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Barcelona estrenará museo en honor a la marihuana

Se trata del Museo del Cáñamo, filial del Hash, Marihuana & Hemp Museum de Ámsterdam.

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Mucho antes de abrir sus puertas (lo hará el 11 de mayo) ya se había creado una gran expectativa en la estrecha calle Ancha, junto al puerto de Barcelona. Gente joven de aspecto alternativo, chicas con tatuajes por todo el cuerpo, viejos rockeros con caras chaquetas de cuero, jóvenes de riguroso esmoquin negro y decenas de fotógrafos tras la aparición de Bernat Pellisa, el controvertido alcalde de Rasquera. En el restaurante de enfrente habían aprovechado para presentar un nuevo menú cannabiótico, en el que no faltaba un helado con sabor a marihuana. Y los comercios de los alrededores confiaban que esta nueva oferta de ocio les atraería la atención de los turistas. Y no era para menos. Se presentaba en sociedad el Museo del Cáñamo, filial del Hash, Marihuana & Hemp Museum de Ámsterdam fundado en 1985.

Su creador, el holandés Ben Dronkers, recibía a la prensa con un cigarrillo en la mano. Él es el fundador de Hemplax, una de las industrias más importantes de Europa en la producción y el procesado de cáñamo industrial. Fabrica desde material aislante para la construcción, fibras textiles o biocarbón, hasta un material muy resistente para paneles y puertas de coches, más baratas y ligeras que las confeccionadas con elementos convencionales (dicho así suena a feria biológica, pero Dronkers cuenta con clientes de prestigio como BMW, Mercedes Benz, Bentley, Jaguar o Bugatti). Según cuenta, este empresario está a favor de abrir un gran debate sobre todos los usos del cannabis, desde sus posibilidades industriales o terapéuticas, a su consumo con fines recreativos: «En Occidente tenemos muchos problemas de salud relacionados con el tabaco y el alcohol, y sin embargo son legales. Mientras que el cáñamo, cuyos efectos terapéuticos cada vez están más demostrados, sigue prohibido».

El museo está ubicado en un palacio renacentista, restaurado a principios del siglo XX en estilo modernista.
Tras su adquisición en 2002, ha tardado diez años en ser rehabilitado de nuevo por el arquitecto Jordi Romeu. Las vidrieras de vidrio emplomado y las cristaleras con grabados al ácido también son nuevas, con complicados diseños de hojas de marihuana. Tras la puerta se abre una insólita colección de objetos que transportan al visitante por diversos escenarios relacionados con el cáñamo. Enormes pipas tribales o materiales de la navegación antigua (velas, cabos, calzado), conviven con una espléndida colección de pintura flamenca del siglo XVII, donde aparecen escenas de fumadores y tabernas llenas de humo.

El cartel de Marijuana la droga infernal, la película de Edward Ludwing con John Wayne de protagonista, compite con la publicidad del film argentino Marihuana, de León Klimovsky. En un rincón, una antigua armadura samurái hecha de fibra de cannabis comparte espacio con grabados decimonónicos de árabes con sus narguiles. Y tras una sala de viejos medicamentos hechos con marihuana, hay un espacio dedicado al underground, en el que se mezclan dibujos de Picasso y los Freak Brothers o las estrafalarias películas de Cheech& Chong.

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