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Quiero terminar de entender que soy consecuencia de un montón de células y organismos, sí, pero sobre todo de una infancia, unas influencias, el barrio, la escuela, los amigos, mis juegos, mis tristezas y mis alegrías, y soy más quien soy por una canción de Serrat que por la Biblia.
Quiero terminar de entender que mi gusto surgió de mis vivencias, y que mis características, buenas, malas, regulares o despreciables, son el resultado de palabras, lecturas, canciones, películas, la esquina, los vecinos, los buses y los transeúntes, los perros y los gatos, y una que otra conversación.
Soy producto más de la sociedad que de la soledad, y más de mis propias conclusiones que de los consejos milenarios de los portadores de la verdad. Soy más quien soy por mi imaginación que por la cruda realidad; más por mis locuras que por mi razón; más por mis derrotas que por mis pocos triunfos, y más, mucho más por las decisiones que tomé llevado por emociones que por las que no fui capaz de tomar. Busco momentos para luego recordarlos y me obsesiono por hacerlos perfectos, a sabiendas de que no existe la perfección, y de pronto, por ahí, una sencilla mirada me deja trastornado.
Es entonces cuando pienso que el amor es azar, mucho de imaginación, poco de realidad y mucho menos aún de esfuerzo, algo de fatalismo, pues termina por diluirse así hayan querido convencernos de que es eterno, un disfraz con mil caras y mil nombres, y una ilusión que, como los viajes, debería tener tiquete de ida y regreso, y luego del regreso, que quede el recuerdo y no lleguen la decepción y el dolor. Quiero terminar de entender que la magia y la seguridad no se llevan muy bien, pues la magia es incertidumbre, ilusión y riesgo, y la seguridad tiene mucho más que ver con la comodidad. Quiero entender, en fin, que las promesas que hice, y mis actos, fueron consecuencia de un estado especial, y que ese estado fue variando. Cambié o evolucioné, no importa el término. Cada minuto que viví fui un minuto más sabio, sí, como todos, pero, también, cada minuto que pasé fui un minuto más contradictorio.