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En el barco que los conducía hacia el reino de Cornualles, Tristán y la princesa Isolda bebieron, por equivocación de una doncella, un filtro de amor. La Reina de Irlanda, madre de Isolda, lo había preparado para sellar el amor entre su hija y el poderoso rey Marcos; para que por tres años no pudieran vivir separados sin enfermar y pasado ese tiempo siguieran amándose hasta la muerte. Las cosas no resultaron como todos pretendían y cuenta la leyenda que el caballero y la princesa “al instante se miraron extrañados. El amor, tormento del mundo, los sometía y los sojuzgaba”.
Los filtros de amor y las pociones mágicas poco a poco se esfumaron de las páginas literarias. ¿Quién, lejos de la imaginería medieval, sería tan ingenuo para creer que los sentimientos se pueden prolongar por cuenta de un bebedizo? No muchos, seguro. Pero entre los que sí, habría que anotar a Larry J. Young, del departamento de psiquiatría del Center for Behavioral Neuroscience en la Escuela de Medicina de la Universidad Emory (Atlanta, EE.UU.).
Hace pocos meses, en un ensayo titulado Amor: las neurociencias revelan todo, publicado en la revista Nature, este bioquímico fascinado por los mecanismos moleculares y celulares que subyacen y explican nuestros comportamientos sociales, conjeturó que no falta mucho para que “algún inescrupuloso pueda dejar caer una farmacéutica poción de amor en nuestras bebidas”.
Young y su equipo estudian el cerebro de los campañoles, mamíferos roedores parecidos a un ratón y que comparten con los humanos la propensión a la monogamia (un exclusivo y extraño club al que pertenecen menos del 5% de los mamíferos). Pocas dudas le quedan al doctor Young de que el amor no sea otra cosa que una cadena de eventos bioquímicos (ver entrevista página 12).
Uno de sus argumentos es que cuando inyecta a hembras campañolas una infusión de oxitocina, hormona relacionada con los patrones sexuales y con la conducta maternal y paternal, éstas inmediatamente se unen al macho más próximo. Algo similar ocurre con los machos campañoles cuando se les suministra otra hormona conocida como vasopresina. Las diferencias entre hembras y machos hacen suponer que la sexualidad de unos y otros evolucionó por caminos distintos.
El objetivo de Young en realidad es que tarde o temprano se puedan diseñar fármacos para ayudar a personas autistas o esquizofrénicas a interactuar socialmente. Pero en esa búsqueda no descarta que otros busquen vacunas contra el amor o sustancias que ayuden a las parejas, al borde de un divorcio, a renovar los votos.
¿Por qué nos besamos?
Mientras algunos neurocientíficos siguen escarbando en el cerebro de los campañoles, muchos otros intentan develar otros secretos del corazón. Algunos, por ejemplo, fabrican teorías para explicar por qué nos besamos. El psicólogo evolucionista Gordon Gallup, de la Universidad de Albania, opina que los besos “involucran un complicado intercambio de información olfatoria, táctil y postural relacionada con mecanismos inconscientes que les permiten a las personas tomar decisiones sobre el grado de incompatibilidad genética con la pareja”. En pocas palabras, los besos serían un test genético que aplicamos a nuestras parejas.
¿Tan poderosa es la información que intercambiamos en un beso? En una encuesta, Gallup y sus colegas se sorprendieron al encontrar que el 59% de los hombres encuestados y el 66% de las mujeres admitían que en varias ocasiones después de besar a alguien que los atraía, el deseo se había evaporado.
La ruta del orgasmo
Entre el misterio de los besos y los neurotransmisores del amor, aún está por armarse el rompecabezas de un orgasmo. Gert Holstege, de la Universidad de Groningen (Holanda), es uno de los que intenta juntar las piezas escaneando con un Tomógrafo por Emisión de Positrones los cerebros de hombres y mujeres mientras sus parejas los estimulan sexualmente.
En el caso de los hombres detectó una intensa actividad en el área ventral tegmental, una parte de lo que se conoce como el circuito de recompensa del cerebro. “La intensidad de la respuesta es comparable a la inducida por la heroína”, apuntó. Otras zonas encendidas fueron las relacionadas con la memoria de imágenes mientras la amígdala, centro de vigilancia y el miedo, mostró una disminución.
La sorpresa apareció cuando estudió el cerebro de las mujeres durante un orgasmo: ¡gran parte de las neuronas entraban en silencio, se inactivaban! En especial, aquellas de la corteza lateral orbitofrontal, una región asociada con el autocontrol sobre los deseos básicos, y otras como las de la corteza prefrontal dorsomedial, que aparentemente juegan un rol en el razonamiento y los juicios morales. Como en los hombres, las zonas a cargo de la vigilancia también se apagaron, un dato que respondería al por qué buscamos un lugar íntimo y seguro para tener sexo.
Por supuesto, también el final del amor es motivo de estudio. Psicólogos como Lisa Diamond, de la Universidad de Utah, han establecido que cuando una pareja es separada por cuatro a siete días, los niveles de cortisol, la hormona del estrés, aumentan, lo cual causa la irritabilidad y el insomnio típico de los amantes abandonados.
A este ritmo, y si el doctor Young no se equivoca en sus predicciones, los enamorados añadirán tarde o temprano al ajuar de la boda un botiquín con pastillas para reforzar sus niveles de oxitocina y vasopresina.