García Márquez quería llegar a los 90 escribiendo poemas

Un día como hoy, pero en 1927, nacía en Aracataca (Magdalena) el nobel de Literatura y maestro del realismo mágico. Consideraba la poesía un “antídoto” contra la muerte. Recordamos tres de sus creaciones más desconocidas.

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Se sabe que Gabriel García Márquez le temía a la muerte y por eso prefería eludir el tema. Pero cuando terminaba emboscado en los temas de la vejez se imaginaba “cometiendo poemas”, ya no para que sus amigos y sus millones de lectores lo quisieran más, si no para no perder la memoria, sentirse vivo y dar gracias por el don de la palabra y, en especial, el milagro de la poesía, la madre de todos los géneros narrativos. (Lea: García Márquez desde las cenizas)

Hoy, cuando debía cumplir 90 años de edad, casi tres años después de su muerte, un buen homenaje es recordar al Gabo poeta, tal vez el más desconocido, aunque se haya declarado hijo descarriado de los versos en el discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 1982. Dijo en “La soledad de América Latina”: “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”. (Lea también: Vivir para olvidarla)

El porqué de su amor por la poética y la métrica tiene que ver con su obsesión por encontrar para cada ocasión creativa la palabra precisa. “A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos”.

No olvidemos que él mismo dijo que Cien años de soledad era el poema más largo que había escrito. Con autoridad y razón, invitó a la realeza sueca y al mundo literario “a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía”.

La clave para él a la hora de aprender de la poesía, además de leer a los buenos, era memorizarla para extraerle su más profundo significado y el mejor lugar para hacerlo es “sentado en el inodoro”. Recitaba apartes de El Quijote en todo declamatorio y seguía con sus poetas preferidos: Cuenta en su autobiografía Vivir para contarla: “Gané fama de poeta, primero por la facilidad con que me aprendía de memoria y recitaba a voz en cuello los poemas de clásicos y románticos españoles”. A sus compañeros les dedicaba sátiras en versos rimados y a los padres jesuitas el “Poema veinte” de Neruda. “Nunca tuve que forzar la memoria, pues los poemas y algunos trozos de buena prosa clásica se me quedaban grabados en tres o cuatro relecturas”.

Quien mejor estudió al García Márquez poeta es su biógrafo colombiano Dasso Saldívar, autor del Viaje a la semilla, por quien conocí los poemas que abajo se citan. Con estos poemas empieza, según él, “propiamente la historia literaria de Gabriel García Márquez, pues es donde empieza a aflorar su talento de escritor, narrador y fabulador”.

Recuerda que dos meses antes de que El Espectador le publicara su primer cuento, “La tercera resignación”, el joven cataquero insistía todavía en ser un poeta piedracielista, como lo demuestran los dos poemas, “Elegía a la Marisela” y “Poema desde un caracol”, (los primeros escritos que firmó con su nombre completo), que sus amigos y condiscípulos de Derecho, Luis Villar Borda y el futuro cura guerrillero Camilo Torres, le publicaron en “La Vida Universitaria”, suplemento cultural del diario La Razón. Esto escribía Gabo en verso, antes de ser periodista, novelista y cuentista:

Elegía a la Marisela  (Geografía celeste) Por Gabriel García Márquez

          No ha muerto. Ha iniciado

         un viaje atardecido.

         De azul en azul claro

         -de cielo en cielo- ha ido

         por la senda del sueño

         con su arcángel de lino.

         A las tres de la tarde

         hallará a San Isidro

         con sus dos bueyes mansos

         arando el cielo límpido

         para sembrar luceros

         y estrellas en racimos.

         -Señor, ¿cuál es la senda

         para ir al paraíso?

         -Sube por la Vía Latea,

         ruta de leche y lirio,

         la menor de las Osas

         te enseñará el camino.

         Cuando sean las cuatro

         la Virgen con el Niño

         saldrá a ver los astros

         que en su infancia de siglos

         juegan la Rueda Rueda

         en un bosque de trinos.

         Y a las seis de la tarde

         el ángel de servicio

         saldrá a colgar la luna

         de un clavo vespertino.

         Será tarde. Si acaso

         no te han guardado sitio,

         dile a Gabriel Arcángel

         que te preste su nido

         que está en el más frondoso

         árbol de paraíso.

         Murió la Marisela,

         pero aún queda un lino.

LA RAZON, La Vida Universitaria, Bogotá, 1° de julio de 1947

Poema desde un caracol Por Gabriel García Márquez

Yo he visto el mar. Pero no era

el mar retórico con mástiles

y marineros amarrados

a una leyenda de cantares.

Ni el verde mar cosmopolita

-mar de Babel- de las ciudades,

que nunca tuvo unas ventanas

para el lucero de la tarde.

Ni el mar de Ulises que tenía

siete sirenas musicales

cual siete islas rodeadas

de música por todas partes.

Ni el mar inútil que regresa

con una carga de paisajes

para que siempre sea octubre

en el sueño de los alcatraces.

Ni el mar bohemio con  un puerto

y un marinero delirante

que perdiera su corazón

en una partida de naipes.

Ni el mar que rompe contra el muelle

una canción irremediable

que llega al pecho de los días

sin emoción, como un tatuaje.

Ni el mar puntual que siempre tiene

un puerto para cada viaje

donde el amor se vuelve vida

como en el vientre de una madre.

Que era mi mar el mar eterno,

mar de la infancia, inolvidable,

suspendido de nuestro sueño

como una paloma en el aire.

Era el mar de la geografía,

de los pequeños estudiantes,

que aprendíamos a navegar

en los mapas elementales.

El mar de los caracoles,

mar prisionero, mar distante,

que llevábamos en el bolsillo

como un juguete a todas partes.

El mar azul que nos miraba,

cuando era nuestra edad tan frágil

que se doblaba bajo el peso

de los castillos en el aire.     

Y era el mar del primer amor

en unos ojos otoñales.

Un día quise ver el mar

-mar de la infancia- y ya era tarde.

LA RAZON, La Vida Universitaria, Bogotá, 22 de julio de 1947

CANCIÓN Llueve en este poema

E. C.

         Llueve. La tarde es una

         Hoja de niebla. Llueve.

         La tarde está mojada

         De tu misma tristeza.

         A veces viene el aire

         Con su canción. A veces…

         Siento el alma apretada

         Contra tu voz ausente.

         Llueve. Y estoy pensando

         En ti. Y estoy soñando.

         Nadie vendrá esta tarde

         A mi dolor cerrado.

         Nadie. Sólo tu ausencia

         Que me duele en las horas.

         Mañana tu presencia

         Regresará en la rosa.

         Yo pienso –cae la lluvia-

         En tu mirada tierna.

         Niña como las frutas,

         Grata como una fiesta,

         Hoy está atardeciendo

         Tu nombre en mi poema.

         A veces viene el agua

         A mirar la ventana

         De cristales. El agua…

         Y tú no estás. A veces

         Te presiento cercana.

         Humildemente vuelve

         Tu despedida triste.

         Humildemente y todo

         Humilde: los jazmines,

         Los rosales del huerto.

         Y mi llanto en declive.

         Oh, corazón ausente:

         ¡Qué grande es ser humilde!

         Javier Garcés (Seudónimo de García Márquez)

         1944

         Diario El Tiempo, Bogotá, 31 de diciembre de 1944

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