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Vivimos en un mundo que va con prisa. Uno donde todo se mide en productividad, resultados y apariencias, y donde detenerse a sentir parece casi un lujo. En medio de esa velocidad, se olvida que hay derecho al duelo: a parar, a llorar, a extrañar sin culpa. También cuando quien falta no es una persona, sino un animal de compañía que compartió silencios, rutinas y afectos tan profundos como cualquier otro amor.
Sobre ese derecho a doler y a sanar escribe la tanatóloga y autora mexicana Gaby Pérez Islas en su nuevo libro Tu huella en mi vida (Editorial Planeta), una obra que acompaña con sensibilidad el proceso de pérdida de un animal de compañía.
En la conversación, la autora reflexiona sobre cómo vivir el duelo sin prisa ni vergüenza, cómo cuidar de uno mismo en medio del dolor y cómo honrar la memoria de quienes, aunque ya no están, dejaron una huella imborrable en la vida de sus tenedores.
A lo largo del libro, habla de cómo el duelo por un animal de compañía suele ser menos comprendido socialmente, ¿en qué se diferencia o se parece del duelo por una persona?
El duelo por la pérdida de un animal tiene muchas similitudes con el duelo por un miembro de la familia, porque está en nuestro círculo más íntimo y su ausencia deja un vacío muy doloroso. Pasamos por las mismas etapas, aunque con diferente duración e intensidad.
Lo que yo intento como tanatóloga desde hace 26 años es que no se comparen los duelos. Si el amor es real, el dolor es real. No se trata de medir qué duele más, sino de entender quién era ese ser para usted.
Cuando se habla de duelo anticipado, ¿eso hace que el proceso sea más fácil o simplemente diferente?
El duelo anticipatorio puede ser su amigo si lo usa para estar consciente de que algún día no estará y eso le lleva a disfrutar cada momento. Pero si solo genera angustia, es estéril. No es como si las lágrimas que llore hoy se descontaran el día que muera. Sirve cuando lo prepara emocionalmente para llegar a ese momento con la satisfacción del deber cumplido: “hice lo mejor que pude con los recursos que tenía”.
En algunos países, como Colombia, ya existe un día de licencia por duelo ante la muerte de un animal de compañía, ¿qué opina de esta medida?
Es un avance, un primer paso. Es valiente poner el tema sobre la mesa. Claro, tiene sus condicionantes, pero al menos se reconoce el dolor. No se trata de un día “para el duelo”, porque no existen duelos exprés. Me encantaría que el siguiente paso fuera que las empresas tuvieran una pequeña biblioteca con Tu huella en mi vida, que prestaran el libro, recomendaran el pódcast Después de la pérdida y crearan redes de apoyo.
Estamos en una sociedad que parece apurada por pasar página, ¿cómo afecta esa presión a quienes están en duelo?
Muchísimo. Es horrible. Las personas quieren que funcione, que vuelva a ser “el de antes”. Le dicen “ya quiero que esté bien”, como si nada hubiera pasado. Pero el duelo no es un concurso de popularidad. El doliente necesita tiempo, y sobre todo que su dolor sea visto, validado y acompañado. No hay frases mágicas que quiten el dolor: hay presencias de consuelo más que palabras de consuelo.
Usted menciona que muchas personas están acostumbradas a hablar de su dolor, pero no a sentirlo, ¿cuál es la diferencia?
Hablar del dolor a veces se vuelve casi competitivo. Pero eso no es sentirlo. Sentirlo es tocar el vacío, no evadirlo. No se trata de llenar la casa con otra mascota enseguida o guardar todas sus cosas para no verlo. Hay que sentarse, mirar ese vacío y llorar. Extrañar es parte del amor. Y creo que muchas personas no han llorado lo suficiente por sus animales.
Tocar fondo para sanar, ¿cómo se hace para tocar fondo, pero también salir de ahí?
Tocar fondo es escarbar. Si usted tiene una herida y no la limpia porque “le duele”, se infecta. En el duelo es igual: hay que limpiar, es decir, despedirse, cerrar, dimensionar qué perdió al perderlo. Y después, preguntarse: ¿cuál es la mejor manera de honrar su memoria? No quedándose triste. Ellos querían nuestra felicidad. Así que hay que seguir, un día a la vez, rodeados de comunidad y recursos.
Muchas personas sienten culpa tras la muerte de su mascota, ¿cómo soltar eso?
Siempre creemos que pudimos hacerlo mejor. Pero la cura es decir: “hice lo mejor que pude con los recursos y circunstancias que tenía”. No podemos darles más vida de la que tienen. Y a veces no tenemos los recursos para los tratamientos más caros. Los veterinarios proponen tratamientos, no vida. Lo importante es aprender del que se fue para ser mejores cuidadores con el que se queda.
¿Por qué el duelo lleva a descuidarse tanto?
Porque perdemos el rumbo. La tristeza nos dice “ya para qué”. Pero lo que debe levantarnos es la responsabilidad con nosotros mismos. ¿Cómo demuestro más amor por quien se fue? Cuidándome, no abandonándome. El duelo puede derivar en depresión, y la depresión es una bajada muy empinada. Hay que ponerse límites saludables y buscar apoyo.
En el libro usted dice “trátese como a su mejor amigo”, ¿por qué es tan difícil hacerlo?
Porque somos muy severos con nosotros. A nadie se le ocurriría decirle a su amiga: “qué bárbara, ¿por qué no lo llevaste al hospital?”; en cambio, eso sí, nos lo decimos a nosotros. Hay soberbia en no perdonarnos. Somos más compasivos con los demás que con nosotros mismos. Y debemos aprender a hablarnos con ternura.
¿Y qué pasa con las personas que nunca han pasado por un duelo? ¿Cómo se preparan?
Todos hemos tenido pérdidas: una amistad, una mudanza, una etapa de la vida. La pérdida y el cambio son la constante. Lo importante es confiar. No necesita ver el final de la escalera cuando la sube, solo confiar en la fuerza de sus piernas. Nadie se va de esta vida sin haber sufrido, enfermado o muerto. Por eso hay que formarse para la vida, no esperar estar preparados para el dolor.
Usted dice que vivimos en sociedades que evitan el dolor. ¿El amor duele?
El amor no duele. Lo que duele es su final. Si el amor duele, está en la relación equivocada. Lo que duele es la ausencia. Solo duelamos lo que amamos, porque duelo viene del latín dolus: dolor. Y solo extrañamos lo bueno.
En el libro afirma: “Nadie está preparado para decir adiós, pero sí estamos formados para afrontarlo”, ¿cuál es la diferencia?
Estar preparado sería creer que el golpe dolerá menos porque me “anticipé”. Pero en la pérdida nunca sabemos las respuestas. Yo soy tanatóloga, pero cuando murió mi mamá lloré desconsoladamente. Lo que me ayudó fue leer mi propio libro. Saber de duelo, tener valores, tener red de apoyo: eso es estar formada. Nunca estamos preparados, pero sí podemos venir formados con herramientas.
¿Debemos tener límites saludables antes del duelo o se aprenden durante el proceso?
Hay que tenerlos desde antes. No puedo renunciar a ser adulta cuando pierdo a alguien. Quisiera que me cuiden, pero tengo responsabilidades. Por eso digo: pase lo que pase, no me voy a abandonar. Sin los demás mi vida es posible, sin mí no.
Y un consejo: ponga su duelo en la agenda. Si no quiere levantarse, dese permiso un par de días, pero el lunes levántese y vaya a trabajar. El cuerpo pedirá azúcar o alcohol, pero hay que ponerle límites.
¿Por qué decidió escribir un libro sobre el duelo por animales de compañía?
Porque no había. Había cuentos para niños, pero no libros para adultos, jóvenes o mayores. Vi la necesidad de que este dolor fuera visto. He acompañado a muchas personas que me dicen: “usted sí me entiende”.
Y sí, porque yo también he perdido animales. Es un dolor muy grande que no tenemos por qué pasar solos. Por eso Tu huella en mi vida busca decir: “yo lo entiendo”.
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