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Cuando Gustavo Petro llegó a la Presidencia, el Ministerio del Deporte era una cartera joven que apenas comenzaba a construir su identidad institucional. Creado apenas en 2019, el reto consistía en consolidarlo como cabeza del Sistema Nacional del Deporte y convertirlo en una herramienta para democratizar el acceso a la actividad física, fortalecer el deporte escolar y ampliar las oportunidades en las regiones. Cuatro años después, el balance deja una conclusión mucho más compleja. El deporte colombiano siguió produciendo resultados internacionales importantes, pero el Ministerio termina el cuatrienio marcado por una profunda crisis institucional, una baja capacidad de ejecución presupuestal y una relación deteriorada con buena parte de los actores del sistema. El principal legado que recibe el nuevo gobierno no es una discusión sobre medallas o recursos, sino sobre la necesidad de reconstruir una institución que nunca terminó de consolidarse.
La expectativa inicial era alta. El nombramiento de María Isabel Urrutia fue recibido con optimismo por un amplio sector del deporte. Por primera vez una campeona olímpica llegaba a dirigir la cartera y el mensaje político parecía claro: el Gobierno buscaba acercar la toma de decisiones a quienes conocían las dificultades del alto rendimiento. Además, el discurso oficial proponía un cambio de enfoque. La apuesta consistía en dejar de entender el deporte únicamente desde la competencia para convertirlo en una política pública de inclusión, educación, salud y transformación social. La intención era fortalecer el deporte escolar, la recreación y la actividad física como base del sistema, entendiendo que el alto rendimiento debía ser la consecuencia de un proceso formativo y no el punto de partida.
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Ese proyecto, sin embargo, nunca alcanzó a consolidarse. La salida de María Isabel Urrutia apenas seis meses después de asumir el cargo, en medio de investigaciones por presuntas irregularidades contractuales, marcó el inicio de un periodo de permanente inestabilidad. Lo que debía ser el ministerio encargado de liderar una transformación terminó concentrado en resolver crisis internas. Astrid Bibiana Rodríguez recibió una cartera golpeada y dedicó buena parte de su gestión a reorganizar procesos administrativos. Sin embargo, además, le tocó enfrentar la crisis derivada de la pérdida de la sede de los Juegos Panamericanos de Barranquilla 2027, uno de los episodios que más deterioró la imagen del deporte colombiano durante el cuatrienio.
Posteriormente llegó Luz Cristina López, cuya administración tampoco logró resolver los problemas de ejecución que ya se habían acumulado. Solo Patricia Duque consiguió aportar algo de estabilidad institucional al final del gobierno, aunque le correspondió administrar la etapa más compleja desde el punto de vista financiero.
La rotación permanente de ministras terminó siendo mucho más que un problema político. Cada cambio implicó modificaciones en los equipos de trabajo, redefiniciones de prioridades y nuevos procesos administrativos. El resultado fue un ministerio que nunca logró desarrollar una hoja de ruta sostenida. Mientras otras carteras ejecutaban políticas de mediano plazo, el deporte pasó buena parte del cuatrienio intentando recuperar el tiempo perdido y reconstruir la confianza de atletas, federaciones, ligas y organismos deportivos.
A esa inestabilidad se sumó la mayor paradoja de los cuatro años de gobierno. Nunca antes el Ministerio del Deporte había contado con tantos recursos. En 2023 recibió cerca de 947.000 millones de pesos y en 2024 alcanzó el presupuesto más alto de su historia, cercano a los 1,3 billones. Sobre el papel, el deporte colombiano vivía su mejor momento financiero. En la práctica ocurrió lo contrario.
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La principal dificultad no fue la ausencia de recursos sino la incapacidad para ejecutarlos. En 2023 apenas se logró comprometer poco más de la mitad del presupuesto disponible y, un año después, con una asignación histórica, menos de un tercio terminó convertido en programas, infraestructura o apoyo efectivo para el sistema deportivo. Esa diferencia entre el dinero asignado y el dinero realmente ejecutado terminó convirtiéndose en uno de los mayores cuestionamientos a la gestión del Ministerio durante el gobierno Petro.
Las consecuencias fueron inevitables. En medio de la crisis fiscal que atravesó el país, el Ministerio terminó castigado precisamente por su baja ejecución. El presupuesto cayó de manera considerable para 2025 y la propuesta inicial para 2026 planteó una reducción aún más severa, que solo fue parcialmente corregida durante la discusión en el Congreso. La discusión pública comenzó entonces a concentrarse en los recortes presupuestales, aunque el origen del problema se encontraba varios meses atrás, cuando la cartera no consiguió transformar los recursos disponibles en programas concretos.
Ese escenario deterioró progresivamente la confianza del ecosistema deportivo. Federaciones, ligas, entrenadores y atletas comenzaron a denunciar retrasos administrativos, incertidumbre frente a los apoyos y dificultades para planificar procesos de largo plazo. El problema trascendió el alto rendimiento y alcanzó prácticamente toda la estructura del deporte colombiano. La discusión dejó de girar alrededor de cuánto dinero recibía el Ministerio y pasó a centrarse en su capacidad para administrar el sistema.
Paradójicamente, mientras el debate público se concentraba en las medallas y en los resultados internacionales, una de las principales contradicciones del cuatrienio aparecía en la base del modelo deportivo. El Gobierno había planteado desde el comienzo que su prioridad sería fortalecer el deporte social, la recreación y la formación antes que el alto rendimiento. Sin embargo, los programas que sostenían esa apuesta terminaron siendo algunos de los más afectados por las restricciones presupuestales y la baja ejecución.
Los Juegos Intercolegiados, los programas de talentos regionales, el apoyo a entrenadores y buena parte de las estrategias de formación comenzaron a perder cobertura precisamente cuando el discurso oficial insistía en que allí debía construirse el futuro del deporte colombiano. Esa contradicción dejó una sensación de oportunidad perdida. El proyecto de convertir la actividad física y el deporte escolar en una política pública de alcance nacional nunca alcanzó el nivel de desarrollo que inicialmente había planteado el Gobierno.
La consecuencia fue especialmente visible en las regiones. Mientras ciudades como Bogotá, Medellín o Cali cuentan con capacidad para financiar buena parte de sus programas deportivos, numerosos municipios dependen casi exclusivamente de los recursos nacionales. Allí el deporte no solo representa la posibilidad de formar futuros atletas de alto rendimiento, sino también una herramienta de integración comunitaria, prevención de violencia y construcción de oportunidades para miles de niños y jóvenes. El debilitamiento de esos programas amplió una brecha territorial que el propio gobierno había prometido reducir.
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Eso explica por qué el debate del cuatrienio terminó siendo mucho más amplio que una simple discusión presupuestal. El deporte colombiano comenzó a preguntarse si el verdadero problema era la falta de dinero o la debilidad institucional de una cartera que todavía no conseguía consolidarse. La discusión también puso sobre la mesa la necesidad de fortalecer la gobernanza del Sistema Nacional del Deporte, modernizar una estructura administrativa que seguía funcionando bajo esquemas heredados de Coldeportes y construir mecanismos que permitieran diversificar las fuentes de financiación más allá del presupuesto nacional.
El gobierno Petro deja así una imagen marcada por profundas contradicciones. Fue la administración que más recursos destinó al deporte desde la creación del Ministerio, pero también aquella que enfrentó las mayores dificultades para ejecutarlos. Prometió fortalecer el deporte social y la formación de base, aunque esos programas terminaron siendo algunos de los más golpeados. Defendió una visión del deporte como política pública de transformación social, pero la mayor parte del debate terminó concentrándose en problemas administrativos, presupuestales e institucionales.
Más allá de las medallas obtenidas durante estos cuatro años, el verdadero legado del gobierno en materia deportiva pasa por el estado en que deja la institución. El nuevo presidente, Abelardo de la Espriella, no recibe únicamente una cartera con limitaciones presupuestales. Recibe un ministerio cuya principal deuda sigue siendo institucional: una entidad que todavía busca consolidar su papel dentro del Estado, recuperar la confianza del sistema deportivo y demostrar que puede convertir los recursos públicos en políticas sostenibles. Ese será el punto de partida de la nueva administración y, probablemente, el principal desafío que enfrentará el deporte colombiano durante los próximos cuatro años.

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