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El peso que compartimos: la salud de las mascotas revela los excesos de sus tutores

Con el paso de los años y el cambio en los estilos de vida, los animales de compañía también comenzaron a engordar. En este artículo exploramos cómo los hábitos de sus tutores influyen en un fenómeno que ya deja a más de la mitad de las mascotas en Estados Unidos con sobrepeso.

03 de enero de 2026 - 12:00 p. m.
La alimentación industrializada, tanto para personas como para mascotas, se ha vuelto una constante.
Foto: Ivan Babydov
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Durante años se asumió que la obesidad era un problema exclusivamente humano, un efecto colateral del ritmo acelerado, del trabajo sedentario y de una dieta cada vez más industrializada.

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Sin embargo, en silencio, algo similar comenzó a ocurrir en los hogares: los animales de compañía empezaron a engordar al mismo ritmo que sus tutores. Hoy, las cifras ya no dejan espacio para la duda.

En Estados Unidos, más de la mitad de los perros y gatos presentan sobrepeso u obesidad, una tendencia que no solo preocupa a veterinarios, sino que revela una verdad más profunda: la salud de las mascotas se ha convertido en un espejo casi exacto del estilo de vida humano.

Mientras los índices de obesidad en personas adultas han mostrado una leve disminución en los últimos años, en los animales ocurre lo contrario. Según la Asociación para la Prevención de la Obesidad en Mascotas (APOP), en 2022 el 59 % de los perros y el 61 % de los gatos tenían exceso de peso.

No se trata de un fenómeno aislado ni reciente, es la consecuencia acumulada de decisiones cotidianas, hábitos compartidos y una creciente desconexión con las necesidades reales de los animales.

La mesa compartida

Para Luis Miguel Becerra, presidente de la Asociación Colombiana de Dietistas y Nutricionistas ACODIN, la relación entre obesidad humana y animal es directa. “Existen estudios que demuestran que las personas con obesidad tienen el doble de probabilidad de tener perros con obesidad”, explica.

La razón es simple: los animales dependen por completo de las decisiones humanas, desde qué comen hasta cuánto se mueven.

El problema no se limita a la cantidad de alimento, sino a su calidad. La alimentación industrializada se ha vuelto una constante. En el caso de los animales, gran parte de los concentrados de bajo costo están elaborados con harinas, subproductos y altos niveles de carbohidratos, lo que favorece el aumento de peso.

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A esto se suma una práctica común: compartir comida “humana” con las mascotas. Restos de pizza, pan, embutidos o salsas terminan en los platos de perros y gatos, sin considerar que su metabolismo no está preparado para procesarlos.

“La gente suele pensar que un pequeño bocado no hace daño, pero no considera el tamaño ni las necesidades reales del animal”, explica la médica veterinaria y especialista en comportamiento animal, Carolina Alaguna.

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En muchos hogares, alimentar se convierte en un acto afectivo que reemplaza al juego, al paseo o a la atención real. El resultado es un exceso calórico constante que, con el tiempo, deriva en obesidad.

También se suma el sedentarismo. En ciudades cada vez más cerradas y aceleradas, los paseos se reducen, el tiempo escasea y la actividad física se delega, erróneamente, a guarderías caninas o a breves salidas al parque.

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“Sacar al perro quince minutos no cubre sus necesidades físicas ni mentales”, señala Alaguna. “Muchos animales pasan horas sin estimulación, lo que afecta su metabolismo y su comportamiento”.

El costo físico de una vida mal equilibrada

Las consecuencias del sobrepeso en animales son profundas y, en muchos casos, irreversibles. Estudios recientes indican que los perros obesos viven, en promedio, hasta dos años y medio menos que aquellos con peso saludable.

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En los gatos, el riesgo de mortalidad se triplica. Las enfermedades asociadas incluyen trastornos cardiovasculares, problemas articulares, diabetes, afecciones gastrointestinales y patologías endocrinas como el hipotiroidismo o el síndrome de Cushing.

Además, ciertas razas presentan una vulnerabilidad mayor. Perros como los bulldogs, los dachshund, los golden retriever o los pastores alemanes tienden a desarrollar problemas articulares y de columna que se agravan con el sobrepeso. En estos casos, la obesidad no es solo una condición estética, sino un factor que acelera el deterioro físico y el dolor crónico.

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“La obesidad en mascotas debería considerarse una forma de maltrato”, afirma Alaguna. No por negligencia intencional, sino por desconocimiento. Muchos tutores normalizan ver a su animal “rellenito” sin advertir que detrás hay inflamación, sobrecarga articular y una calidad de vida disminuida.

En paralelo, la industria comienza a responder. Empresas biotecnológicas desarrollan tratamientos inspirados en los fármacos humanos para la obesidad. Los estudios preliminares muestran reducciones de peso sostenidas y una menor ansiedad por la comida. Aunque su llegada al mercado aún tomará algunos años, su existencia refleja la magnitud del problema.

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El cambio empieza en casa

Más allá de la tecnología, los especialistas coinciden en que la solución no está en una inyección milagrosa, sino en un cambio cultural profundo. “La salud del animal es un reflejo directo de la del tutor”, sostiene Becerra. Alimentarse mejor, moverse más y comprender las necesidades nutricionales básicas de las mascotas son pasos fundamentales.

La educación juega un rol central. Comprender que no todos los alimentos son aptos, que existen dietas formuladas según la edad, el tamaño y la condición del animal, y que incluso las dietas naturales deben ser supervisadas por profesionales, es clave para prevenir problemas a largo plazo. Del mismo modo, entender que la actividad física no es solo un paseo rápido, sino una oportunidad de estimulación física y mental.

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Por su parte, la Dra. Alaguna, insiste en que el vínculo humano-animal puede ser una poderosa herramienta de bienestar compartido. “Cuando una persona mejora sus hábitos, inevitablemente mejora los de su mascota. Caminar juntos, jugar, explorar nuevos espacios: todo eso fortalece el vínculo y la salud de ambos”.

En última instancia, la obesidad en las mascotas no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de una sociedad que ha normalizado el sedentarismo y la mala alimentación.

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Reconocerlo implica asumir una responsabilidad compartida. Porque cuando un animal engorda, no solo aumenta su peso: también se revela, silenciosamente, el estilo de vida de quien lo cuida. Y en ese reflejo, quizás, se encuentre la oportunidad de cambiar.

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Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador. malvarez@elespectador.com
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