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En los cerros orientales de Bogotá, la vegetación nativa se funde con las instalaciones del Politécnico Grancolombiano, una universidad que ha logrado construir una relación armónica con su entorno natural. En su campus principal conviven estudiantes, colibríes, abejas, ardillas y perros del vecindario, que allí encuentran alimento, refugio y protección.
Rodeado de naturaleza y en contacto con comunidades como Bosque Calderón y El Castillo, el campus refleja una preocupación cada vez más presente en el ámbito universitario: cómo las instituciones de educación superior pueden asumir un papel activo frente a la pérdida de biodiversidad y la necesidad de promover una cultura de respeto hacia los animales.
La protección animal como valor universitario
De acuerdo con Jaime Sarmiento, secretario general del Politécnico Grancolombiano, desde hace más de quince años la institución ha emprendido acciones para restaurar la vegetación de su campus principal. El resultado es un entorno con hábitats locales, vegetación nativa y fauna que ha regresado para convivir con la comunidad universitaria.
La estrategia de la institución combina restauración ecológica, participación comunitaria y formación académica. “Tenemos aves, colibríes, abejas polinizadoras, ardillas, zorrillos y búhos. Nuestra preocupación es conservar el hábitat de los Cerros Orientales, que es nuestro lugar de influencia”, explica Sarmiento.
El campus, ubicado junto al barrio Bosque Calderón, convive con una comunidad que enfrenta dificultades socioeconómicas derivadas de su origen como asentamiento informal. En este contexto, las condiciones de los animales de compañía del sector suelen ser precarias. “Muchas personas no cuentan con los recursos para garantizar una tenencia responsable: vacunación, esterilización, desparasitación o atención médica”, señala el funcionario.
Por esta razón, en los alrededores del campus es común ver perros deambulantes, animales que tienen tutores en el barrio, pero circulan libremente por las calles. Con el tiempo, varios de ellos comenzaron a acercarse al campus, donde han encontrado alimento y un entorno más seguro.
Cuando la universidad identificó esta situación, decidió actuar de manera concreta. “Hemos adecuado el campus para que los animales tengan comida y bebida. Además, hemos trabajado con los residentes del sector para vacunarlos, esterilizarlos y garantizar que sean seguros tanto para los estudiantes como para los habitantes del barrio”, explica Sarmiento.
Aunque muchos de estos perros pasan gran parte del tiempo en las instalaciones universitarias, el Politécnico no puede adoptarlos formalmente, pues tienen tutores identificados. Sin embargo, la institución mantiene un trabajo conjunto con el Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal (IDPYBA) para asegurar su bienestar. “La idea es brindarles el máximo cuidado posible”, afirma Sarmiento.
Algunos de los animales suelen permanecer cerca de la entrada de la universidad o acompañar a los estudiantes en los espacios abiertos. “Muchos juegan con pelotas de tenis o simplemente buscan el cariño de los estudiantes, que ya los reconocen y los cuidan”, comenta Elena Jiménez, profesional de Responsabilidad Social del Poli.

Además, como parte de su estrategia de protección animal, la universidad realiza desde hace cinco años consecutivos jornadas de vacunación en coordinación con los vecinos y el IDPYBA. En estas brigadas, profesionales veterinarios atienden a los animales del sector, realizan revisiones médicas básicas y ofrecen orientación a la comunidad sobre tenencia responsable y bienestar animal.
Estas acciones prácticas se complementan con procesos formativos. En la Escuela de Derecho, por ejemplo, los estudiantes estudian la evolución de la legislación colombiana en materia de protección animal, incluida la Ley Ángel, recientemente promulgada. “Capacitamos a los estudiantes en la nueva normativa y buscamos que no se queden solo en la teoría. Para nosotros, hacer país también es demostrar con hechos la protección del medioambiente”, enfatiza Sarmiento.
Una comunidad que adopta y educa
Desde el área de Huella Grancolombiana, que coordina los programas de responsabilidad social, Elena Jiménez ha visto cómo la preocupación por los animales se ha transformado en cultura universitaria. “La compañía de los perritos del campus es algo que nos toca bastante”, cuenta.
Desde hace cuatro años, esta dependencia organiza jornadas de adopción que ya completan cinco ediciones. “Siempre ha habido adopciones, nunca nos hemos ido en blanco. Entre 12 y 14 animales, entre gatitos y perritos, han sido adoptados por estudiantes y administrativos”, comenta Jiménez.
Las jornadas, desarrolladas junto con el área ambiental y el IDPYBA, han servido también para hablar de responsabilidad y convivencia. “Ellos nos orientan sobre las condiciones necesarias para garantizar el bienestar de los animales y el desarrollo adecuado de cada jornada”, explica.
Además, se han creado diplomados de voluntariado en los que los estudiantes aprenden sobre el cuidado de los animales de compañía y participan activamente en refugios. “Pasaban de un voluntariado académico a uno práctico, interactuando directamente con los perritos y gaticos”, recuerda Jiménez.
Estas experiencias buscan algo más que el rescate individual, apuntan a la formación de ciudadanos empáticos. “Queremos que en el corazón de los estudiantes quede la idea de que no solo venimos a aprender números y teorías, sino a crear seres sensibles con cualquier forma de vida”, reflexiona Jiménez.

Nuevas formas de convivencia en las universidades
La protección animal también se refleja en las políticas internas de la institución. El Politécnico cuenta con protocolos específicos para permitir el ingreso de animales de servicio o apoyo emocional, garantizando condiciones adecuadas tanto para las personas como para los animales. Además, desde hace años esta institución decidió no emplear perros de vigilancia en sus equipos de seguridad.
“Para nosotros, la protección animal también implica actuar de manera coherente. Por eso, nuestros vigilantes no tienen animales de vigilancia desde hace mucho tiempo”, aclara Sarmiento.
Estas medidas, aunque parecen simples, representan un cambio significativo frente a modelos tradicionales que normalizaban el uso instrumental de los animales en entornos humanos. Hoy, cada vez más universidades del país comienzan a revisar sus propias prácticas, impulsadas por la sensibilidad social hacia el bienestar animal y por el marco legal que lo respalda.

El papel de las universidades en la protección animal
Las instituciones de educación superior se encuentran en una posición privilegiada para promover cambios culturales en torno al trato hacia los animales. No solo forman profesionales, sino también ciudadanos con capacidad crítica y compromiso social.
“Las universidades son laboratorios de convivencia. Si desde aquí enseñamos empatía y respeto por la vida, estamos influyendo en la manera como se construye sociedad”, explica Jiménez.
El caso del Politécnico Grancolombiano ilustra cómo estos valores pueden traducirse en políticas sostenidas, proyectos de extensión y participación comunitaria.
En un contexto donde las ciudades crecen sobre los hábitats naturales, la educación ambiental no puede limitarse a campañas ocasionales. Requiere de continuidad, coherencia, participación comunitaria y convicción por proteger la vida en cualquiera de sus formas.
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