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Las tierras raras y los minerales estratégicos son un producto tan codiciado, como fundamental, para la vida moderna. Buena parte de la tecnología (desde turbinas de aire hasta microprocesadores) precisa de una dosis de este tipo de elementos naturales.
A pesar del impacto global que tienen estos materiales en una larga lista de productos e industrias, su producción y aprovechamiento es un asunto complejo y prácticamente monopolizado.
De acuerdo con cifras de la Agencia Internacional de Energía (AIE), China representa 60 % de la producción global de tierras raras. Y, en medio de varias movidas geopolíticas (como los aranceles) ese país ha impuesto algunas restricciones a la exportación de esta materia prima, así como a algunos productos y tecnologías derivados de estos materiales.
Aunque varias de esas medidas han sido aplazadas, desmontadas o modificadas, la pregunta urgente que surge en ese escenario es ¿cómo asegurar un mejor aprovisionamiento de tierras raras? Y, a renglón seguido, ¿puede Colombia tener un papel en este escenario?
¿Qué son las tierras raras?
A pesar de llevar un apellido que hace alusión a algo extraño, elusivo o incluso escaso, la rareza de estos materiales no viene de su imposibilidad en encontrarlos, sino en hallarlos en un solo lugar, como sucede con el oro o el cobre. Para obtener los elementos necesarios que permitan la producción de aparatos electrónicos, se necesita pasar por un proceso de separación de minerales, que es el equivalente a encontrar una aguja en un pajar.
Después de la extracción, los minerales se muelen para liberar los componentes que se transforman en polvos de aleación –partículas finas de estas mismas tierras raras que al pulverizarlas cobran nuevas propiedades químicas en términos de fuerza, resistencia o conductividad–. Estos polvos son los insumos principales para la producción de cosas como imanes que sirven para, por ejemplo, la fabricación de carros eléctricos y turbinas eólicas.
La “rareza” también está en que, según Ricardo Tenjo, geólogo de la Agencia Nacional de Minería (ANM), las tierras raras son muy parecidas químicamente entre ellas y esto dificulta su separación. Porque a pesar de ser químicamente similares, necesitan procesos distintos para ser separadas. No es lo mismo encontrar en el pajar un alfiler con cabeza redonda, que encontrar una aguja cuyo ojo es casi imperceptible.
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¿Cuál es una de las consecuencias derivadas de esa semejanza química? Tenjo responde: “Que los procesos de beneficio de las tierras raras son particularmente contaminantes. Entonces, para producir estos elementos de una pureza metalúrgica industrial se generan cantidades significativas de gases tóxicos”.
Las tierras raras en Colombia
“En Colombia crece la discusión sobre el potencial del país en depósitos de tierras raras”, dicen académicos de la Universidad Nacional de Colombia (Unal). En conversación con El Espectador, el ingeniero y profesor Óscar Restrepo Baena afirma que Colombia tendría un gran potencial al ser un país rico en recursos minerales. Sin embargo, la falta de datos es un obstáculo enorme en el camino hacia pensar una industria nacional de este tipo: “Nuestro subsuelo, en esencia, es desconocido”, sostiene el profesor Restrepo.
Las tierras raras estarían distribuidas entre seis y ocho depósitos geológicos principales. Desde la Unal, se hizo un estudio de tierras raras con relación al carbón y en este encontraron que en ocho de 10 cuencas carboníferas colombianas había presencia de estos minerales.
Además, el geólogo Tenjo (de la ANM) afirma que hay presencia de coltán y de niobio en el Oriente colombiano, sobre todo en los departamentos de Vichada y Vaupés. También se tiene información de un depósito de uranio con vanadio en Caldas en donde pueden concentrarse estas tierras.
Desde la ANM van a actualizar el listado de minerales estratégicos para Colombia y consideran la posibilidad de incluir las tierras raras a esta lista. ¿Qué implicaría esto? Según Tenjo esto permitiría sacar partido de la “ventaja competitiva” del país con respecto a las tierras raras y tal vez eso cambiaría los objetivos de los próximos gobiernos.
Pero traducir la posibilidad en oportunidad necesita de voluntad política, acciones concretas e inversión. “Tenemos la factibilidad de tener muchos minerales, pero si quisiéramos avanzar tendríamos que instalar capacidad energética para poderlos beneficiar”, asegura Esteban Castillo, gerente de promoción de la ANM.
Si bien la información geológica es vital, crear una industria de la nada (por muy apetecida que sea globalmente) es un movimiento que requiere varias jugadas de fondo, complejas y lentas. Restrepo añade un elemento a la discusión: un mineral empieza a impactar la economía de un país cuando se convierte, primero, en recurso y, después, en una reserva. La exploración o el conocimiento científico no garantiza el “éxito económico”, asegura el académico.
De acuerdo con los economistas Erik Jiménez y Jorge Tello “para aprovechar el potencial de las tierras raras en América Latina se tienen que impulsar políticas de industrialización, políticas fiscales y ambientales complementarias que garanticen el desarrollo sustentable de la región”.
Además de estos movimientos, uno de los puntos fundamentales es cómo competir en un mercado que ya tiene poleas y engranajes establecidos y funcionando desde hace años. Uno de los retos no es sólo encontrar las tierras raras, sino dar con un “depósito más económico porque es extremadamente difícil competir con China que tiene cadenas de suministro muy bien desarrolladas desde hace al menos 40 años”, comenta Richard Bishop, profesor de Ingeniería de Minas y Minerales en la universidad Virginia Tech de EE.UU.
Bishop agrega un asunto vital aquí y es la necesidad de pensar en extracciones y aprovechamiento de forma responsable, social y ambientalmente.
La encrucijada ambiental de la transición energética
Es evidente que el cambio climático va de primeras en la carrera hacia la extinción humana. Una victoria, o al menos un aplazamiento de nuestra derrota, está mediada por la meta de alcanzar la neutralidad climática, una especie de equilibrio entre la producción y absorción de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Aquí es donde la transición energética se vuelve, más que una pelea política o ideológica, en un asunto de supervivencia de la especie. Según la ONU, “la sustitución de generadores de contaminación, como la producción de energía mediante el carbón, el petróleo o el gas, por fuentes de energía renovables, como la energía solar o eólica, reducirían drásticamente las emisiones de carbono”.
Pero el punto es que una porción considerable de la tecnología necesaria para avanzar en la transición energética requiere de industrias y acciones con sus propios problemas ambientales. Por ejemplo, una batería de capacidad media, como la que se encuentra en un auto eléctrico promedio tiene tres veces más cobre que un motor de combustión interna: casi 40 kilogramos de este metal, así como unos 11 kilogramos de níquel y cobalto; este último mineral viene en buena parte de minas en África con un registro de vulneración a derechos humanos y laborales alrededor de estas explotaciones.
Una eventual producción industrial de tierras raras en el país implica una “extracción y un uso intensivo de los recursos naturales, lo que provoca daños medioambientales y efectos sociales complejos”, como lo escriben las investigadoras mexicanas Alicia Puyana e Isabel Rodríguez, doctoras en Economía de la Universidad de Oxford y de la Universidad Autónoma Metropolitana, respectivamente.
Para las etapas de extracción y procesamiento de tierras raras se necesitan ácidos y, en algunos casos, materiales radiactivos. Estos pueden contaminar fuentes de agua cercanas, con los daños derivados a comunidades, flora y fauna. La organización española Geo Innova sostiene que la “obtención de una tonelada de tierras raras producirá alrededor de 9.000 y 12.000 metros cúbicos de gases, ricos en polvo concentrado, conformado por ácido sulfúrico, dióxido de azufre y ácido fluorhídrico, cerca de una tonelada de restos radiactivos y resultarán en más de 75.000 litros de agua acidificada”.
La AIE calcula que la extracción mundial de tierras raras deberá multiplicarse por diez antes de 2030 para cumplir las metas climáticas. Esa presión abre una ventana real para países como Colombia, pero el país todavía no sabe con certeza qué tiene bajo tierra, ni ha resuelto cómo extraerlo sin repetir los costos ambientales que ya pagan otras regiones. Por ahora, la oportunidad sigue siendo eso: una posibilidad, no una industria.
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