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«Colombia ha sido más valiente que España»

El conflicto colombiano forma parte de la exposición ‘Desaparecidos’, que esta semana se inauguró en Barcelona. Recorrimos la muestra de la mano de su autor, el laureado fotógrafo español Gervasio Sánchez.

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Tres mujeres caminan por el Valle de Barzán. A su alrededor sólo hay rocas y algunos arbustos huesudos. Van de negro: vestido largo y velo. Están de espaldas.

— Esta es una historia muy increíble —arranca el fotógrafo español Gervasio Sánchez—. Ocurrió en el Kurdistán iraquí, el 31 de julio de 1983. En una noche, en una sola noche, las tropas de Sadam Husein se llevaron a 8.000 varones, 550 niños entre ellos. Mucho después, al sur del país, aparecieron 600 cuerpos; fueron enterrados en el campo por donde caminan esas mujeres…

—¿Cuántos muertos?, perdón —interrumpe una de las periodistas.

—Ocho mil varones —repite el fotógrafo con una mueca amarga—. España, Estados Unidos, el mundo entero aún hacía tratos con ese hijo de puta de Sadam Husein; él, mientras tanto, se dedicaba a liquidar kurdos.

Al lado de las tres viudas cuelgan dos fotos; irradian blancura. Son imágenes de tumbas de personas no identificadas en Marsella y Río Tinto, Colombia, según se lee en el pie de foto. En una de ellas, cuatro niños corren y juegan sobre los bloques de cemento.

— Estas son tumbas N.N. En Colombia se han denunciado más de 56.000 desapariciones. Si se tiene en cuenta que muchos son casos duplicados, el número real podría bordear los 40.000.

Los periodistas toman nota. Todos atentos a los datos que el reconocido fotógrafo español va lanzando con propiedad de catedrático. Con esa misma propiedad sentencia:

— Los colombianos ya superan a Irak en número de desapariciones forzadas en el mundo.

Gervasio Sánchez (Córdoba, España; 1959) luce como si hubiera llorado toda la noche. Habla despacio y con una rítmica tranquilidad que rompe sólo para acusar a los políticos españoles de cobardes y a los líderes del mundo de negligentes, cómplices o asesinos. No sonríe. No niega una entrevista. Siempre le envía a los protagonistas de sus reportajes una copia de la revista o el periódico en que publica sus historias.

Esta semana, en el Centro Cultural Contemporáneo de Barcelona, horas antes de su inauguración oficial, recorrió con un grupo de reporteros locales la muestra fotográfica Desaparecidos. Hace varios años que trabaja en ella; prácticamente desde que comenzó su carrera.

— Es el proyecto más duro que he enfrentado —suele repetir—. Podría decir que parte de mi vida también ha desaparecido con su realización.

En 1983 estudiaba periodismo y trabajaba con Amnistía Internacional. Un día su jefe le entregó un informe de crímenes cometidos en El Salvador, en plena guerra civil, y en Guatemala, bajo Efraín Ríos Montt. Lo que leyó lo espantó; dice, siempre lo dice, que no lo quiso creer, y entonces viajó a Centroamérica para ver si tanta barbaridad era cierta.

Desde entonces se dedicó a “retratar dramas humanos”.

— Vean estas fotos, esta es una de las cosas que más me impacta de todo esto —y señala las pilas de huesos organizados de mayor a menor; la estructura ósea de un pie reconstruida en su totalidad, a excepción de una falange; los números escritos con plumón negro sobre cada pieza (muchas de estas imágenes tomadas en laboratorios de antropología forense en Bogotá, 2010).

— A mí lo que me sorprende es que los asesinos no sólo violan a las mujeres y se cargan a los niños, sino que maltratan los cuerpos, los hacen trizas. Y en cambio, llegan estos forenses y tratan cualquier hueso con un respeto impresionante, con esta grafía, este orden exquisito…

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(Mueve las manos en el aire como si dirigiera una orquesta).

— Sus actos demuestran valentía, respeto, dignidad.

Desde que Sánchez llegó a Colombia por primera vez (vino a cubrir las elecciones de 1990), ha regresado tantas veces que ni se preocupa por enumerarlas. Cubrió el éxodo de las comunidades de la cuenca del Cacarica, desplazadas en 1997, y la masacre de San José de Apartadó de 2005. Años antes, en 2001, publicó en el magazín dominical del diario La Vanguardia un largo reportaje sobre desaparecidos en Antioquia y de ahí en adelante ha sido testigo por vocación de todo lo que en Colombia se relaciona con la desaparición forzada.

Por eso no es de sorprenderse que Colombia aparezca recurrentemente en los espacios claroscuros del CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona). Se ven las tumbas N.N. y las exhumaciones, pero también las cajas de cartón apiladas en los estantes de la Fiscalía de Medellín; los dibujos hechos por sus familiares, en octavos de cartulina blanca, hechos antes de la ceremonia de entrega de los restos: Elías Fuentes Lazo: aunque nos arrebataron tu vida, tu recuerdo permanece intacto en nuestra memoria; el rostro de una madre y otra madre y otra, hermana o novia o prima, sobre los ataúdes lisos; y luego la fila de hombres y mujeres que salen de una entrega de restos en Santa Marta con la mirada perdida y el cajoncito en las manos.

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Gervasio Sánchez camina entre las fotos que brillan en la noche del salón. Su semblante sigue siendo el de alguien que ha llorado muchas horas.

Debajo de las fotos de las entregas de restos, tomadas en febrero del año pasado, se lee un texto de su autoría:

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“Lo lógico sería que los restos se inhumasen en un lugar muy visible del cementerio. Todos juntos, después del largo camino. Que la ceremonia del adiós se hiciera en un tiempo razonable. Que cada uno rezara a su Dios. Que recordara los tiempos felices antes de que los criminales matasen los sueños ocultos. Pero la lógica en Colombia es escurridiza. Los restos reciben sepultura en los nichos más escondidos y en los pisos más altos, previstos para los humildes”.

… Al lado de las imágenes de Santa Marta aparece un conjunto de fotos muy particular. Fueron tomadas un mes después, en marzo de 2010, en circunstancias muy distintas: cerca de una carretera en Cetina, Comunidad de Aragón, a 160 kilómetros de Valladolid, España.

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En ellas, un conjunto de antropólogos forenses exhuma los cuerpos de 12 personas, residentes del pueblo de Torrijo de Cañada, fusiladas extrajudicialmente en noviembre de 1936, cuando las tropas golpistas le declaraban la guerra a la República.

Sánchez no tenía planeado incluir en la muestra a su país. Al fin y al cabo aquí nunca había trabajado. Pero un día, durante una entrevista, una reportera de la agencia EFE lo interpeló al respecto y le dijo que eximir a España de un tema como éste –a España y a los 143.353 desaparecidos, según las listas que maneja el juez Baltasar Garzón— no tenía excusa.

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Sánchez, que es obsesivo cuando un tema le cala, incluyó dentro de su proyecto a los desaparecidos de la Guerra Civil y decidió dedicarle los próximos seis años al seguimiento de este asunto en España, en donde los procesos de exhumación de los cuerpos han sido lentos, fragmentados, muy politizados, dependientes de recursos que muchas veces no llegan y afectados por polémicas nacionales muy difíciles, como la generada el año pasado cuando se le impidió al entonces juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, investigar los crímenes cometidos durante el franquismo.

— Los colombianos han sido más valientes que los españoles —le dice Sánchez a los periodistas catalanes que lo persiguen durante el recorrido—. A partir de la Ley de Justicia y Paz, la Fiscalía estableció 20 equipos de exhumación en Colombia, los cuales visitan aldeas para buscar a los desaparecidos. ¡Ya me hubiera gustado a mí que eso se hubiera hecho en España!…

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Desaparecidos, del fotógrafo Gervasio Sánchez, es una exposición sobre el dolor y la ausencia, pero también sobre las maneras como una sociedad busca o evita recuperarse del daño que se han hecho a sí mismas.

Presentada simultáneamente en Barcelona (CCCB), Madrid (Casa Encendida) y León (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla), pareciera también ser un mensaje en código para la sociedad española, que a diario da muestras de estar despertando con cierta timidez a una realidad que ha mantenido silenciada y bajo tierra.

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Para Colombia es una manera de hablar de nuestro dolor al mundo y reflejarnos en los dolores de los otros. Esto es sobre todo evidente en el último fragmento de la muestra, llamado Víctimas del olvido: una colección de retratos a color donde cada víctima posa frente a la cámara con la foto de su ser querido en las manos. Rosa Roisinblit, madre de Patricia Roisiblit, desaparecida el 6 de octubre de 1978 en Buenos Aires; Aeesh Muhamed Ibrahim, esposa de Naukhoosh Mohamed, desaparecido el 31 de julio de 1983 en el Valle de Barzan, Irak; Zumra Ljeljic, esposa de Ohran Ljeljic, desaparecido en julio de 1995 en Srebrenica, Bosnia Herzegovina; Luz Marina Bernal, madre de Fair Leonardo Porras Bernal, desaparecido en Soacha el 8 de enero de 2008.

Ha terminado el recorrido. Gervasio Sánchez tiene el pesado catálogo de Víctimas del olvido en las manos. Mira las imágenes de los familiares de desaparecidos de Argentina y Chile.

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— Una de ellas, antes de morir, le dijo a las otras que si encontraban por fin a su hijo lo enterraran como si fuera de ellas.

Gervasio Sánchez lo dice serio, sobrio, con ese semblante de haber llorado muchos días. Y luego señala otra de las fotos en el libro, una de una anciana sonriente, sentada en una cama.

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— Es que todas se están ya muriendo —dice—. Ella está muerta  —pasa la página y señala—, ella está muerta —y otra página—, muerta —y otra—, muerta, muerta, muerta…

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