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La ropa estaba hecha para perdurar por varias generaciones. Los cortes tenían concepto y eran sobre medidas y 100% en seda o algodón. Las prendas de las abuelas solían trascender y renovarse en los armarios de sus hijas y nietas. Así lo recuerda con nostalgia Natalia Gómez, quien con tan sólo 25 años creó junto a su hermana The Vintage Lab, un local que empezó hace cinco años en Facebook y hoy ocupa una de las esquinas más visitadas del barrio Chapinero Alto, en Bogotá.
Su madre, amante de los anticuarios, fue la principal fuente de inspiración. Por eso el local ofrece también colecciones para mamás.
Las prendas originales e importadas de distintas tiendas alrededor del mundo, especialmente de ciudades como Nueva York y Berlín, son intervenidas en este lugar para aplicarles nuevos adornos o ajustar las tallas. “Una chaqueta de cuero de los años 80, por ejemplo, la rediseñamos y convertimos los flecos en carteras”, explica Gómez.
Karen Carvajal también le ha apostado a la moda vintage. Iinfluenciada por su abuela, esta diseñadora de modas creó La Majestuosa, un almacén que produce sus propias prendas, como turbantes, pantalones anchos tallados a la cintura, sombreros y plataformas, que vuelven a ganar acogida en el mercado.
“En Colombia apenas se está explorando la moda vintage. Medellín y Bogotá son las ciudades más avanzadas. Sin embargo, aún falta culturizar a la gente que todavía cree erradamente que la ropa es de segunda”, concluye Gómez.