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Se sabe que Gabriel García Márquez le temía a la muerte y por eso prefería eludir el tema. Pero cuando terminaba emboscado en los temas de la vejez se imaginaba “cometiendo poemas”, ya no para que sus amigos y sus millones de lectores lo quisieran más, si no para no perder la memoria, sentirse vivo y dar gracias por el don de la palabra y, en especial, el milagro de la poesía, la madre de todos los géneros narrativos. (Lea: García Márquez desde las cenizas)
Hoy, cuando debía cumplir 90 años de edad, casi tres años después de su muerte, un buen homenaje es recordar al Gabo poeta, tal vez el más desconocido, aunque se haya declarado hijo descarriado de los versos en el discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 1982. Dijo en “La soledad de América Latina”: “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”. (Lea también: Vivir para olvidarla)
El porqué de su amor por la poética y la métrica tiene que ver con su obsesión por encontrar para cada ocasión creativa la palabra precisa. “A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos”.
No olvidemos que él mismo dijo que Cien años de soledad era el poema más largo que había escrito. Con autoridad y razón, invitó a la realeza sueca y al mundo literario “a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía”.
La clave para él a la hora de aprender de la poesía, además de leer a los buenos, era memorizarla para extraerle su más profundo significado y el mejor lugar para hacerlo es “sentado en el inodoro”. Recitaba apartes de El Quijote en todo declamatorio y seguía con sus poetas preferidos: Cuenta en su autobiografía Vivir para contarla: “Gané fama de poeta, primero por la facilidad con que me aprendía de memoria y recitaba a voz en cuello los poemas de clásicos y románticos españoles”. A sus compañeros les dedicaba sátiras en versos rimados y a los padres jesuitas el “Poema veinte” de Neruda. “Nunca tuve que forzar la memoria, pues los poemas y algunos trozos de buena prosa clásica se me quedaban grabados en tres o cuatro relecturas”.
Quien mejor estudió al García Márquez poeta es su biógrafo colombiano Dasso Saldívar, autor del Viaje a la semilla, por quien conocí los poemas que abajo se citan. Con estos poemas empieza, según él, “propiamente la historia literaria de Gabriel García Márquez, pues es donde empieza a aflorar su talento de escritor, narrador y fabulador”.
Recuerda que dos meses antes de que El Espectador le publicara su primer cuento, “La tercera resignación”, el joven cataquero insistía todavía en ser un poeta piedracielista, como lo demuestran los dos poemas, “Elegía a la Marisela” y “Poema desde un caracol”, (los primeros escritos que firmó con su nombre completo), que sus amigos y condiscípulos de Derecho, Luis Villar Borda y el futuro cura guerrillero Camilo Torres, le publicaron en “La Vida Universitaria”, suplemento cultural del diario La Razón. Esto escribía Gabo en verso, antes de ser periodista, novelista y cuentista:
Elegía a la Marisela (Geografía celeste) Por Gabriel García Márquez
No ha muerto. Ha iniciado
un viaje atardecido.
De azul en azul claro
-de cielo en cielo- ha ido
por la senda del sueño
con su arcángel de lino.
A las tres de la tarde
hallará a San Isidro
con sus dos bueyes mansos
arando el cielo límpido
para sembrar luceros
y estrellas en racimos.
-Señor, ¿cuál es la senda
para ir al paraíso?
-Sube por la Vía Latea,
ruta de leche y lirio,
la menor de las Osas
te enseñará el camino.
Cuando sean las cuatro
la Virgen con el Niño
saldrá a ver los astros
que en su infancia de siglos
juegan la Rueda Rueda
en un bosque de trinos.
Y a las seis de la tarde
el ángel de servicio
saldrá a colgar la luna
de un clavo vespertino.
Será tarde. Si acaso
no te han guardado sitio,
dile a Gabriel Arcángel
que te preste su nido
que está en el más frondoso
árbol de paraíso.
Murió la Marisela,
pero aún queda un lino.
LA RAZON, La Vida Universitaria, Bogotá, 1° de julio de 1947
Poema desde un caracol Por Gabriel García Márquez
Yo he visto el mar. Pero no era
el mar retórico con mástiles
y marineros amarrados
a una leyenda de cantares.
Ni el verde mar cosmopolita
-mar de Babel- de las ciudades,
que nunca tuvo unas ventanas
para el lucero de la tarde.
Ni el mar de Ulises que tenía
siete sirenas musicales
cual siete islas rodeadas
de música por todas partes.
Ni el mar inútil que regresa
con una carga de paisajes
para que siempre sea octubre
en el sueño de los alcatraces.
Ni el mar bohemio con un puerto
y un marinero delirante
que perdiera su corazón
en una partida de naipes.
Ni el mar que rompe contra el muelle
una canción irremediable
que llega al pecho de los días
sin emoción, como un tatuaje.
Ni el mar puntual que siempre tiene
un puerto para cada viaje
donde el amor se vuelve vida
como en el vientre de una madre.
Que era mi mar el mar eterno,
mar de la infancia, inolvidable,
suspendido de nuestro sueño
como una paloma en el aire.
Era el mar de la geografía,
de los pequeños estudiantes,
que aprendíamos a navegar
en los mapas elementales.
El mar de los caracoles,
mar prisionero, mar distante,
que llevábamos en el bolsillo
como un juguete a todas partes.
El mar azul que nos miraba,
cuando era nuestra edad tan frágil
que se doblaba bajo el peso
de los castillos en el aire.
Y era el mar del primer amor
en unos ojos otoñales.
Un día quise ver el mar
-mar de la infancia- y ya era tarde.
LA RAZON, La Vida Universitaria, Bogotá, 22 de julio de 1947
CANCIÓN Llueve en este poema…
E. C.
Llueve. La tarde es una
Hoja de niebla. Llueve.
La tarde está mojada
De tu misma tristeza.
A veces viene el aire
Con su canción. A veces…
Siento el alma apretada
Contra tu voz ausente.
Llueve. Y estoy pensando
En ti. Y estoy soñando.
Nadie vendrá esta tarde
A mi dolor cerrado.
Nadie. Sólo tu ausencia
Que me duele en las horas.
Mañana tu presencia
Regresará en la rosa.
Yo pienso –cae la lluvia-
En tu mirada tierna.
Niña como las frutas,
Grata como una fiesta,
Hoy está atardeciendo
Tu nombre en mi poema.
A veces viene el agua
A mirar la ventana
De cristales. El agua…
Y tú no estás. A veces
Te presiento cercana.
Humildemente vuelve
Tu despedida triste.
Humildemente y todo
Humilde: los jazmines,
Los rosales del huerto.
Y mi llanto en declive.
Oh, corazón ausente:
¡Qué grande es ser humilde!
Javier Garcés (Seudónimo de García Márquez)
1944
Diario El Tiempo, Bogotá, 31 de diciembre de 1944