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Suena muy poético, pero ese fue un verdadero iter criminis (el camino del crimen) por el que fue llevado a su muerte heroica monseñor Jesús Emilio Jaramillo, obispo de Arauca. Este horroroso asesinato estuvo a cargo del Eln y ocurrió en 1989, habiendo sido su víctima elevada a los altares en categoría de beato por el papa Francisco en el año 2017, junto con el mártir de Armero, el sacerdote Pedro María Ramírez, masacrado en su curato por turbas enardecidas con ocasión del asesinato de Gaitán en Bogotá.
Perdón y olvido. Suenan campanas para la amnistía y el perdón; hay que irlos perdonando a todos. Más tarde este glorioso país los irá nombrando senadores por asignación de ley; asesinos de marca mayor lo fueron, les quedará el estigma en su memoria patológica, en sus pesadillas o cuando estén limpiando sus armas (“Para nosotros, dios es esto”, le dijo el fusilero al acompañante religioso del prelado Jaramillo, señalando su fusil).
La justicia es injusta (“summum ius, summa iniuria”, dicho para que lo entienda Justiniano). Se estudia el derecho, se aprenden sus causas y razones, también sus excepciones, y llega el momento en que altos intereses sociales y un ideario político justifican destruirlo todo, comenzando por las leyes y sus símbolos. Ya se puede haber matado y cuánto mejor sería olvidarlo; celebraciones sacras se llevan a cabo en fechas luctuosas si los responsables se han revestido de gloria.
Las historias siempre están manchadas y cada país se acoge a la suya sin remedio y la hace respetar, porque si no, cuál sería la identidad de los pueblos. Los himnos describen triunfos en batalla, masacres.
La Paz Total —así, con mayúsculas— ambiciona reunir a los que han roto leyes por interés político y quienes han delinquido con fines egoístas o ajenos o por casualidad. Ellos naturalmente no se dejan mezclar.
¿Hasta qué punto puede un Estado perdonar a quien ha cometido fechorías como el crimen en la persona de Álvaro Gómez o el asesinato con suplicio de monseñor Jaramillo o el de igual profanación en la inmaculada figura de monseñor Isaías Duarte Cancino?
Se diría que perdonar, sí. ¿Siete veces? No, “setenta veces siete”, en la palabra de Dios. Lo que a muchos no les parece es que ocupen los puestos de mando de la república, victimizada en sus instituciones.
Y en estos pensamientos sobre la violencia, lo injusto, las cárceles atestadas con hacinamientos inhumanos, hay que mirar la comparación entre criminales, si se justifica que delitos de guerra o de lesa humanidad sean tema de beneficios que no tienen los de gente privada de libertad por causas menores. A rebajas descomunales ha de corresponder un jubileo generoso para estos últimos que compense, así nunca iguale, la absolución que otorgan organismos como la Jurisdicción Especial de Paz (JEP).
