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“Cuántas veces me mataron, cuántas veces me morí. Sin embargo, estoy aquí, resucitando”. La voz de Mercedes Sosa volvió a encontrar sentido para la selección de Argentina, que volvió a levantarse ayer cuando el mundo la daba por vencida.
Lo hizo otra vez. Como tantas veces en este Mundial. Como si hubiera una fuerza invisible que la empujara hacia adelante cada vez que queda contra las cuerdas. Inglaterra la tuvo al borde del abismo durante más de media hora, la vio caer con el gol de Anthony Gordon y creyó que, al fin, la historia cambiaría.
Pero con Argentina nunca conviene escribir el final antes de tiempo. Enzo Fernández empató con un derechazo inolvidable y, cuando el reloj ya agonizaba, Lionel Messi dibujó un centro perfecto para que Lautaro Martínez firmara el 2-1. La campeona del mundo está otra vez en la final.
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No es casualidad. Tampoco es un accidente. Es el recorrido completo de esta Copa. La Argentina de Lionel Scaloni ha vivido con el corazón en la boca desde que empezó la fase definitiva. Cabo Verde la hizo sufrir hasta el límite. Egipto estuvo a nada de sacarla del Mundial. Suiza la obligó a caminar por el alambre en otro partido angustioso. Inglaterra la puso de rodillas durante buena parte de la semifinal. Cuatro partidos, cuatro historias distintas y el mismo desenlace: Argentina sobreviviendo. Renaciendo. Demostrando que, mientras conserve una respiración, sigue siendo peligrosa.
Quizá por eso este equipo recuerda tanto a los grandes campeones. No siempre gana jugando mejor. No siempre domina. Pero entiende cuándo resistir y cuándo atacar. Tiene paciencia para soportar el castigo y carácter para devolver el golpe. Esa mezcla explica por qué, cuando Inglaterra retrocedió para proteger el 1-0, terminó invitando a Argentina a jugar el partido que más le gusta: el de la rebeldía.
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El duelo tenía demasiados fantasmas para ser uno más. Era imposible no mirar hacia México 1986. Cuarenta años después, argentinos e ingleses volvieron a encontrarse en un Mundial con el peso de una historia que jamás desaparece. Entonces aparecieron la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Esta vez no hubo una obra individual de ese tamaño, pero sí otro triunfo 2-1 que vuelve a alimentar la leyenda. En 1986 Diego Maradona marcó los dos goles. En 2026 Lionel Messi no necesitó convertir: repartió dos asistencias que cambiaron el destino del partido. El número cambió. El símbolo permaneció.
Durante más de una hora Inglaterra hizo exactamente el partido que deseaba. Mucha disciplina, líneas juntas, pocos espacios y un golpe letal en el segundo tiempo. El centro de Morgan Rogers encontró la aparición de Anthony Gordon por la espalda de Nahuel Molina y el 1-0 parecía definitivo. Los ingleses empezaron a defender cada metro con una convicción casi obsesiva. Pickford sostuvo lo que pudo. El palo salvó otra ocasión. El reloj empezó a jugar para los europeos.
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Pero, entonces apareció el orgullo argentino. Enzo Fernández encontró un espacio donde parecía no existir ninguno. Recibió fuera del área, levantó la cabeza y sacó un derechazo que viajó directo al ángulo. El empate no solo devolvía el marcador a cero. Cambiaba el estado emocional del partido. Inglaterra dejó de controlar la ansiedad. Argentina entendió que el rival había empezado a dudar.
Y cuando Argentina huele el miedo, rara vez perdona. Los últimos minutos fueron una estampida celeste y blanca. Inglaterra ya no salía de su campo. Cada pelota terminaba cerca del área de Pickford. Hasta que apareció el de siempre. Messi levantó la cabeza, vio el movimiento de Lautaro Martínez y colocó un centro con la precisión de quien conoce de memoria los momentos importantes. El delantero ganó arriba y convirtió el gol que envió a la Albiceleste a otra final del mundo. Messi corrió con los brazos abiertos. Lautaro gritó con el alma y desde entonces no pudo parar de llorar. El banco entero invadió la cancha. Otra vez el campeón sobrevivía.
La celebración escondía algo más profundo que una clasificación. Era la confirmación de una identidad. A esta Argentina podrán jugarle mejor, podrán dominarla durante largos pasajes, podrán ponerla contra las cuerdas. Lo que parece imposible es convencerla de que está derrotada. Hay selecciones que viven del talento. Otras de la organización. Esta vive de una fe inquebrantable que termina contagiando incluso al más neutral.
Ahora el desafío será distinto. España espera en la gran final. Y ese partido tiene un atractivo especial: será, por fin, la Finalissima que el fútbol nunca pudo regalar entre los campeones de Europa y América. La selección de Luis de la Fuente no se parece en nada a Inglaterra. No especula. No se encierra cerca de su arquero. Quiere la pelota, presiona arriba y propone un intercambio de golpes desde el juego. Eso promete una final abierta, menos física y mucho más táctica. Argentina ya no encontrará un rival dispuesto a resistir durante cuarenta minutos dentro de su propia área. Encontrará un equipo que también quiere atacar. Será, probablemente, el examen más difícil de todo el torneo. Pero Argentina llegará con el mejor argumento posible: Lionel Messi.
A los 39 años volvió a demostrar que los partidos grandes siguen pasando por sus pies. No necesitó marcar para ser decisivo. Bastaron dos asistencias para recordar por qué tantos lo consideran el mejor futbolista de todos los tiempos. Había dicho que este sería su último baile con la selección. Ahora le queda una canción más. La última. La más importante. La que puede convertirlo en el primer capitán argentino bicampeón del mundo y darle a la Albiceleste una cuarta estrella que apenas unos minutos atrás parecía escaparse.
Porque cuántas veces la mataron. Cuántas veces la dieron por vencida. Y, sin embargo, aquí está. Resucitando. Otra vez a noventa minutos de la eternidad.

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