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Arte contra el agravio

Decenas de grupos de teatro de la ciudad marcharon por la carrera séptima para decir que ‘amenazar a un artista es amenazarnos a todos’.

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El silencio los asusta. Les hace pensar que nada pasa, que nadie se está enterando de que algo grave está pasando con el arte. Por eso, el martes, decenas de grupos de teatro de toda Bogotá salieron a pintarse la cara y a gritar: “¿Quiénes somos? ¡Artistas! ¿Qué queremos? ¡Cultura! ¿Qué nos dan? ¡Amenazas!”. “Respondemos al agravio con un acto artístico. Por cada amenaza, una parranda de tambora, máscaras y zancos que nos blinde del miedo. Aquí lo que hay que vencer es sobre todo eso, el miedo”, dice Jorge Quesada, de Acto Gato, mientras camina por la carrera séptima con dirección a la Plaza de Bolívar en una comparsa que busca sentar un precedente: “En un país libre nadie tiene por qué callar el arte”.

Desde el jueves pasado los padres de familia del barrio El Socorro prefirieron no llevar sus niños a los talleres de formación que lidera Edwin Domínguez y muchas otras salas de teatro en Kennedy y Bosa han cancelado sus funciones. “Nos presentamos y ya no sabemos quién nos está vigilando. Luego tenemos que volver solos a la casa pensando en que algo nos va a pasar”, argumentaban hace unos días estudiantes de uno de los 11 grupos de teatro de diferentes localidades del sur de la ciudad que recibieron panfletos firmados por las ‘Águilas Negras’, en los que se les advertía que tenían una semana para dejar sus sedes. “La acusación de los violentos, la de ‘vamos a limpiar esta sociedad de todos los grupos que se las quieren dar de defensores de los derechos humanos a través del arte’, es como decir te acuso por promover la vida”, replica Diego Contreras, otro de los líderes de las sedes amenazadas.

“Su cometido ya está en parte cumplido”, replica el maestro de otro grupo de teatro, mientras intenta seguirles el ritmo frenético a sus estudiantes, todos reunidos en la marcha. “Ya nos hicieron el daño. Mañana, cuando la marcha se haya olvidado, ya no volveremos a la normalidad, nos han roto un hueso, la lesión del miedo nos quedó”, asegura.

Nadie entiende muy bien la naturaleza de la amenaza. Las temáticas de los montajes y los talleres de las salas amenazadas no son como solían ser antaño, temáticas partidarias o políticas, pero aun cuando los artistas de las tablas se escapen a empuñar las ideologías de uno u otro grupo, parecen seguir siendo molestos. “En los años 70 el arte estaba muy politizado, eso ya no sucede tanto, pero el artista sigue siendo incómodo, porque está comprometido con su tiempo, porque es un testigo que no se calla, y en una sociedad tan escindida como esta eso sigue siendo intolerable”, asegura por su parte la actriz Alejandra Borrero, quien con todo su grupo de Casa Ensamble y con muchas otras compañías de teatro de la ciudad cumplió la cita para demostrar que amenazar a un artista es amenazar a todos los artistas. “Aquí deberíamos estar todos muy consternados, hoy son los artistas, ¿mañana quién? Que nadie se sienta ajeno a lo que aquí pasa”.

Santiago Trujillo, director de Idartes (Instituto Central de las Artes), asegura que ellos, como institución cultural, y la Policía están haciendo todo lo posible para dar un acompañamiento a los grupos amenazados. “Necesitamos que estos proyectos, sobre todo en el sur de la ciudad, sigan marchando y sean posibles y perdurables, porque tienen un alto impacto en la comunidad”.

La marcha el martes estuvo llena de algarabía, maicena, confetis. No hubo gases ni papas bombas. Los grupos de teatro hicieron lo que diariamente hacen en sus pequeñas sedes de trabajo: cambiar un arma por un tambor.

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