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Una consecuencia creciente del esfuerzo del presidente Gustavo Petro para que Colombia abandone los combustibles fósiles es palpable en un extenso complejo de importación de gas natural en la costa del país.
Allí, en el mar Caribe, cerca de Cartagena, atracan cada vez más buques cisterna del largo de tres campos de fútbol para descargar gas licuado. Colombia necesita las importaciones porque sus propias reservas están disminuyendo a medida que Petro se niega a otorgar nuevos contratos de perforación.
Sin embargo, licuar y transportar el combustible desde Estados Unidos u otros lugares requiere una enorme cantidad de energía, genera emisiones y es peor para el calentamiento global que el gas que Colombia bombea en su territorio. Los críticos afirman que la férrea insistencia de Petro en eliminar la producción local de combustibles fósiles —incluso si eso significa depender de las importaciones— está socavando sus propios objetivos ambientales que lo han convertido en líder mundial en la lucha contra el cambio climático.
“Colombia le está dando una lección al mundo de lo que no se debe hacer en materia de transición energética”, dijo en una entrevista Camilo Prieto, profesor de cambio climático y salud pública en la Universidad Javeriana de Bogotá.
Funcionarios del gobierno de Petro niegan que Colombia se enfrente a un déficit de gas y restan importancia a la necesidad de importar, incluso mientras llegan cargamentos de GNL.
En una entrevista, el ministro de Minas y Energía, Andrés Camacho, dijo que el país tiene soluciones a corto plazo para garantizar que los hogares y las empresas tengan suficiente combustible y, a largo plazo, tiene planes ambiciosos de energía solar y eólica para alejar a la economía de los combustibles fósiles. “La transición energética en nuestro caso está orientada a la descarbonización de la economía”, afirmó Camacho. “Lo que estamos buscando es superar esa dependencia”.
El GNL que llega a Colombia recuerda que el paso de los combustibles fósiles a las energías limpias es complicado. Los países han tardado más de un siglo en desarrollar sistemas energéticos y no es fácil adaptarlos para que funcionen sin petróleo ni gas.
California, por ejemplo, ha tenido que hacer un gran esfuerzo para conservar energía y ha autorizado a las empresas eléctricas a encender generadores diésel cuando la demanda de electricidad se dispara porque el Estado ha cerrado muchas centrales de gas. Y en Europa, los precios de la electricidad se han disparado y los países han tenido que recurrir a plantas que operan con petróleo o a generadores de gas ineficientes cuando disminuyen los vientos del mar del Norte, lo que reduce la producción de los parques eólicos.
Colombia, el séptimo mayor productor de gas de América Latina, ha bombeado históricamente suficiente gas para satisfacer sus propias necesidades, gracias a los abundantes yacimientos de la cuenca de los Llanos, en las llanuras del noreste del país, y de la cuenca de la Guajira, en la costa norte. Alrededor de 70 % de los hogares utilizan gas para cocinar, y el combustible suministra aproximadamente el 20 % de la electricidad del país.
Sin embargo, las reservas han ido en disminución en la última década. Colombia ya se enfrentaba a una escasez inminente cuando Petro, el primer líder de izquierda del país, fue elegido en 2022.
En lugar de promover el hallazgo de nuevas fuentes de gas, el presidente bloqueó nuevas licencias para explorar pozos. Petro, que ha calificado la lucha contra el cambio climático de “cuestión de vida o muerte”, también acabó con dos proyectos piloto que la empresa estatal de petróleo y gas de Colombia tenía en marcha con Exxon Mobil para extraer gas mediante fracturación hidráulica, o fracking. Estos proyectos podrían haber ayudado a poner en marcha nuevas fuentes de gas lo suficientemente rápido como para evitar un déficit.
Luego, a finales de 2023, en una conferencia de las Naciones Unidas sobre el clima celebrada en Dubái, Petro anunció que Colombia se uniría a un pequeño grupo de países que se comprometían a dejar de usar combustibles fósiles. Este anuncio lo situó en el punto de mira del movimiento ecologista mundial y lo convirtió en una figura clave de la campaña para abandonar el uso de petróleo y gas.
Hasta entonces, los países que habían apoyado el “Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles” eran en su mayoría pequeñas naciones insulares. Colombia no solo fue el país más grande en sumarse en términos del tamaño de su economía, sino que también fue el que asumió los mayores riesgos.
El petróleo y el carbón representan aproximadamente la mitad de las exportaciones de Colombia. Prescindir de esos ingresos requerirá un cambio titánico en la economía del país. La voluntad de hacerlo sitúa a Petro en una categoría propia entre los líderes mundiales del clima.
“El mundo está empezando a darse cuenta de que, si quieres decir que eres un líder climático, tienes que actuar realmente sobre la producción de combustibles fósiles”, dijo en una entrevista Alex Rafalowicz, director del Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles. “Por eso el presidente Petro está siendo recibido como un verdadero líder del cambio climático”.
En Colombia, sin embargo, ha aumentado la preocupación sobre cómo la estrategia de Petro está afectando el déficit de gas y si las costosas importaciones perjudicarán a la ya asediada economía colombiana.
La Bolsa Mercantil de Colombia calcula que la demanda de gas del país superará la producción nacional en 5 % este año y en 17 % en 2026.
Ángela Cadena, que dirigió la Unidad de Planeación Minero Energética entre 2012 y 2015, dijo que el gobierno está creando una crisis innecesaria que ha causado que fábricas y empresas enfrenten dificultades para conseguir suministros de gas. En una entrevista, dijo que es obtuso no explorar en Colombia.
Funcionarios de la empresa estatal Ecopetrol dicen que planean evitar la necesidad de importar GNL a través de medidas que incluyen la alimentación de las propias operaciones de la empresa con diésel en lugar de gas, con el objetivo de liberar combustible para los hogares y empresas. Los ecologistas y otros sectores critican este plan, señalando que el diésel emite más dióxido de carbono que el gas cuando se quema.
“Políticamente, no quieren mostrar que Colombia ha perdido su autosuficiencia”, dijo en una entrevista David Angel, cofundador de la consultora bogotana Energy Transitions. “Ese es el discurso, pero si uno va a mirar, ve que las decisiones implican una mayor huella de carbono, no una menor”.
Los cargamentos de GNL, mientras tanto, ya han empezado a llegar. Colombia importó un número récord de cargamentos el año pasado, con un total de más de 2 millones de toneladas métricas. Alrededor de 60 % de ese gas procedía de EE.UU. y el resto de una terminal de GNL en Trinidad y Tobago.
La mayor parte del GNL se ha destinado a termoeléctricas a gas, a las que Colombia recurrió ampliamente el año pasado cuando una sequía provocada por El Niño redujo la producción de las represas hidroeléctricas. En noviembre, llegó un cargamento para abastecer fábricas y hogares. En diciembre, llegó un segundo cargamento.
Y viene más GNL en camino. El importador colombiano Calamari LNG se prepara para empezar a negociar acuerdos de suministro a más largo plazo desde la costa estadounidense del golfo de México o Trinidad y Tobago.
Es posible que cada buque de GNL que atraque en las costas colombianas sea peor para el calentamiento global que el propio gas del país.
La cantidad de dióxido de carbono y metano asociada a cada molécula de gas varía según la región, dependiendo de cuánta energía se necesite para bombearlo, de si viaja a través de gasoductos con fugas y de otros factores. Un cargamento de GNL puede contener una mezcla de gas procedente de distintas cuencas.
El gas producido en Colombia genera aproximadamente la misma cantidad de emisiones que el gas de la cuenca estadounidense del Pérmico, según una estimación de Welligence Energy Analytics. Una segunda empresa de investigación, Enverus, llegó a la misma conclusión comparando las emisiones asociadas específicamente a Ecopetrol.
Pero licuar ese combustible desde EE.UU. —lo que requiere enfriarlo a -162 °C y luego transportarlo 3.000 kilómetros hasta Cartagena— tendría una huella de carbono 50 % mayor que el gas procedente de Colombia, según estimaciones de Welligence.
Prieto, el profesor de la Universidad Javeriana, dijo que si el presidente de Colombia quiere ayudar a su país a luchar contra el cambio climático, sería mejor que presionara para poner fin a la deforestación desenfrenada y a la expansión de la ganadería. La estrategia que está adoptando de centrarse en dejar los combustibles fósiles, dijo, es “absolutamente desacertada”.
Camacho rechazó la idea de que la decisión de Petro de detener las licencias para buscar nuevos pozos de gas tuviera algún impacto significativo en el suministro de combustible de la nación. Explorar pozos, dijo el ministro, no garantiza encontrarlos.
Colombia tiene pozos de gas en aguas profundas en el Caribe que fueron descubiertos bajo licencias expedidas antes de que Petro asumiera el cargo. Ecopetrol dice que uno de ellos tiene el potencial de triplicar las reservas del país. Camacho dijo que las autoridades están presionando para desarrollarlo lo antes posible. Pero no se espera que empiece a producir suministros significativos hasta por lo menos 2029.
Mientras tanto, el ministro de Energía sostiene que los nuevos parques solares y eólicos proporcionarán energía suficiente para evitar las importaciones de GNL. Sin embargo, para compensar el déficit de gas que Colombia afronta este año, su capacidad de generación solar debe duplicarse, según Javier Rico, analista de BloombergNEF. Es poco probable que eso ocurra hasta finales de 2028, según estimaciones de BNEF.
Para Camacho, el ritmo acelerado del cambio climático deja a Colombia pocas opciones. Estados Unidos y otras potencias mundiales se han permitido el lujo de construir sus economías con combustibles fósiles. Colombia, dijo, debe abrirse su propio camino.
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