
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Fue el griego Heráclito —respondiendo a la paradoja de Teseo, quien preguntó si un objeto sigue siendo el mismo cuando se le han reemplazado todas sus partes— quien dijo que “ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”. Luis Javier Suárez dice, precisamente, que hoy se siente diferente, que no es el mismo. Así lo explica: “Estoy en un punto de madurez distinto. Tal vez antes no estaba en el punto idóneo, pero ahora he encontrado la plenitud de confianza, de conocerme físicamente, de saber cuáles son mis fuertes, y lo estoy aprovechando al máximo”.
Suárez no se compadece de sí mismo ni de su origen. Su vida le enseñó, muy pronto, que para cumplir el anhelo ser futbolista, que ya albergaba siendo un niño de apenas seis años, necesitaba trabajo y ahínco. Lo recalca: tanto esfuerzo le forjó el carácter y, por ahí mismo, la conciencia. Hubo muchos sacrificios para llegar al punto en el que está hoy, de idilio en la selección de Colombia y un presente inmejorable en el Sporting de Lisboa. El goleador samario aprendió a los golpes que la madurez no se hereda: se hace.
El artillero del fútbol portugués, con seis dianas en la liga de ese país, vive con plena conciencia su tiempo presente. Su momento no es casualidad ni destino, es la consecuencia del trabajo sobre sus errores. Le pasó con su experiencia en la Tricolor: “Cuando me llegó la opción de debutar con la selección fue algo enorme para mí. Significaba estar con mis ídolos, los que crecí viendo clasificar a mundiales. Pero, siendo sincero, no aproveché esa oportunidad. No estaba preparado mentalmente para asumir la responsabilidad; tenía ganas, pero no la madurez. Hoy soy otro, con la cabeza más amoblada. Trabajé y sigo trabajando para tener la oportunidad. Y lo bonito es que se me está dando”.
Cuando me llegó la opción de debutar con la selección fue algo enorme para mí (…) Pero, siendo sincero, no aproveché esa oportunidad. No estaba preparado mentalmente para asumir la responsabilidad
Luis Javier Suárez
No lo construyó de la noche a la mañana. Y como lo sabe, va varios pasos adelante: “Jamás me puse un techo porque no sabía hasta dónde iba a llegar. Venía desde abajo, trabajé mucho, y eso me llevó a hacer la carrera que estoy haciendo. Es muy complicado y a veces parece que vives en una película. Cuando empiezas, no sabes a dónde vas a llegar ni cómo. Lo único que puedes hacer es seguir trabajando”.

Esa mentalidad lo sostiene hoy, cuando su sueño más grande —jugar un Mundial con Colombia— parece estar al alcance. Este sábado, a las 8:00 p.m. (Gol Caracol y ditu), contra México, la selección empieza a preparar la Copa del Mundo con el de Magdalena como una de las cartas a tener en cuenta.
El niño que salió de Santa Marta
En la cancha del barrio El Parque, al occidente de Santa Marta, Luis Javier Suárez pateó más de mil veces la pelota sobre la arena. Aprendió a caminar casi con el balón en los pies, guiado por su abuelo Víctor, que le inculcó el amor por el fútbol: “A mí me regañaban en el trabajo porque me iba con él a jugar fútbol a todas partes. En ese entonces ya me sentía orgulloso de él. Hoy, con 84 años, sigo orgulloso de mi nieto”.
El talento de Luis era evidente desde pequeño. Su abuela Elena lo recuerda y se enternece: “Como seis años tenía cuando empezó a vérsele el talento. Cuando jugaba intercolegiados, yo pedía permiso en el trabajo para ir a verlo. Apenas entraba y cogía la bola, la gente lo ovacionaba. Cuando hacía gol esa cancha se volvía un loquero”. La habilidad del adolescente en torneos nacionales llamó la atención en España, país desde el que lo tentaron y le ofrecieron la oportunidad que le cambiaría la vida.
En su escuela en Santa Marta, recuerda, tenía compañeros, como Gabriel Fuentes, que ya estaban saliendo a equipos para formarse como profesionales, mientras él fue de los últimos que quedaron. “No perdí la fe, seguí trabajando. Jugué torneo nacional, hice 26 o 27 goles, y antes de ser eliminados un entrenador me vio y me invitó a un torneo en Cali. Jugué cinco partidos, marqué tres goles y me consiguieron una prueba en Cruzeiro, en Brasil. Pasé las pruebas y estuve un mes, pero ahí el mismo profesor me ofreció venir a hacer pruebas a Europa”.
En el Viejo Continente gustó, pero tuvo que esperar a cumplir la mayoría de edad para ir detrás del sueño. “Estuve un año entre la sub-20 y la primera de Leones, y cuando cumplí los 18 me fui a Italia. Llegué a la Sampdoria, y luego, gracias a la gestión del profe, los veedores de Udinese me probaron. Jugué dos partidos y metí tres goles. Todo iba bien, pero por el tema de cupos de extracomunitario me prestaron un año y medio. Ahí, llegué a España, al juvenil del Granada y luego pasé al filial. Ahí me vio el Watford de Inglaterra, que en ese momento tenía relación con el Granada, y compró el 50 % de mi pase. Sin embargo, ahí no jugué. Fui cedido al Valladolid B, después al Nàstic de Tarragona, pasé al Zaragoza, volví al Granada y di el salto a primera. Mi carrera siempre ha sido desde abajo, muy luchada y trabajada”.
Salir de Santa Marta no fue sencillo. Vivió en residencias compartidas, sin mucho dinero y lejos de su familia. En el Granada B empezó a mostrar su valía: no era el más técnico, pero sí el más insistente. Peleaba cada balón, presionaba sin descanso y jugaba como si la vida se le fuera en ello. Su paso por el Valladolid B y el Nàstic fue una escuela de humildad: sueldos bajos, cesiones constantes y presión por rendir o que se acabara todo.
El gran salto llegó en la temporada 2019-2020 con el Real Zaragoza de segunda división. A los 22 años, Suárez se volvió un nombre conocido en España y una esperanza en Colombia. Su pase pertenecía al Watford inglés, que lo tenía como inversión, pero nunca lo hizo debutar. Fue entonces cuando llegó a Granada CF, su primera experiencia en primera antes de recaer en Olympique de Marsella, cuando el salto se convirtió en tropiezo. Jugó poco, marcó menos y se fue a los cuatro meses. “No estaba preparado psicológicamente para salir de mi zona de confort”, reconoce.
“Me pasó factura y regresé. Hoy, veo ese paso como algo positivo: si no hubiera vivido esos momentos difíciles, no sería el jugador que soy hoy”, agrega. Luego vino el Almería, donde volvió a brillar en la segunda española, y finalmente el Sporting de Lisboa, en Portugal, donde el delantero colombiano explotó todo su potencial.
El presente arrollador de Luis Suárez
El momento de Luis Javier Suárez es inmejorable. El samario atraviesa una etapa de plenitud que lo ha convertido, sin discusión, en el delantero colombiano más en forma del presente. Sus goles, su impacto en el Sporting y su creciente protagonismo en la selección lo ponen en la antesala de su consagración rumbo al Mundial de 2026. El Sindicato de Jugadores de la Liga de Portugal lo distinguió como el mejor futbolista de agosto y septiembre. En apenas dos meses convirtió seis goles en la liga y un tanto más en Champions. Siete goles en total que lo tienen entre los mejores artilleros de Europa.

En apenas meses, Suárez multiplicó su valor: pasó de valer 10 millones de euros a cotizarse en 22, según los portales especializados. A sus 27 años, parece haber alcanzado el punto de equilibrio entre madurez y ambición. “Hoy disfruto más el juego. Entendí que el fútbol no solo es correr o hacer goles, sino también disfrutar de lo que uno hace. Eso lo aprendí mucho de cuando estuve lesionado en Granada y sentí que podía perderlo todo”.
Hoy disfruto más el juego.
Luis Javier Suárez
Aquel episodio fue decisivo. “Pasé por una depresión de la que me tocó salir poco a poco, con trabajo, con psicólogos y con la gente de mi alrededor. Fue la primera vez que me pasó, no quería levantarme de la cama. Sin esa lesión quizá no habría tocado ese fondo, porque el día a día te lleva. Me sirvió para reencaminar mi capacidad mental”. Suárez no esquiva las sombras, las enfrenta. Y en ese proceso, ha aprendido a encontrar en el sufrimiento un punto de sabiduría, la madurez con la que define su presente. Unos años atrás, no le habría parecido posible. En Francia, en Marsella, se sintió fuera de lugar; en España, subvalorado; en Colombia, incomprendido, pero eso nunca lo frenó, sino que construyó al Luis Javier Suárez de hoy: el que sueña con el Mundial. El niño que un día dejó Santa Marta con una promesa a su abuelo —“jugar con la camiseta de la selección”— y hoy la cumple. Y sabe que, si la sabiduría llega con el sufrimiento, él ya ha sufrido bastante. Ahora, le toca disfrutar.

🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes?: Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El Espectador