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La magia del trastorno

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Quiero terminar de entender que soy consecuencia de un montón de células y organismos, sí, pero sobre todo de una infancia, unas influencias, el barrio, la escuela, los amigos, mis juegos, mis tristezas y mis alegrías, y soy más quien soy por una canción de Serrat que por la Biblia.

Quiero terminar de entender que mi gusto surgió de mis vivencias, y que mis características, buenas, malas, regulares o despreciables, son el resultado de palabras, lecturas, canciones, películas, la esquina, los vecinos, los buses y los transeúntes, los perros y los gatos, y una que otra conversación.

Soy producto más de la sociedad que de la soledad, y más de mis propias conclusiones que de los consejos milenarios de los portadores de la verdad. Soy más quien soy por mi imaginación que por la cruda realidad; más por mis locuras que por mi razón; más por mis derrotas que por mis pocos triunfos, y más, mucho más por las decisiones que tomé llevado por emociones que por las que no fui capaz de tomar. Busco momentos para luego recordarlos y me obsesiono por hacerlos perfectos, a sabiendas de que no existe la perfección, y de pronto, por ahí, una sencilla mirada me deja trastornado.

Es entonces cuando pienso que el amor es azar, mucho de imaginación, poco de realidad y mucho menos aún de esfuerzo, algo de fatalismo, pues termina por diluirse así hayan querido convencernos de que es eterno, un disfraz con mil caras y mil nombres, y una ilusión que, como los viajes, debería tener tiquete de ida y regreso, y luego del regreso, que quede el recuerdo y no lleguen la decepción y el dolor. Quiero terminar de entender que la magia y la seguridad no se llevan muy bien, pues la magia es incertidumbre, ilusión y riesgo, y la seguridad tiene mucho más que ver con la comodidad. Quiero entender, en fin, que las promesas que hice, y mis actos, fueron consecuencia de un estado especial, y que ese estado fue variando. Cambié o evolucioné, no importa el término. Cada minuto que viví fui un minuto más sabio, sí, como todos, pero, también, cada minuto que pasé fui un minuto más contradictorio.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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