilidad.
Piratas, una ausencia que duele
En Bogotá, la noticia cayó como un golpe bajo. Piratas, institución que durante tres décadas fue sinónimo de resistencia y pasión, anunció que no participará esta temporada. Su fundador, José Tapias, explicó que la decisión fue inevitable: “Lo intentamos hasta el final, pero sin el socio que nos iba a ayudar y con las deudas acumuladas, para Piratas es imposible competir”.
Tapias detalló que sostener un equipo de baloncesto en Colombia cuesta entre 400 y 500 millones de pesos por torneo, una cifra que resulta inalcanzable sin patrocinadores. Los principales gastos se van en desplazamientos, nómina, hospedaje de extranjeros y alquiler de coliseos. Solo abrir el escenario por fecha cuesta cerca de 3,5 millones de pesos.
“Mi familia me dijo que ya no podía apoyarme más. Llevamos años sosteniendo esto a pulmón, pero ya no se puede”, confesó Tapias, visiblemente afectado. Piratas había sido mucho más que un equipo: un símbolo de barrio, cantera de talentos y una de las pocas instituciones que se mantuvieron activas incluso cuando la liga parecía desaparecer. Su ausencia deja a Bogotá sin representación y al baloncesto nacional con un vacío simbólico difícil de llenar.
La crisis de Piratas no es un hecho aislado. En abril de este año, el baloncesto colombiano vivió un terremoto cuando Titanes de Barranquilla, campeón de nueve de las últimas once ligas, fue suspendido por la Federación junto con Búcaros de Bucaramanga, Corsarios de Cartagena y Cafeteros de Armenia.
La decisión, tomada por la Comisión Disciplinaria de la FCB, vetó a los clubes por dos años argumentando su no participación en el torneo anterior sin “justa causa”. Los equipos sancionados calificaron la medida como arbitraria y denunciaron irregularidades en el proceso. “Pasamos de ser entusiastas a convertirnos en ‘asesores’ incómodos para la Federación. Cuando empezamos a cuestionar decisiones administrativas, llegaron las sanciones”, denunció Paolo Simonetti, presidente de Corsarios.
Desde Titanes, su presidente, Alberto Caparroso, aseguró que la sanción vulneró los estatutos de la liga y eliminó la participación de los clubes en la toma de decisiones. “Esto nunca había pasado. Siempre se aprobaban ausencias justificadas, pero en el último año se acabaron las asambleas y se concentró todo el poder en la Federación”, dijo.
El presidente de Fecolcesto, Jhon Mario Tejada, negó cualquier persecución y explicó que las sanciones obedecen a lineamientos legales del Ministerio del Deporte. “El deporte en Colombia es federado. Nadie está por encima de las normas”, afirmó. Sin embargo, las tensiones dejaron al descubierto una liga fracturada, sin consenso y con los principales referentes fuera de competencia.
El reflejo de un deporte en crisis
La precariedad del baloncesto no se entiende sin mirar el contexto más amplio. El deporte colombiano atraviesa una de sus mayores crisis presupuestales en la última década. Tras un pico histórico de asignación de recursos en 2024 —más de 1,3 billones de pesos—, la ejecución fue mínima. Apenas se utilizó una tercera parte. El resultado: un castigo fiscal y un recorte drástico. En 2025, el presupuesto del Ministerio del Deporte cayó a 464.000 millones, y para 2026 la propuesta inicial del Gobierno lo reduce a poco más de 310.000 millones.
“Cuando un recurso no se ejecuta, se castiga. Es doloroso, pero así fue”, reconoció la ministra Patricia Duque Cruz. La consecuencia es inmediata: menos apoyo a federaciones, menos programas de base y menos incentivos para ligas profesionales. En el caso del baloncesto, que depende casi exclusivamente de la autogestión, el golpe fue directo.
Los dirigentes del sector coinciden en que no hay política clara para el deporte profesional. Mientras el fútbol logra sostenerse por derechos de televisión y patrocinios, disciplinas como el baloncesto viven en el límite. Sin difusión mediática, sin apoyo empresarial y con escasa presencia institucional, la liga se sostiene gracias al sacrificio de dirigentes y jugadores que, literalmente, juegan por amor al juego.
Entre la resistencia y la incertidumbre
El baloncesto colombiano arranca una nueva temporada en medio de las incertidumbres como en ciudades como Cali, Medellín, Villavicencio y Manizales. Y aunque la Federación intenta mostrar orden, el panorama revela más bien un sistema que se sostiene sobre parches y voluntades individuales. Pero más allá del esfuerzo, la pregunta persiste: ¿cuánto tiempo más podrá resistir una liga que juega sin red de seguridad?
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