Seguramente ha visto en las noticias o en redes sociales que un perro atacó a una persona. Casi siempre los titulares mencionan los mismos nombres: pitbull, rottweiler, dóberman. Razas que, por años, han cargado con una fama que pesa más que su propio cuerpo. Se les teme por su fuerza, se les juzga por su historia y, en muchos casos, antes de conocerlos.
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En Colombia, la ley los clasifica como “razas de manejo especial”. Sus cuidadores deben registrarlos ante las alcaldías, mantenerlos con bozal y correa en espacios públicos, y contar con una póliza que cubra posibles daños. Este marco normativo busca prevenir incidentes, pero también ha reforzado la idea de que algunos perros nacen con la violencia escrita en la piel.
Lo cierto es que detrás de esa etiqueta suele haber animales nobles, sensibles y profundamente leales. Criados con afecto, disciplina y socialización, pueden ser compañeros pacientes y guardianes atentos. Su carácter no es un rasgo genético: es el reflejo del trato que reciben.
Con el tiempo, quienes conviven con estos ejemplares han aprendido que no es el miedo lo que garantiza la seguridad, sino la educación y la empatía. Cambiar la mirada sobre ellos no es un gesto menor: es reconocer que toda criatura merece ser comprendida antes que condenada.
La mirada institucional: educar para cambiar la percepción
Durante años, los llamados “perros de manejo especial” han cargado con una reputación injusta. Sin embargo, desde el Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal (IDPYBA), la percepción ciudadana hacia estas razas en Bogotá ha comenzado a transformarse.
Laura Idrobo, subdirectora de Atención a la Fauna del IDPYBA, asegura que gracias a las acciones pedagógicas en territorio se ha evidenciado un cambio positivo en la manera como las personas los perciben. “Cada vez más ciudadanos comprenden que el comportamiento de un perro no depende exclusivamente de su raza, sino del manejo, la socialización y el entorno que recibe. A través de actividades educativas, campañas y acompañamientos, se ha promovido una mirada más empática y responsable hacia los perros de manejo especial”, explica.
No obstante, reconoce que los estigmas persisten y que el cambio cultural requiere continuidad y trabajo desde la educación ciudadana. “Hoy se nota un avance, no el cambio definitivo que buscamos, pero sí un paso importante hacia la transformación”, añade.
Entre los mitos más arraigados, Idrobo destaca la creencia de que estas razas son inherentemente agresivas o impredecibles, o que no pueden convivir con otros animales o con niños. “La agresividad no es un rasgo de raza, sino una respuesta a factores como el maltrato, la falta de cuidados, el aislamiento o la ausencia de socialización”, explica. Estos prejuicios, adviert, afectan las posibilidades de adopción y permanencia responsable de muchos de estos animales en los hogares bogotanos.
La funcionaria enfatiza que la crianza y el entorno son determinantes. Un perro criado en un ambiente estable, con afecto, rutinas y educación, desarrolla conductas equilibradas y seguras, sin importar su raza. “La tenencia responsable y la educación del tutor son la verdadera clave del comportamiento canino”, señala. En esa línea, recomienda establecer pautas claras de convivencia, socialización y responsabilidad frente al cumplimiento de la normatividad, recordando que los cuidadores deben asumir la totalidad de las obligaciones derivadas de tener uno de estos ejemplares.
Para promover esta conciencia, el IDPYBA implementa la estrategia de sensibilización, educación y formación, cuyo objetivo es generar una cultura de respeto, protección y buen trato hacia todos los animales. En este marco se desarrollan campañas como “Mi perro, mi reflejo”, lanzada en 2022, que promueve la tenencia responsable y la convivencia armónica con los perros de manejo especial. También se acompañan espacios de movilización ciudadana, como la caminata de los “Potencialmente Amorosos”, liderada junto a fundaciones y colectivos, con el fin de sensibilizar a la comunidad y demostrar que estos animales no son peligrosos, sino enérgicos, sociables y nobles.
Para Idrobo, el papel de los tutores es fundamental en el cambio de percepción. Su ejemplo cotidiano, al cumplir las normas y socializar adecuadamente a sus perros, demuestra que la convivencia es posible. “No hay perros peligrosos con cuidadores responsables y amorosos”, afirma. La sensibilización, dice, convierte a los ciudadanos informados en multiplicadores del mensaje, capaces de inspirar a otros y construir una ciudad más empática con todos los animales.
Finalmente, subraya que los cambios necesarios deben darse tanto en el ámbito normativo como en la cultura ciudadana. La Ley 2054 de 2020 reemplazó oficialmente el término “perros potencialmente peligrosos” por “perros de manejo especial”, un avance que busca eliminar el lenguaje estigmatizante y promover la inclusión. Para el IDPYBA, este cambio en las palabras es también un cambio de paradigma.
Un testimonio que refleja esta transformación es el de Joan Hernández, adoptante de un Pib, un can que pertenecía al programa. “Ha sido una experiencia enriquecedora. Es un perro fiel y amoroso desde el primer día. En realidad son animales tiernos y nobles. Todo depende de cómo los criemos”, comenta.
Más allá de la raza: el comportamiento canino
El médico veterinario Carlos Cifuentes, del Pet Food Institute, coincide en que el entorno y la educación son determinantes. Para él, un perro de manejo especial no se define por su raza o apariencia, sino por factores como la fuerza física, la potencia de la mordida y el tamaño, que aumentan el riesgo en caso de una agresión. “El problema no es la raza, sino el comportamiento individual y la responsabilidad del tutor”, resume.
Cifuentes explica que la etiqueta de “peligroso” se aplica por precaución, no por naturaleza. Razas como el pitbull o el rottweiler proyectan una imagen de fuerza que alimenta el miedo, pero no existen diferencias universales de temperamento con otros perros. Todos pueden ser equilibrados y afectuosos si crecen en entornos estables y reciben socialización adecuada.
Incluso razas pequeñas, como el chihuahua o el pinscher, pueden mostrar reactividad intensa, aunque con consecuencias menores. Por eso la regulación se centra en la capacidad de daño, no en la maldad. “No hay perros malos, hay manejos inadecuados.”
La clave, dice el veterinario, está en la socialización temprana, entre los dos y cuatro meses de edad, y en el acompañamiento de un etólogo. Durante ese periodo, los cachorros aprenden a relacionarse, reconocer límites y gestionar estímulos. Un ambiente seguro y afectuoso puede transformar incluso al perro más temido en un compañero confiable.
Hacerle frente al miedo
En los barrios de Soacha, donde las peleas de perros eran comunes y el miedo dictaba su destino, Mónica Parra decidió hacer lo contrario: abrir la puerta de su casa. Así nació Pitbulls de Corazón, un proyecto social que lleva casi una década rescatando y rehabilitando perros de manejo especial. Su motivación no fue un plan, sino una necesidad humana: cuidar lo que todos señalaban como peligroso.
Adoptar uno de estos perros, cuenta Mónica, es un acto de amor que exige preparación y conciencia. No basta con la compasión del momento. La adopción responsable requiere tiempo, recursos y una mente abierta para enfrentar el peso del estigma. “Un pitbull puede ser el perro más noble del mundo, pero solo por su apariencia ya tiene la vida más difícil”, afirma.
Más allá de rescatar, Pitbulls de Corazón busca sensibilizar. Parra insiste en que no se puede educar a quien no ha sido tocado por la empatía. La sensibilización, explica, es el primer paso para transformar la percepción pública: conectar con la emoción antes que con el prejuicio. A través de charlas, talleres y campañas, invita a las personas a mirar distinto, a pasar del miedo a la compasión y de la compasión a la acción.
Cambiar la mirada sobre las llamadas razas de manejo especial no solo implica desmontar mitos, sino asumir una responsabilidad colectiva frente al bienestar animal. Las historias de perros como Pib o los esfuerzos de proyectos como Pitbulls de Corazón demuestran que la educación y la empatía pueden revertir años de estigmas.
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