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“Perra vida”: la serie que revela lo que los perros callan sobre Colombia

Estrenada el 21 de julio por Canal Trece y próximamente en canales regionales del país, Perra vida es una serie documental que recorre Colombia desde una mirada inusual: la de los perros. Tres capítulos que revelan cómo estos testigos silenciosos han acompañado la desigualdad, el conflicto y la vida cotidiana.

26 de julio de 2025 - 01:00 p. m.
En Pandi, Cundinamarca, Mateo acompaña a su dueño a diario. Su historia, una de muchas que explora Perra Vida, muestra cómo los perros también son testigos de lo que somos.
Foto: Mnesia Films
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En Colombia, cuando la vida aprieta, no falta quien suelte un “qué perra vida”. Se dice al pasar, a veces con fastidio o resignación, cuando el día se desmorona, o cuando el trabajo, el cuerpo o el amor ya no alcanzan. Pero ¿y si vivir como un perro no fuera tan malo? ¿Y si los perros, en lugar de símbolo de lo precario, fueran testigos de algo que los humanos no alcanzamos a mirar? Esa fue la pregunta, incómoda e irónica, que lanzó Perra vida, una serie documental de tres capítulos que se estrenó el pasado 21 de julio por Canal Trece y que próximamente será emitida en distintos canales regionales del país.

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No nació en una sala de juntas ni por encargo institucional. Su origen está en una idea que Carlos Mejía Walker venía rumiando desde hace años: los perros son testigos invisibles de la historia colombiana. Esa noción fue madurando poco a poco, alimentada por las conversaciones que sostenía en su trabajo en derechos humanos, donde se repetían una y otra vez los mismos relatos gastados, las mismas versiones oficiales, mientras tantas otras vidas, humanas y animales, quedaban fuera del encuadre.

Carlos tuvo la idea original y se la compartió a Cesar Romero, quien empezó a seguirle la pista desde su rol de investigador. La pregunta inicial era sencilla: si uno mira con atención a un perro en cualquier territorio colombiano, ¿qué puede entender de ese lugar? ¿Qué revela ese animal sobre el entorno que habita?

“La figura del perro apareció como una clave”, recuerda Mejía. “Porque es un ser que está ahí, que observa, que acompaña. No necesita hablar para contar una historia”.

A partir de ahí comenzó un proceso largo, intuitivo y obstinado. Durante dos años, Carlos y Harold investigaron, escribieron y recorrieron el país con la cámara al hombro. Al equipo se sumaron el director César Romero y el productor Andrés Orozco, con quienes terminaron de dar forma a la serie. El proyecto se realizó gracias al incentivo audiovisual Abre Cámara, del Ministerio TIC.

Tres capítulos, tres territorios

El resultado fue una serie de media hora por capítulo, construida con la delicadeza de quien sabe que está entrando a una casa ajena. No es un documental de corte clásico, es otra cosa: un ejercicio de escucha, de observación al ras del suelo. Una serie filmada no desde la voz del experto, sino desde la mirada que acompaña.

En Perra vida los protagonistas no son perros de concurso, ni mascotas de celebridad. Son perros que caminan por calles sin nombre, que huelen la guerra, que cruzan el país con sus humanos a cuestas. En tres episodios, la serie toca temas que han marcado la historia de Colombia: la desigualdad social, el conflicto armado y la vida en los territorios rurales.

El primer capítulo se adentra en la pregunta por la clase. ¿Qué significa ser un perro de estrato seis? ¿Qué cambia cuando se vive en una torre con guardería canina, piscina y cuarto propio? ¿Y qué pasa cuando la vida se hace debajo de un camión, entre huesos secos y madrugadas sin comida?

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Milhoja es la primera protagonista. Una perrita mestiza nacida en Villa de Leyva, hija de una dálmata “de sociedad” y un perro callejero. Hoy vive en un exclusivo barrio del norte de Bogotá y su vida se parece a la de cualquier niño privilegiado: tiene un perfil de Instagram, paseos regulares, pañuelos bordados. A pocas cuadras de allí, Don Pablo y El Mono, su perro compañero, recorren la ciudad sobre una moto adaptada para el reciclaje. Se conocieron en medio de una borrachera y desde entonces no se separan. Comparten comida, cama, calle, afecto. En esa distancia, entre Milhoja y El Mono, se ve la imagen precisa del país.

El segundo capítulo se adentra en el departamento de Caqueta, en un Espacio Territorial de Reincorporación, donde antiguos combatientes de las FARC construyen una nueva vida. Allí viven también los perros que los acompañaron en la guerra. Algunos se formaron en campamentos, otros simplemente llegaron y se quedaron. Entre ellos está Taison, un perro que fue parte del Bloque Sur y que, tras la firma del acuerdo de paz en 2016, siguió junto a Yolima, su humana, en el poblado de Agua Bonita, Caquetá.

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En medio del rodaje, Taison murió atropellado. Ese fue uno de los momentos más duros de todo el proceso de grabación. Andrés Orozco, el productor, lo recuerda con un nudo en la garganta: “Taison era un símbolo. Su historia resume el país. Sobrevivió a la guerra, pero lo mató la paz”.

El tercer capítulo se traslada al Caribe, a lugares donde la vida transcurre entre sol, sal y promesa. Uno de esos escenarios es Santa Cruz del Islote, una isla de coral de apenas una hectárea donde viven cerca de 1.200 personas y 45 perros. Allí habita Venus Aurora, una perra inquieta, libre, observadora. Pertenece a Glei, una joven del islote. Cada día, Venus recorre los pasillos de cemento como si rastreara algo invisible. Se sube a las lanchas, ladra a los turistas, explora la orilla como quien intuye que en alguna parte hay un mundo más amplio. Para ella, como para muchos en el islote, el mundo termina en el horizonte, pero también empieza allí.

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Contar sin explicar

Lo que hace especial a Perra vida no son solo sus historias, es su forma de contarlas. La serie rehúye de las fórmulas del documental tradicional: la cámara se queda, observa y respira. Las escenas más potentes son las que no dicen nada: una mano que acaricia, una mirada sostenida, una sombra que se cuela al fondo. “No queríamos explicar”, dice Mejía, su creador.

Y esa decisión lo cambia todo. La serie no grita, pero cala. No muestra el drama, pero lo deja asomar. Apuesta por una narrativa que acompaña, como el perro: sin juicio, sin apuro, sin necesidad de decirlo todo. Cada episodio termina con una pregunta sencilla, pero que sigue rondando después de apagar la pantalla: ¿qué historia contaría su perro si pudiera hablar?

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Y no se trata solo de los perros protagonistas. Se trata del que vive con usted. El que lo acompaña a todas partes. El que duerme a los pies de la cama, cuida la tienda o ladra al repartidor. ¿Qué ha visto? ¿Qué ha callado? Para Carlos Mejía, esa es la pregunta que sostiene todo el proyecto: “uno dice ‘qué perra vida’ como quien se queja. Pero al mirar con calma, lo que uno encuentra es otra cosa. Lo que hay en esos perros, en su constancia, en su silencio, en su afecto, es una forma de humanidad que tal vez nos hace falta”.

Perra vida no busca moralejas. No quiere corregir a nadie. Solo invita a mirar de otra manera. A escuchar distinto. A entender que, a veces, la historia del país no se cuenta en los discursos, sino en los pasos callados de aquel que sigue caminando, aunque nadie le haya dicho a dónde. Y basta detenerse un momento para ver que, en cada ladrido, hay una historia que nadie más se atrevió a contar.

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Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador. malvarez@elespectador.com
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