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Deportivo Cali se la juega toda este sábado, desde las 2:30 p.m. (Win Sports), en la final de la Copa Libertadores Femenina. Llegará al Estadio de Banfield con la serenidad de quien entiende que resistir también es una forma de atacar.
En un torneo dominado históricamente por el poder brasileño, el equipo vallecaucano ha trazado un camino que desobedece la lógica del espectáculo: no deslumbra por acumulación ofensiva, sino por una arquitectura táctica que hace de la defensa un lenguaje colectivo. Lo suyo no ha sido un ascenso impetuoso, sino una demostración de equilibrio. El 0-0 ante Colo-Colo, que terminó en una clasificación por penales, fue más que una batalla física: fue un manifiesto sobre cómo contener, sufrir y sobrevivir puede ser también una forma de dominio.
No es casual que Deportivo Cali haya llegado a esta instancia con un solo gol recibido en todo el torneo —en el 1-1 inicial contra Libertad—. Desde entonces, su arco se cerró. Ganó 1-0 a Nacional, 2-0 a Universidad de Chile, 2-0 a São Paulo y eliminó al invicto Colo-Colo desde los doce pasos.
Cada partido fue una pieza más en un modelo de contención que revela la madurez de un equipo consciente de sus limitaciones y virtudes. En esa estructura, la figura de Luisa Agudelo se impone como símbolo de fiabilidad: no solo por sus atajadas, sino por su manera de ordenar el espacio, de transformar la ansiedad en método.
El entrenador Jhon Alber Ortiz lo sabe. Su lectura del torneo no se agota en el resultado: “Llegar a una final no es fácil. No todo el mundo llega”, dijo en conversación con Win Sports.
Pero detrás de la modestia, su equipo encarna una idea de resistencia que en el fútbol femenino colombiano tiene un eco mayor: la de plantarse ante las hegemonías del continente con una mezcla de disciplina y convicción. Ortiz repite que “la deuda no está saldada”, pero también entiende que el solo hecho de estar aquí —de disputar una final contra el Corinthians, cinco veces campeón— ya desestabiliza el mapa del poder sudamericano.
El duelo con São Paulo, al que define como el “más sufrido”, fue el punto de inflexión. “Nos convencimos de que no había rival invencible”, recordó. Aquella victoria, labrada con precisión táctica y un temple que no suele verse en equipos sin tradición continental, marcó un cambio de fe. Ortiz habla de centímetros de diferencia, de la ventaja física de las brasileñas, pero en el fondo lo que su equipo compensó fue simbólico: una voluntad que no se mide en estatura. Desde ahí, Cali empezó a jugar desde el convencimiento más que desde el temor.
El relato del gol decisivo de Stefanía Perlaza en los penales condensa ese espíritu: “Ya no sentía las piernas… Cuando el balón tocó adentro descargué una nevera de 200 kilos”, contó Ortiz. Esa confesión es la medida de una presión contenida durante años en el fútbol femenino colombiano, que tantas veces rozó la gloria sin poder sostenerla. Lo que el Cali descargó en Banfield fue la historia acumulada de los intentos de Formas Íntimas, América y Santa Fe, equipos que llegaron a la final sin poder levantar el trofeo. Solo Huila, en 2018, ha logrado romper el dominio brasileño. Ahora, siete años después, otro equipo colombiano tiene la posibilidad de desafiar el orden.
Corinthians representa precisamente ese orden. Bicampeón vigente, cinco veces ganador, el club paulista es el espejo del modelo hegemónico del fútbol femenino en Sudamérica: infraestructura, continuidad, profesionalismo. Cali, en cambio, llega desde la precariedad relativa, después de que sus jugadoras estuvieron sin cobrar sueldo durante casi toda la Liga Femenina, pero con una claridad conceptual que le ha permitido construir un discurso distinto. En la final no solo se enfrentan dos equipos, sino dos modos de entender el juego: uno que impone desde la abundancia y otro que resiste desde la inteligencia.
La preparación de Ortiz no ha sido una improvisación. “Siempre se practican los penaltis, desde el primer día que llegamos a Argentina”, explicó. Su frase revela una mentalidad que entiende el detalle como destino. En la práctica constante, en la repetición, hay una ética: la de un grupo que no se cree elegido, sino preparado. En esa diferencia radica buena parte de su fuerza.
Deportivo Cali no ha llegado a esta final por accidente. Lo ha hecho construyendo una identidad: un equipo compacto, solidario, capaz de convertir la contención en narrativa. Frente al poder histórico del Corinthians, el verde del Valle buscará algo más que un título: la confirmación de que, en un continente de potencias, todavía hay espacio para la épica del orden, para la belleza que nace de la resistencia.

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