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Esta vez no hubo milagro. No alcanzó el impulso del sábado, cuando Colombia le remontó el partido a España para meterse en las semifinales del Mundial Sub-20. Contra Argentina no alcanzó con el pundonor. La selección, carente de ideas, no pudo recuperarse del gol que recibió al minuto 71 y terminó su sueño en la Copa del Mundo. En un partido muy disputado, ríspido y parejo, la tricolor no pudo sobreponerse a la desventaja ni cumplir la misión de, por primera vez en la historia, llegar a la final de un torneo de nivel FIFA en la rama masculina.
¿Qué falló? Seguramente llegarán los comentarios comunes: que faltó cabeza, que Colombia se subió al bus de la victoria antes de jugar su partido o que faltó jerarquía. En el análisis las conclusiones son más dicientes. El equipo llegó agotado y en el segundo tiempo no pudo aguantar el ritmo de su rival. Hubo muchas bajas: Néiser Villarreal, que hizo los tres goles contra España, se perdió el partido por acumulación de tarjetas, lo mismo que Carlos Sarabia. Jordan Barrera se lesionó en los cuartos de final y Joel Canchimbo, que arrancó bien ante Argentina, se fue lesionado a la media hora de juego. Las ausencias pesaron y redujeron el margen de maniobra de un grupo que ya venía exigido física y emocionalmente.
Tampoco apareció el juego. Óscar Pérea, el faro en todo el torneo, estuvo apagado y desconectado. Emilio Aristizábal tuvo dos clarísimas en el segundo tiempo y las falló de cara al arco, una completamente solo. Juan Arizala, el mejor del equipo durante gran parte del encuentro, se quedó en la marca en la jugada del gol y dejó solo en el área a Mateo Silvetti, que definió a placer. El mediocampo se vio superado, sin capacidad para presionar ni cortar los avances argentinos. A Colombia le costó manejar el ritmo del partido y, aunque por momentos intentó responder con velocidad por las bandas, careció de profundidad y precisión en los metros finales. Las piernas no dieron y la cabeza tampoco encontró claridad para revertir la historia.
Colombia soñaba con llegar a su primera final mundialista, pero se quedó en el mismo punto que en 2003, cuando en Emiratos Árabes la España de Andrés Iniesta eliminó al equipo de Reinaldo Rueda en semifinales. Ese era el umbral histórico del fútbol juvenil colombiano, la barrera que esta generación buscaba romper. 22 años después el destino volvió a poner un muro en el mismo lugar. El fútbol tiene esas repeticiones que duelen: el equipo de César Torres volvió a rozar la gloria y otra vez se quedó a un paso.
Las herencias y enseñanzas de este grupo son muchas. Colombia mostró un proceso sólido, con identidad, continuidad y un estilo reconocible desde el Suramericano a inicios de año. Fue un equipo valiente, con jugadores que entendieron la idea de su técnico y son parte de una generación que promete futuro. El Mundial fue la culminación de un proyecto que reivindicó el valor del trabajo a largo plazo, de la confianza en las divisiones menores y de la formación con propósito.
También hay cosas que mejorar. La mentalidad sigue siendo una deuda del fútbol colombiano. En los momentos claves, cuando el partido se rompe o exige una pausa, aún aparecen los errores de concentración, las faltas innecesarias y los vacíos emocionales. La expulsión de John Alexánder Rentería al minuto 78, por una falta en la mitad de la cancha, es ejemplo de ello. Esos detalles, que en los torneos cortos definen la historia, reflejan un patrón que se repite de generación en generación. Colombia necesita aprender a manejar la presión, a sufrir los partidos sin perder la cabeza y a sostener la intensidad más allá del entusiasmo.

Todavía queda el partido por el tercer puesto, contra Francia, que perdió a primera hora con Marruecos. El duelo será el sábado a las 2:00 p.m. En 2003, Colombia venció 2-1 a Argentina y se quedó con ese mismo lugar en el podio, un consuelo que esta vez también podría tener valor simbólico. Argentina y Marruecos jugarán la final el domingo a las 6:00 p.m., mientras que los dirigidos por César Torres buscarán cerrar con orgullo un torneo que, más allá del resultado, confirmó el crecimiento del fútbol juvenil colombiano.
El balance, al final, es esperanzador a pesar de todo. Colombia se va del Mundial con la tristeza de haber estado tan cerca y la certeza de que hay una base sólida para el futuro. Este equipo demostró que se puede competir de igual a igual contra potencias, pero para llegar más lejos no basta con el talento ni con el coraje, hay que sostener el proyecto, cuidar los procesos y aprender a ganar los partidos que definen la historia. Esta vez no hubo remontada, pero sí la certeza de que algún día se romperá definitivamente ese umbral que separa el sueño de la gloria.
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