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Marcelo Gutiérrez pasó más de 20 años de su vida en bajadas. Lo hizo a bordo de una bicicleta de ciclomontañismo por lapsos de dos a cinco minutos en los que experimentaba altas velocidades mientras el viento le recordaba esa sensación de libertad que el downhill siempre le hizo sentir.
Esta es una disciplina del ciclismo que se ha hecho popular entre el público de las redes sociales por mostrar el recorrido con una cámara instalada en el lomo de ese caballito de acero.
Esa perspectiva sobre el deporte, de verlo todo siempre hacia abajo, la aprendió desde muy pequeño. No solo por criarse en Manizales, Caldas, una de las ciudades más empinadas de Colombia, con pendientes de hasta 14 grados de inclinación, sino también por su padre, quien fue deportista en esta misma categoría y fue su primer referente.
“Mi papá es de esas personas que le imprimen mucha pasión a todo lo que hacen y a todo lo que les gusta. Esa fue una de las mayores enseñanzas que pude tener de él cuando era niño y que ahora de adulto aplico casi siempre”, reflexiona Marcelo Gutiérrez con un tono de firme admiración por el hombre del que heredó el deporte al que le dedicó más de media vida.
Eso sí, el deporte que le tocó practicar a su papá es muy distinto al que este deportista colombiano de 36 años desarrolló hasta convertirse en el atleta de downhill élite masculino más laureado de Latinoamérica. Sus cuatro podios de Copa del Mundo, nueve campeonatos nacionales y tres oros panamericanos lo siguen avalando, a pesar de cumplir siete años lejos de las competencias oficiales y de una pasión que le ocupó mucha de su energía y de su tiempo.
“En ese entonces no existían ni geles ni pastillas de cafeína. Todo lo que hizo lo logró a punta de bocadillo y jugo. Nunca lo vi quejarse y nunca se negó una gota de sudor”. Como si su progenitor hubiera observado las pendientes que recorría siempre cuesta abajo, nunca cuesta arriba. Algo que Gutiérrez aprendió, mejoró y perfeccionó hasta convertirse en el mejor.
Ahora, en su faceta como padre, las enseñanzas de su papá siguen estando muy presentes en su cabeza y en su día a día con su hijo Facundo. En cosas tan sencillas como amarrarse los zapatos, este exciclista profesional intenta demostrar toda la perseverancia que con el ejemplo aprendió de su papá y con entrega demostró a lo largo de más de dos décadas de siempre ver el deporte y la vida hacia abajo, no hacia arriba.
No es solo cuestión de velocidad
Marcelo Gutiérrez, luego de pasar por el éxito y el fracaso en el deporte, está convencido de que no basta con ser talentoso. La educación debe siempre venir de la mano de la preparación para ser el mejor en algo. Sostiene que para hacer algo más que solo competir hay que aprender habilidades que tradicionalmente no le son otorgadas a un deportista.
Poder entablar una conversación con un patrocinador, entender las condiciones de un contrato y hasta poder hablar otro idioma abren tantas puertas como ser capaz de bajar una montaña con una bicicleta y un casco a casi 80 km/h. Una habilidad que él afirma que no tienen todos, pero tenerla no significa ser exitoso en el downhill.
“A mí afortunadamente no me pasó mayor cosa mientras fui profesional. Obviamente tuve fracturas, pero nada que me dejara secuelas para toda la vida. Fui rápido, porque para ganar en esta disciplina hay que serlo, pero también fui muy técnico y siempre di cada giro pensando en el siguiente”. Una manera de también sortear las cuestas abajo de la vida; pensando que después de una dificultad puede venir otra más o menos complicada de superar, pero siempre con el convencimiento de que todo se hace más ligero viéndolo hacia abajo.
Reconoce que ahora tiene una adicción a sentirse cansado. Fueron tantos años acostumbrado a la fatiga que ahora el no hacer nada en el día o no hacer lo suficiente para sentir agotamiento lo hace sentir mal. “Yo siento que es como algo parecido al síndrome de la abstinencia. Es raro decir que el deporte profesional deja eso, pero es innegable que este tipo de actividades liberan dopamina a la que yo me acostumbré durante mucho tiempo y ahora me cuesta encontrar en momentos o cosas cotidianas”.
Finalmente, espera que su primogénito sea un conectado con la naturaleza. Lo que más le preocupa, incluso más que la idea de que sea o no sea deportista como él, es que viva a través de una pantalla, de una red social o de una vida que no le permita levantar la cabeza de un celular en sus manos. “Cuando Facundito escoja qué deporte quiere hacer, ahí sí creo que va a ser importante lo que yo le pueda enseñar más allá de la práctica deportiva. Conectarse con las personas correctas y elegir bien el camino no solo para ganar y ser exitoso, sino para vivir una vida con la que se sienta satisfecho”.
Aunque Gutiérrez se retiró hace seis años del downhill de élite, sigue compitiendo y ganando en eventos a los que asiste ya con el estrés de demostrarse algo a sí mismo, más que de dar el 100% de lo que tiene y quedar tranquilo con eso.
En abril de este año fue subcampeón del Mundial Máster Downhill en Chile y, aunque reconoce que se cuestiona qué hace todavía batiéndose a duelo con quienes apenas comienzan en esta categoría del ciclismo, lo hace para seguir sintiendo esa adrenalina y ansiedad que solo la competencia puede dar. “A través de una serie de cursos por internet buscamos que la gente se ponga metas, se incomode, pero también se motive a trabajar en pro de un objetivo claro, conciso y lograble en el tiempo”.

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