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Imagine que su empresa enfrenta la peor crisis de su historia reciente y, de la noche a la mañana, se queda sin junta directiva. Los dos máximos líderes se fueron: uno era el director ejecutivo, encargado de conseguir el presupuesto, definir la visión y negociar con los accionistas; y el otro era el director de operaciones, quien realmente conocía el día a día de la fábrica, coordinaba al personal y mantenía la maquinaria funcionando. ¿Qué podría salir mal en este estado?
Esto es justamente lo que está pasando con una de las “empresas” más importantes del mundo: las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Con soldados desplegados y sus familias esperando noticias, las decisiones sobre las guerras y operaciones armadas las estará tomando una institución que no tiene, sobre el papel, a su junta directiva en orden.
El lunes en la noche, Dan Driscoll renunció a su cargo como secretario del Ejército de EE. UU., siendo el responsable del control civil sobre las Fuerzas Armadas y el que rinde cuentas ante el Congreso. También es el filtro entre las órdenes del Ejecutivo y la ejecución militar, y el que consigue el dinero. Básicamente, un director ejecutivo.
Unos meses atrás, en abril, las Fuerzas Armadas ya habían perdido a su director de operaciones. El general Randy George, quien manda a las tropas y ejecuta las operaciones, fue despedido por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, sin explicación. Hay una teoría oscura. Según Rosa Brooks, profesora de Georgetown, “cuando planeas romper la ley, te deshaces de cualquiera que pueda frenarte”. Y esto tiene un precedente muy alarmante.
En febrero de 2025, un año antes de despedir a George, Hegseth también despidió en una sola noche a los tres abogados militares de mayor rango del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea, justificando que eran “barricadas para las órdenes dadas por el comandante en jefe”. Es decir, que se estaban oponiendo, por las cuestiones legales que estas órdenes podían acarrear, a lo que ordenaba el presidente Donald Trump.
Meses después, en noviembre del año pasado, Hegseth ordenó a fuerzas de operaciones especiales matar a los sobrevivientes de un ataque contra una embarcación frente a Venezuela, como registró The Washington Post. Un grupo de exabogados militares calificó el hecho como un “crimen de guerra”, por lo que se abrió una investigación en el Congreso. Y luego vino, por supuesto, la operación contra Nicolás Maduro y el inicio de la ofensiva contra Irán, también cuestionados desde el punto de vista legal.
Hasta acá, se podría decir que al “descabezar” a la empresa, Hegseth está preparando el terreno para una nueva maniobra sumamente cuestionada desde el punto de vista legal sin que nadie se interponga en su camino. Congresistas como la senadora Elissa Slotkin han presionado para que el Pentágono garantice que no habrá interferencia militar en los puestos de votación en las próximas elecciones de noviembre, algo que iría en contra de la Ley Posse Comitatus.
“Como sabemos, Trump no tiene restricciones. Él prefiere hacer lo que quiere y luego esperar a ver si lo frenan con la Constitución. Cualquier cosa es posible, especialmente con el escenario en el que parece que los republicanos van a perder por mucho. Por eso han estado jugando con el sistema”, explica el exdiplomático estadounidense Lawrence Gumbiner.
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Sin embargo, ese es un escenario especulativo, y la salida de Driscoll plantea preocupaciones por otras condiciones más palpables ahora. A diferencia del caso de George, la Casa Blanca le pidió a Driscoll para que se mantuviera en el cargo hasta después de las próximas elecciones de medio término. Si el objetivo es salir de todas las “barricadas” que le impiden al gobierno cruzar una línea roja legal, no habría razón para solicitarle a Driscoll que se quede hasta entonces.
Esto es porque Driscoll, de hecho, era todo menos una obstrucción para las propuestas del gobierno Trump. Como secretario del Ejército, defendió la compra de drones y sistemas autónomos, y promovía una reforma del sistema tradicional de adquisiciones militares, marcado por contratos multimillonarios y plazos de desarrollo excesivos. Es decir, era un impulsor de la modernización tecnológica del Ejército, no un guardián del status quo. Precisamente por esto, Trump lo apodó el “tipo de los drones”.
El republicano Pat Harrigan, del Comité de Servicios Armados de la Cámara, defendió el legado de Driscoll como el de alguien que intentó imprimirle velocidad a una institución que no podía quedarse quieta frente a la evolución tecnológica de los conflictos modernos. Es un elogio revelador, porque sugiere que incluso dentro del propio bando político de Trump hay quienes ven la salida de Driscoll como una pérdida, no como una victoria.
Su firmeza para salir del gobierno pese a la petición de la Casa Blanca, entonces, no sería la preparación para otro desafío de Trump, sino algo más profundo. La respuesta del mismo gobierno para no soltar a Driscoll revela nerviosismo por el efecto que puedan tener en las urnas todos los sacudones que ha tenido la institución en el último año. Los demócratas buscarán en estos dos meses proyectar la imagen de un Pentágono en caos para desgastar la narrativa republicana de “fortaleza en seguridad nacional”.
Esto podría tener efecto en el voto de los veteranos, sensible a la estabilidad del Pentágono, que tiene más razones para aceptar la narrativa de cómo el gobierno está politizando las Fuerzas Armadas. Sin embargo, el alcance de esto es reservado, pues para el votante promedio en las ‘midterms’ siempre han primado temas como la economía y la inflación por encima de la gestión institucional del Pentágono.
¿Por qué se va Driscoll entonces? Una teoría está en la misma derecha, donde se presume que hay una fractura en el gobierno por la carrera para convertirse en el sucesor de Trump. Según Axios, Hegseth era desconfiado y hasta “paranóico” con Driscoll por su estrecha cercanía con el vicepresidente J.D. Vance, con quien asistió a la Universidad de Yale. Además, Driscoll es una persona que tenía más aceptación entre los demócratas gracias a su aparición en medios como CNN. Esta atención, según The Atlantic, era otro punto de fisura con Hegseth, quien aunque niega sus intenciones de una aspiración presidencial, ha dado todas las señales de buscarla. La carrera por suceder a Trump estaría lastimando a las Fuerzas Armadas.
Ahora, toda esta presión por el caos en el Pentágono le brinda la oportunidad a Trump de solucionar todos sus problemas, de acuerdo con el análisis de Gumbiner: si despide a Hegseth, alguien que nunca demostró que estaba preparado para el cargo, puede atajar la crisis interna y además culparlo del caos en Irán. Un escenario ideal para él de cara a noviembre. De ser así, el revolcón en las Fuerzas Armadas hasta ahora inicia.
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