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En 1882, Thomas Edison encendió la primera central eléctrica comercial de Manhattan, Estados Unidos. A partir de ahí, pasaron casi 40 años hasta que aparecieran las primeras ganancias de productividad en las fábricas. Es decir, la humanidad tuvo tiempo para pensar qué hacer con esa energía más allá de iluminar las calles y casas. Años antes, el vapor había pasado por algo parecido: abrió paso a los trenes y los barcos, con lo cual se fueron creando industrias y, por ende, empleos.
Más recientemente, los computadores transformaron las oficinas: desaparecieron tareas administrativas y de registro, pero fueron apareciendo otros ramos que nadie había imaginado antes, como la programación, la ingeniería de automatización, el diseño digital, entre otros. Luego llegaron los robots a las fábricas, y con ellos se fueron los oficios más manuales.
La historia nos dice que el mundo tarda en adaptarse a sus revoluciones tecnológicas, pero lo ha logrado. Todo indica que la inteligencia artificial (IA) no va a darnos ese margen, y el empleo podría ser su primera víctima.
La revolución más rápida de la historia
El pasado lunes 13 de julio apareció en un portal web una publicación que fácilmente podría ser el manifiesto de una resistencia en una obra de ficción distópica, si no fuera porque es una declaración firmada por más de 200 economistas e investigadores, entre ellos 16 ganadores del Nobel.
En tres puntos y 88 palabras, los firmantes advierten que la IA “podría desencadenar una transformación sin precedentes en nuestra economía”. Mayor, incluso, que la Revolución Industrial, pero en un tiempo mucho más corto.
Esta carta, titulada We Must Act Now (“Debemos actuar ahora”), hace parte de una iniciativa del Digital Economy Lab de la Universidad de Stanford. El documento no aporta fórmulas concretas frente a la acelerada adopción de la IA; más bien, invita a reflexionar sobre lo que podríamos perder como humanidad.
La declaración afirma que la IA podría volverse “radicalmente” más poderosa en los próximos 10 años y esto podría derivar en riesgos que incluyen un “desplazamiento de empleo a gran escala”. No en balde, la carta también asevera que esta tecnología traerá “grandes mejoras” en los niveles de vida.
Los arquitectos de la IA piden frenarla
Entre los más de 200 firmantes hay nombres que no pasan desapercibidos. Jack Clark, cofundador de Anthropic (una de las empresas que construye los modelos de IA más utilizados hoy, como Claude), estampó su rúbrica. También lo hicieron Jeff Dean, de Google DeepMind, y los economistas jefe de OpenAI (la empresa detrás de ChatGPT) y Anthropic.
Es decir, algunos de los principales arquitectos de esta revolución tecnológica son los mismos que hoy piden que alguien construya los frenos.
Erik Brynjolfsson, director del Digital Economy Lab de Stanford y uno de los organizadores de la carta, señaló en una nota publicada por ese laboratorio: “Las capacidades de la IA avanzan mucho más rápido que nuestra comprensión de sus implicaciones económicas. En esa brecha se encuentran las mayores oportunidades de nuestra era (…)”.
Hay números que empiezan a respaldar esa urgencia de “actuar ahora”. Las nóminas de trabajadores de cuello blanco (es decir, el universo de oficinas: analistas, abogados, contadores, administrativos) llevan casi tres años consecutivos contrayéndose, una tendencia sin precedente fuera de una recesión, como lo aseveró Aaron Terrazas, execonomista jefe de Glassdoor, al medio de comunicación Quartz.
Esto ocurre mientras las tasas de desempleo se mantienen aparentemente estables frente al uso de la IA, lo que sugiere que las consecuencias no están llegando como desempleo formal, sino en forma de subempleo y de personas que simplemente salen del mercado laboral.
Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía en 2024 y profesor del MIT, también aparece como firmante de la carta We Must Act Now. Algo que resulta llamativo, pues durante años Acemoglu fue una de las voces académicas más cautelosas frente al alarmismo sobre la IA y el empleo.
Si bien no es que haya “cambiado de bando”, pues el ganador del Nobel sigue dudando de que la IA avance tan rápido como Silicon Valley predice, los últimos desarrollos alrededor de esta tecnología lo inquietan más.
“Si la IA hace en el sector de cuello blanco algo equivalente a lo que hicieron los robots en la manufactura, pero en un período más corto, eso sería realmente disruptivo, realmente costoso para los medios de vida de las personas”, dijo Acemoglu al New York Times.
De ahí que el documento exija que economistas, responsables políticos y líderes tecnológicos construyan los incentivos, las barreras y las instituciones necesarias para “orientar la IA en una dirección que complemente a los humanos y beneficie a la sociedad”.
“No podemos improvisar nuestra estrategia e instituciones en medio de la transformación; esperar certezas significa llegar demasiado tarde”, dijo Anton Korinek, profesor de la Universidad de Virginia y que actualmente trabaja en Anthropic, en la misma nota del Digital Economy Lab de Stanford.
IA y empleo, ¿qué se ha encontrado hasta ahora?
Medir el impacto real de la IA en el empleo es, hoy por hoy, un ejercicio de aproximación. Las empresas, por lo general, no anuncian “redujimos 10 puestos de trabajo gracias a X modelo de IA”, sino que están ocurriendo procesos más silenciosos, como una plaza de trabajo que queda vacante y no se vuelve a abrir o tareas que paulatinamente se irán automatizando.
Por ahora, el impacto más documentado apunta en una dirección: la IA golpea primero a quienes apenas empiezan en el mercado laboral. Según un estudio del Banco Mundial, en Estados Unidos los trabajadores de servicio al cliente de entre 22 y 25 años vieron caer su empleo un 10 % desde que ChatGPT salió al mercado en 2022.
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El panorama no es mejor en el sector tecnológico: según el informe AI Index 2026 de Stanford HAI, el empleo de desarrolladores de software entre 22 y 25 años ha caído casi un 20 % desde 2024, mientras que el de sus colegas mayores de 30 años creció entre un 6 % y un 12 % en el mismo período.
Y el patrón se repite en otros oficios: el empleo cae donde la IA automatiza tareas completas (desarrollo de software, contabilidad, servicio al cliente) y resiste o crece donde la IA solo asiste al humano, como en gerencia, enfermería o mantenimiento.
El problema no es solo cuántos empleos desaparecen hoy. Es que los puestos de entrada (esos primeros escalones que sirven para que los jóvenes acumulen experiencia) son los primeros en caer.
400 millones de empleos es lo que, según el Banco Mundial, generarán las economías en desarrollo en los próximos 15 años si las tendencias actuales no cambian. El problema es que los jóvenes que llegarán a buscarlos serán unos 1.200 millones. Si se hacen realidad las estimaciones de la entidad, 800 millones de personas no tendrán un lugar en el mercado laboral de la siguiente década.
En contexto: El mundo nunca había tenido tantos trabajadores y todavía no sabe cómo emplearlos a todos
Entre tanto, hay otro frente que golpea directamente a países como Colombia: la deslocalización de servicios (el ‘offshoring’ de ‘call centers’, soporte técnico o procesos administrativos) fue durante años una fuente de empleo para economías en desarrollo. La IA ya está automatizando buena parte de ese trabajo.
Un dato de una plataforma de empleo en línea citado por el Banco Mundial muestra que la IA redujo el empleo remoto contratado desde el exterior, pero también movió lo que queda hacia tareas más complejas y de mayor valor.
Los datos del Banco Mundial también muestran que los países de ingresos altos usan inteligencia artificial cuatro veces más que los de ingresos medios. Solo los primeros superan el promedio mundial de uso per cápita. En los países de bajos ingresos la adopción apenas empieza, y el estudio ni siquiera pudo incluirlos en el análisis por falta de observaciones suficientes.
Al atar estos cabos, puede decirse que, si las ganancias de productividad que genera la IA se quedan concentradas en las economías ricas, los países en desarrollo podrían perder su principal ventaja histórica: la mano de obra abundante en industrias intensivas en trabajo.
Caminando en la oscuridad
Si bien la declaración de We Must Act Now no pretende tener respuestas, lo valioso de sus líneas es otra cosa: es el reconocimiento, por parte de los economistas más influyentes del mundo, de que el mundo avanza hacia algo que nadie sabe bien cómo va a resultar.
Como lo dijo Tom Cunningham, investigador de METR y uno de los organizadores de We Must Act Now, en la nota del Digital Economy Lab de Stanford: “Vamos manejando en la niebla, y es extraordinariamente difícil anticipar lo que va a pasar. Es el momento adecuado para un esfuerzo coordinado que traiga claridad a una situación confusa”.
Lo que sí parece claro es que esperar no es una opción. No se puede dejar a la deriva la construcción de las reglas que protejan el empleo y distribuyan mejor los beneficios de la IA.
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