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A Karim Gorayeb le dijeron que no había plata para llevarlo a Buenos Aires. Su padre, Alex, entonces presidente del Deportivo Cali, debía administrar los cupos de la delegación para la final de la Copa Libertadores de 1978 contra Boca Juniors. sin embargo, se jugó el último as bajo la manga que le quedaba: hablar con Carlos Salvador Bilardo, técnico del cuadro azucarero.
“Yo sabía lo de las cábalas y las locuras de ellos. Me le arrimo a Carlos y le digo: ¿vos sabes que yo nunca he visto al Cali perder en mi vida, no? Y era verdad, acá no nos ganaba nadie. No es como que mintiera. A los dos minutos ya tenía pasaje para irme a Buenos Aires», comentó Karim.
Con esa escena podemos entender a Bilardo. El entrenador argentino podía convertir una coincidencia en certeza. Por ejemplo, si un taxista lo llevaba a la concentración el día de una victoria, había que encontrarlo antes del siguiente partido y repetir exactamente el recorrido. Si un periodista hablaba con él antes de ganar, debía ser el mismo a la próxima. Una vez unos habitantes de calle fueron a ver el partido y se ubicaron detrás del banco. Resultó que ese día ganaron. Y cuentan que desde entonces siempre los mandaba a buscar, porque, desesperado, se convencía de que algo saldría mal si no estaban allí, en el mismo lugar.
Ese es el Bilardo que Héctor Fabio Grueso reconstruye en Bilardo: hecho en Colombia, una serie documental que nació, en parte, de las historias que escuchó desde niño en la radio caleña. Él no había nacido cuando el Deportivo Cali llegó a aquella final de 1978, la primera vez que un equipo colombiano lo conseguía.
“A principios de los 90, Mario Alfonso Escobar siempre hablaba de Bilardo, siempre había una anécdota. Pasa el tiempo y él sigue siendo el único técnico campeón del mundo que ha dirigido en Colombia, es un símbolo del fútbol”, comentó el documentalista en diálogo con El Espectador.
En cinco episodios, Grueso hizo lo posible para hacer memoria sobre quién es y ha sido el personaje del que tanto le hablaron en su ciudad pero que no vio con sus propios ojos. “Tenés a alguien que reúne tantos atributos, una marca internacional que estuvo en Cali, que tuvo relación estrecha con los periodistas de la época y que dejó huella en tantos futbolistas que después fueron entrenadores. Todo eso se junta para hacer un trabajo de largo aliento”.
El trabajo lo obligó a viajar a Argentina para conversar con Jorge Bilardo, único hermano de Carlos; con Carlos Pachamé, su asistente en la selección argentina; y con José Pascuttini, uno de sus grandes amigos y quien también vivió en Cali. En la Sucursal del Cielo, reconstruyó la historia con jugadores, dirigentes y periodistas cercanos al entrenador. Entre esas voces aparecen Karim y Dagmar Gorayeb, Diego Umaña, Rafael “la Tortuga” Otero, Pedro Antonio Zape, Fernando “el Pecoso” Castro y otros protagonistas de aquella época. También están periodistas como Mario Alfonso Escobar, Marino Millán y Esteban Jaramillo.
El bilardismo
Las supersticiones eran parte de la identidad del médico e incluían a sus dirigidos. Estaba por ejemplo el caso de Néstor Scotta. Bilardo había establecido que el periodista Millán debía hablar estrictamente con el delantero argentino antes de los partidos. Al final quedó como goleador del campeonato colombiano en 1977 y de la Copa Libertadores en 1978. Algunas de sus cábalas fueron heredados por pupilos que luego fueron técnicos como Umaña y el “Pecoso” Castro
Pero el bilardismo no se puede definir solo a partir de una colección de supersticiones. Para entenderlo hay que volver a La Paternal, el barrio donde Carlos Salvador Bilardo creció junto a su hermano Jorge.
Bilardo. Estudiantes de la Plata. pic.twitter.com/rqa4p7vDqL
— Nostalgia Futbolera ® (@nostalgiafutbo4) November 10, 2024
“La Paternal era un barrio que aquí en Cali llamaríamos muy caliente, y ahí tenías que jugar vivo. Ellos eran pelados, tenían 13, 14, 15 años, y estaban con tipos de 30; entonces les daban codo, pata y demás. Desarrolló ese instinto de supervivencia frente al entorno, tuvo que volverse mañoso, tener calle y volverse, como él dice, un hijo de puta”, destaca Grueso.
El médico entendió también en su etapa como futbolista que el fútbol también podía jugarse con la cabeza, con la provocación y con la capacidad de anticiparse al rival. En Estudiantes de La Plata fue dirigido por Osvaldo Zubeldía, el entrenador que más lo marcó y Bilardo representaba una extensión en la cancha de lo que su maestro construía desde la raya.
Llegaron a ser acusados de antifútbol, pues en su forma de jugar también estaba la explícita intención de sacar mentalmente al rival del partido y de estirar el reglamento al límite. En el cuerpo técnico era clave la figura del analista arbitral.
Zubeldía llegó a Atlético Nacional en 1976 con el prestigio de haber ganado tres Libertadores y una Intercontinental con Estudiantes. Su fútbol repetía hasta el cansancio las jugadas a balón parado y de laboratorio. Aquella influencia terminaría siendo decisiva para el fútbol colombiano y de esas enseñanzas salieron técnicos como Francisco Maturana, Pedro Sarmiento y Hernán Darío Herrera.
Alex Gorayeb quería una respuesta para el poderío verdolaga. Si Nacional tenía a Zubeldía, el Deportivo Cali tendría a su alumno más aventajado. Así llegó a Colombia en 1977. Grueso reconstruyó que en aquella época muchos futbolistas llevaban una vida desordenada, marcada por la noche, el alcohol y, en algunos casos, el consumo de sustancias psicoactivas. Bilardo, en medio de lo que la idiosincrasia del jugador colombiano le permitía, intentó imponer su filosofía.
Su estilo fue incluso un llamado a la modernización, pues cuando Bilardo llegó al Cali, en Colombia todavía no era habitual estudiar en video a los rivales. Gorayeb consiguió, a través de un amigo que tenía en Mónaco, uno de los primeros Betamax que llegaron a Cali para que el entrenador pudiera revisar partidos.

Hay quienes se quedan con el de las mañas, pero también está el que no dormía, el que controlaba cada detalle, que repasaba y repasaba una jugada hasta convertirla en lo que hoy llamamos automatismos. La disciplina táctica era una de sus obsesiones y por eso se dice que, cuando ganó el Mundial de México 1986, antes que celebrar el título estaba molesto con sus jugadores por permitir que les marcaran en dos tiros de esquina.
El resultado deportivo fue extraordinario. Bilardo llevó al Deportivo Cali hasta la final de la Copa Libertadores de 1978 y ese subcampeonato fue una de las mayores alegrías de su carrera. Pero así como su paso por acá le dio alegrías, también le dio uno de sus mayores golpes, como lo fue el no clasificar con la selección de Colombia, a la que dirigió entre 1980 y 1981, al Mundial de España 1982.
La paradoja es que Bilardo no ganó ningún título en su paso por estas tierras. Su filosofía decía que del segundo nadie se acuerda, pero el fútbol colombiano no lo olvida. Después vendrían entrenadores que conquistarían estrellas y otros que volverían a llevar al azucarero a una nueva final continental. Pocos o ninguno, sin embargo, parecen haber dejado una colección semejante de historias.

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