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Después de la Segunda Guerra Mundial la novedad, aparte de diseñar armamentos sofisticados, era crear sistemas para alimentar a la población en menor tiempo y a bajo costo. La ciencia estaba al servicio de la Guerra Fría y de la agricultura.
Fue así como un agrónomo estadounidense, Norman Borlaug, comenzó a utilizar variedades mejoradas de maíz y trigo cultivando una sola especie en un terreno durante todo el año (método hoy conocido como monocultivo) y aplicándoles grandes cantidades de agua, fertilizantes y plaguicidas.
Con estos procedimientos, la producción resultaba ser entre dos y cinco veces superior a la que quedaba con las técnicas tradicionales de cultivo. Desde entonces el mundo entero se apropió de estas prácticas y dio inicio a lo que William Gaud, exdirector de Usaid, denominó Revolución verde, que no era “violenta, como la Revolución roja de los soviéticos, ni una blanca, como la del sha de Irán”.
Luego del golpe de Fidel Castro en Cuba, en 1959, Estados Unidos bloqueó el intercambio de alimentos hacia la isla del Caribe. Las grandes azucareras y tabacaleras que tenían los estadounidenses allí se vinieron abajo junto con los vínculos diplomáticos entre ambas naciones.
La alternativa que contempló el gobierno cubano para evitar la hambruna en su isla fue la que ofrecían los monocultivos y plaguicidas, y así sobrevivió por décadas. Sin embargo, cuando el mundo vio el ocaso de la Unión Soviética, la ayuda internacional dejó de llegar a Cuba. Los insumos para sacar adelante la llamada Revolución verde también se agotaron, al igual que el combustible. El temor a una escasez se apoderó de los cubanos y la crisis alimentaria estaba más cerca que nunca.
Esta vez, Cuba no tenía salida. Los pocos aliados ya no estaban, el campo reclamaba semillas y el concentrado para alimentar el ganado sólo alcanzaba para dar de comer a los pollos.
Fernando Funes, un agrónomo de origen campesino, recuerda que en aquella época murieron “cientos de miles de animales”. En su casa y en la de muchos no había aceite, ni combustible, ni carne, ni tomate, ni cebolla y mucho menos una aspirina para el dolor de cabeza.
Según el agrónomo, en ese entonces hubo tres tipos de soñadores: “Miles de personas que huyeron del país, pero que anhelaban volver; los que guardaban la esperanza de que regresarían los grandes barcos de países socialistas con sus descomunales cargas de alimentos, y los locos que decidieron no morir de hambre y se aventuraron a hacer un nuevo tipo de agricultura”.
Funes estaba en el tercer grupo. Junto con 200 estudiantes y cientos de personas que prestaron sus balcones y terrazas como laboratorios, fundó la Asociación Cubana de Agricultura Orgánica (GAO), que en 1999 recibió el Premio Nobel Alternativo otorgado por la Fundación Right Livelihood, un día antes de la ceremonia oficial de los Nobel en Noruega.
La GAO tenía vagas ideas sobre qué era la agricultura orgánica, pero con la ayuda de científicos de otros países, incluidos estadounidenses, exploraron formas naturales de producir plaguicidas y abonos, y en lugar de continuar con los monocultivos optaron por extensiones de tierra con varias semillas.
En los hogares de La Habana se acabaron el hambre y la enfermedad. Las familias tenían sus propios cultivos de plantas medicinales, hortalizas y árboles frutales, además de pequeñas crías de ganado. Funes se dio cuenta de que la Revolución verde, esa que se suponía podría quitar el hambre del mundo, dejaba daños irreversibles en la tierra, que sólo podrían conducir a más pobreza.
Al principio, la opinión general era que estas medidas eran para salir del paso y que las cosas volverían a la “normalidad” cuando las importaciones de fertilizantes y pesticidas se reanudaran. Pero en la década de los noventa el número de miembros de la GAO abarcaba a todo el sector agrícola. Unas 400.000 familias en las ciudades y el campo se sumaron a la iniciativa. Funes y su equipo demostraron que la producción agroecológica puede producir rendimientos similares, y a veces superiores, a los métodos convencionales, así como generar beneficios económicos y mejorar la fertilidad del suelo.
Durante esta semana, este cubano que salvó a su país del hambre a la que estaba destinado está en Colombia, junto con otros 13 Premios Nobel Alternativos, discutiendo soluciones efectivas para los problemas de América Latina. Sobre la seguridad alimentaria en el país, Funes dice que si bien hay avances, “Colombia necesita la paz para devolverles la tierra a los campesinos”.