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Mariana Atehortúa sentía mucho miedo al montar un caballo. Mientras su padre Santiago se adentraba en las tupidas e inconfundibles montañas de Antioquia para hacer cabalgatas con sus amigos, ella se preguntaba qué era eso tan maravilloso que pasaba al lomo de un equino hasta que lo descubrió con Justify. Más que su binomio en las competencias ecuestres, es su amor a primera vista. “Binomio” es la manera en que se denomina la pareja conformada por un jinete y un caballo en este deporte.
“Nunca tuve la posibilidad de comprar un caballo. Todo empezó con las cabalgatas y un amigo de mi papá, Rubén Arroyave, que me comenzó a invitar a sus clases, y aunque siempre monté caballos prestados, eso nunca impidió que mi pasión por esto creciera”, recuerda Mariana. Nació hace 30 años en El Retiro, un pueblito cercano a Medellín, donde comenzó a germinar ese amor por los caballos, tanto que decidió abandonar a la mitad sus estudios para ser médica veterinaria de la Universidad de Antioquia y dedicar su vida de lleno a entrenar y enseñar adiestramiento.
“Cuando arranqué con el tema de las cabalgatas, era muy miedosa y me daba pavor montarme a un caballo, pero me gustaban tanto que el miedo nunca me impidió hacerlo. Creo que soy tan amante de esto que un día olvidé el miedo que sentía”, comenta Mariana. Andrea Vargas, otra jinete colombiana, le enseñó sabe adiestramiento, pasando por el salto, después la categoría Enduro (carreras de largas distancias) y finalmente emprendió su carrera en solitario en 2021, luego de pasar varias temporadas en Estados Unidos y México aprendiendo a montar.
Los triunfos no tardaron en llegar. Medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2023, medalla de bronce en los Juegos Nacionales de ese mismo año y medalla de plata por equipos y quinto puesto individual en los Juegos Bolivarianos de 2025. Pero todo esto no fue obra del destino, de la casualidad, ni siquiera únicamente de su trabajo, sino de la entrañable relación que sostiene con Justify, el caballo con el que ha ganado mucho más que una medalla.

Justify fue comprado por un alumno de Mariana, pero nunca había competido al nivel que lo hace con Mariana. Tenía un temperamento tan dominante que nadie había podido hacer binomio con él. ”Yo digo que él me estaba esperando a mí y yo lo estaba esperando a él porque es con quien he hecho todo este ciclo olímpico”. Mariana relata que en el nivel alto la mayoría de los corceles no son propiedad de quien los monta. Por eso explica por qué es tan importante tener una buena relación no solo con el animal, sino también con el dueño, pues es quien permite que la mitad de la pareja compita, se mantenga en forma y listo para salir al club hípico. “Ese caballo está loco, pero es lo mejor. Le encanta brillar y es supremamente talentoso”.
Cada vez que Mariana sale de la mano, o mejor dicho de la correa, con Justify a una competencia, se recuerda a sí misma por qué está ahí. En medio de los elegantes pasos de su pareja y su sonrisa antes de entrar en escena, piensa en lo afortunada que se siente y cómo cada momento al lado del caballo la hace sentir viva. “El triunfo más grande, más allá de las medallas, es ser la jinete que ese caballo necesitaba para poder brillar. Eso es lo que me reafirma que definitivamente esto es lo mío”. La mujer confiesa que antes de competir le dice al equino que lo ama y que es una estrella. A pesar de su carácter difícil y de que no se lleva bien con otros jinetes, Justify no cambia por nada del mundo a su pareja y Mariana tampoco.
Cada vez que se cuelga una medalla, agradece al caballo y a todas las personas detrás de él, comenzando por el propietario. “La parte técnica se puede enseñar y aprender, pero la sensibilidad de cómo tratarlo y entender sus propios momentos es muy difícil de instruir”. Mariana puede saber si le duele algo a Justify, si está incómodo o le pasa algo con tan solo mirarlo o tocarlo. Las palabras nunca han sido necesarias entre los dos para poder comprenderse. “Eso es lo bonito de esto”.
“Ese caballo y yo somos uno. Aunque todo fluyó desde el primer instante, hemos tenido nuestros momentos difíciles, pero nunca porque él haga lo que me decían que hacía, es decir, nunca ha sido mal intencionado, y por el contrario, conmigo es muy especial. Formar un binomio toma tiempo, pero yo no hice nada raro. Todo esto funcionó porque trabajamos, fuimos disciplinados y, por supuesto, nos entendimos muy bien porque esto es como las relaciones: cuando hay ‘feeling’, eso se nota y en este caso lo revelan los resultados”.
Aunque este binomio se prepara para los próximos Juegos Centroamericanos y del Caribe con la intención de colgarse el oro, no les queda mucho tiempo juntos. Justify tiene 17 años y este es su último ciclo olímpico. Mariana asegura que lo entiende, que este deporte es así y a estos animales les pasa el tiempo demasiado rápido. Afirma que ha sido un lustro maravilloso a su lado, pero, como todo en la vida, un día se tiene que terminar. Y aunque trata de ocultar su dolor, reconoce que no es fácil dejarlo ir y mucho menos después de tantos momentos en pareja. “Justify me cambió la vida. Mi carrera deportiva es una antes y otra después de él. El día que se retire voy a estar muy agradecida porque me dio mucho, y no hablo solo de medallas y triunfos”.
Esto va mucho más allá de los metales preciosos, las fotos de campeonatos o los trofeos. Es una relación profundamente emocional, que, según lo dicho por Mariana, poco o nada hubiera funcionado sin el amor a primera vista que ambos sintieron cuando se vieron. Un sentimiento que con los días, las sesiones de entrenamiento y hasta las lesiones se transformó en respeto y entendimiento por explorar quién era cada uno dentro de este sin igual binomio que cuadra perfecto.

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