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“El ciclismo cambió”, dijo esta semana Nairo Quintana tras quedarse por fuera de la Vuelta a España. Esas palabras podrían ser la explicación resignada de un corredor al que su equipo decidió dejar a un lado, pero dicen bastante. El boyacense esperaba disputar una carrera especial: la que conquistó hace diez años y donde había imaginado uno de sus últimos grandes capítulos como profesional. “El ciclismo ha cambiado y te obliga a tomar decisiones por darle el mejor desarrollo al equipo. Es comprensible. No tengo nada más que agradecimiento con Eusebio y el equipo por esta maravillosa historia que construimos juntos y que hace parte de la historia del deporte en Colombia”, aseguró el de Cómbita.
La elección de Movistar permite el debate. Habrá que esperar qué puede conseguir el equipo español en una Vuelta a España a la que llega sin un candidato demasiado evidente para disputar la clasificación general y con la expectativa de buscar protagonismo en ciertas jornadas. Es posible que Quintana no tuviera sitio dentro de ese planteamiento. No obstante, también resulta llamativo que, según él explicó, nunca supo las razones deportivas de su ausencia. “No he recibido ninguna explicación técnica de por qué se tomaron las decisiones. Las acato, pero no sé razones”, confesó.
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Que Nairo no pueda despedirse de la Vuelta tiene además una enorme carga simbólica. Hace diez años derrotó allí nada menos que a Chris Froome, en uno de los puntos más altos de aquella generación extraordinaria del ciclismo colombiano. Su ausencia en 2026 sirve entonces para hablar de algo mucho más amplio que la decisión de un equipo: el final de una época, la transformación brutal que ha vivido este deporte y la posición que ocupa Colombia en ese nuevo orden.
La paradoja es que el final de aquella era ocurrió mucho antes de que Quintana anunciara su despedida. Tiene incluso un nombre: Tadej Pogacar. La aparición del esloveno modificó las referencias sobre lo que podía hacer un corredor de grandes vueltas. Ya no bastaba con ser un escalador sobresaliente, administrar esfuerzos durante tres semanas y minimizar pérdidas en la contrarreloj. La nueva vara exige atacar, ganar contra el reloj, responder en la alta montaña, competir en clásicas y mantener un nivel extraordinario durante buena parte de la temporada. Lo que hagan los demás resulta insuficiente.
El impacto ha sido tan profundo que incluso quienes estaban llamados a representar el siguiente relevo quedaron atrapados por esa transformación. Egan Bernal, campeón del Giro de Italia de 2021, parecía destinado a instalarse durante años entre los grandes vueltómanos del mundo antes del accidente que estuvo cerca de costarle la vida. Sin embargo, la realidad es que, con Pogacar en el pelotón, prácticamente todos han encontrado un techo. Jonas Vingegaard fue la gran excepción, porque logró derrotarlo dos veces en el Tour de Francia, aunque durante los dos últimos años la distancia entre ambos también se hizo enorme. El esloveno, a esta altura, es invencible. Ahora, llega a la Vuelta con la posibilidad de convertirse en el noveno ciclista que conquista Giro, Tour y Vuelta, después de Jacques Anquetil, Felice Gimondi, Eddy Merckx, Bernard Hinault, Alberto Contador, Vincenzo Nibali, Chris Froome y el propio Vingegaard, que lo logró al inicio de temporada al ganar el Giro de Italia. Pogacar parte como el hombre a derrotar y sería necesaria una enorme sorpresa para impedir que complete la colección.
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¿Dónde quedó Colombia?
El ciclismo colombiano entró en esa nueva era sin las herramientas suficientes para competir permanentemente en semejante nivel. Eso, sin embargo, necesita una aclaración: no es un problema solo nuestro; casi todo el pelotón mundial se ha visto reducido a perseguir a Pogacar. La diferencia está en que el país pasó de acostumbrarse a tener varios protagonistas capaces de ganar etapas, disputar podios y pelear grandes vueltas a contar con cada vez menos corredores en las primeras posiciones.
Santiago Botero —hoy comentarista de Caracol Televisión— encuentra una explicación en la transformación del ciclismo. Para el excampeón mundial, incluso resulta insuficiente seguir definiendo a quienes compiten como simples ciclistas. “Estamos en otra era. Ellos ya no son pedalistas, son atletas. Se borraron esas líneas entre los clasicómanos, los vueltómanos y los escaladores. Hoy los corredores son buenos en todas las modalidades y en todos los campos”. Botero señala además otra revolución: los grandes talentos llegan desde el fútbol, el esquí, el patinaje, el ciclomontañismo o el ciclocrós. El ciclismo moderno amplió su universo de reclutamiento y, con ello, también incrementó la competencia.
Los números ayudan a entender dónde está Colombia. En 2026 hay 12 corredores nacionales en equipos del World Tour, tres menos que hace una década, cuando Quintana protagonizó su última gran hazaña en la Vuelta. No obstante, la curva resulta aún más reveladora si se mira el crecimiento previo: Colombia llegó a tener 18 corredores en 2015 y 18 en 2018, subió a 19 en 2019 y alcanzó los 22 en 2020. Desde entonces, la presencia en la máxima categoría disminuyó.
Mucho más preocupante que la cantidad es la pérdida de resultados. Por poner un ejemplo, en 2016 Colombia consiguió 14 victorias en pruebas del World Tour. Diez años después, en lo que va de 2026, solo aparece una: el triunfo de Harold Tejada, uno de los colombianos que correrá esta Vuelta, en la sexta etapa de la París-Niza. En 2025 apenas llegaron dos victorias: la de Juan Sebastián Molano en la Clásica de Brujas y la de Egan Bernal en la etapa 16 de la Vuelta a España. La diferencia con aquellos años en los que los colombianos acumulaban triunfos y títulos resulta evidente.
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Botero cree que detrás de esa caída existe también un problema de actualización. “Nuestros directivos están todavía en los años 90. Nos quedamos anquilosados en esa época, viviendo de los recuerdos, de las maneras, de las formas de entrenarse”, aseguró. Su diagnóstico apunta a una necesidad de estudiar los modelos que hoy producen a corredores como Pogacar, pero también de comprender una dimensión menos visible del nuevo ciclismo: la presión mental. Todo se mide, todo se controla y cada detalle tiene consecuencias. Además, dice Botero, “la exigencia ya no pasa exclusivamente por las piernas”.
El traumático fin de las eras doradas
En medio de la reducción de triunfos colombianos, Nairo Quintana fue uno de los pocos que volvió a ganar hace poco, al conquistar la Vuelta a Asturias en abril. No se trata de una carrera World Tour, pero el triunfo fue celebrado con enorme emoción por todo lo que representa su figura. Fue además una de las últimas victorias de una carrera profesional que terminará este año, quizá después del Mundial de Ciclismo que se disputará en Montreal (Canadá), del 20 al 27 de septiembre.
El retiro de Quintana dejará un vacío, pero no alcanza detener allí el análisis. El problema es que el vacío ya existe y parece mucho más estructural que individual. Nairo se marcha cuando aún no aparece una figura colombiana capaz de asumir el lugar simbólico y deportivo que durante tantos años ocuparon él, Rigoberto Urán y Egan Bernal, entre otros. Hay buenos corredores y talentos. Hay colombianos en la élite. Lo que se perdió fue aquella presencia constante entre quienes definían las carreras más importantes.
Tampoco sería la primera vez. Después de la época de Luis Herrera y Fabio Parra, Colombia también perdió protagonismo internacional durante años. Aparecieron ciclistas importantes —Santiago Botero fue uno de ellos—, pero ya no existía aquella sensación de dominio colectivo. Curiosamente, cuando Urán y Quintana comenzaron a devolver al país a las primeras planas durante la década de 2010, Colombia apenas tenia apenas uno o dos representantes consolidados en el gran pelotón europeo. La situación numérica era incluso peor que la actual.
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Hay además un elemento que obliga a poner el momento en contexto: nadie parece tener una fórmula definitiva contra Pogacar. Incluso derrotarlo en uno de sus grandes objetivos se ha convertido en noticia mundial. Este año Wout van Aert logró vencerlo en la París-Roubaix, gesta gigantesca porque esa clásica sigue siendo una de las pocas grandes carreras que el esloveno no ha logrado ganar. La otra es la Vuelta a España, competencia que hasta ahora nunca ha disputado. Hay que dimensionar lo que sucede a mayor escala.
La verdadera pregunta, entonces, no es si Colombia sigue perteneciendo a la élite; sí pertenece. Tiene corredores en el World Tour y cada temporada aparecen nuevos talentos capaces de llegar a Europa. El interrogante es qué se está haciendo para volver a producir corredores de primera línea. Colombia lleva años sin tener el protagonismo esperado en el Tour del Porvenir, varias pruebas regionales han desaparecido o se han interrumpido —como la Vuelta a Antioquia— y competencias históricas como la Vuelta a Colombia se ven cada vez más debilitadas. Mientras el ciclismo mundial aceleró su transformación, la estructura nacional transmite la sensación de haberse quedado atrás.
Ahí está quizá la dimensión verdadera del adiós de Nairo Quintana. No se trata solo de despedir al hombre que ganó el Giro de Italia, derrotó a Froome en aquella Vuelta de 2016 y durante más de una década sostuvo buena parte de las ilusiones colombianas en Europa. Su retiro obliga a mirar qué queda después. Y en un ciclismo que cambió radicalmente, mientras Pogacar empuja los límites hacia lugares que hace apenas unos años parecían imposibles, el golpe de perder a una leyenda se siente todavía más fuerte cuando detrás de ella no existe una estructura renovada capaz de fabricar la siguiente.

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