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Todos alguna vez hemos envidiado algo a otra persona, disfrutado de días en los que la pereza no nos permite pararnos de la cama, de instantes de ira o de soberbia. Nadie está a salvo de cometer excesos, de gozar con cosas que no están bien hechas, de pecar. Sin embargo, muchas de estas actuaciones e impulsos no son aprendidos sino que forman parte de la naturaleza humana.
Así lo revelan una serie de investigaciones publicadas por la revista científica BBC Focus, según las cuales por lo menos la mayoría de los llamados pecados capitales sería fruto de condiciones neurológicas propias del hombre o que se han generado en el transcurso de su proceso evolutivo. Aunque esto no puede convertirse en una excusa para actuar de cualquier manera, sí explica por qué es tan difícil hacer lo correcto y no caer en tentaciones.
Lujuria
Científicos de la U. de Northwestern (EE.UU.) tomaron imágenes de los cerebros de un grupo de voluntarios mientras veían películas eróticas, para comprender cómo experimentan los deseos sexuales. Éstas reflejaron que el sistema límbico (encargado de procesar respuestas fisiológicas frente a estímulos emocionales) se activa cuando vemos algo que nos gusta.
Estructuras como el núcleo accumbens o centro del placer, son el corazón del sistema. Según los investigadores, todo indica que la naturaleza nos anima a desarrollar un interés activo en la procreación.
Gula
Adam Safron, investigador de la U. de Northwestern (EE.UU.), explica que los circuitos de recompensa del cerebro también se activan cuando comemos. “Esta sensación de gratificación responde a una lógica evolutiva”.
Además, durante gran parte de la historia de la especie humana la supervivencia fue difícil y “estas condiciones adversas modelaron nuestros cerebros y establecieron cuánto queríamos los alimentos”.
Sin embargo, aclaró Safron, “algunas personas se sienten avasalladas por los llamados de la naturaleza y están demasiado motivadas a conseguir alimentos poco saludables”.
Pereza
La tendencia a descansar, a no hacer absolutamente nada también tiene sus raíces en nuestro proceso evolutivo como especie. Los primeros hombres, que debían cazar para sobrevivir, no tenían la certeza de cuándo volverían a ingerir una buena comida.
Así que, sugiere una investigación inglesa, cuando se alimentaban de manera satisfactoria preferían ahorrar la energía y descansar para poder resistir hasta volver a capturar una nueva presa.
Envidia
Científicos del Instituto Nacional de Ciencias Radiológicas de Japón hicieron escáneres cerebrales a un grupo de voluntarios mientras leían los perfiles de distintas personas, para observar qué áreas del cerebro se activaban. Cuando todos leyeron sobre alguien exitoso, se registró una reacción en una región del cerebro conocida como la corteza cingulada anterior. “Esta es el área vinculada con el dolor físico. Se trata de una emoción que forma parte del circuito del dolor”, dijo Hidehiko Takahashi, uno de los investigadores.
Soberbia
Científicos de la Montclair State University (EE.UU.) realizaron un estudio de un fenómeno conocido como exceso de reivindicación, que se da cuando las personas pretenden saber cosas que desconocen. Lo curioso es que la investigación dirigida por Julian Paul Keenan muestra que la modestia se origina en la misma área del cerebro que este fenómeno. “Son dos caras de la misma moneda”, aseguró el experto”.
Ira
Científicos del King College de Londres realizaron un estudio para determinar por qué hay personas que no pueden controlar su mal genio frente a ciertas situaciones. Después de estudiar la estructura cerebral de un grupo de voluntarios, encontraron que quienes tenían comportamientos violentos presentaban deficiencias en las conexiones entre su amígdala cerebral (encargada de las reacciones emocionales) y su corteza prefrontal.
En otra investigación de la U. New South Wales, en Australia, se encontró que en quienes son proclives a guardar rencor, más que en aquellos de personalidad explosiva, la corteza prefrontal medial (encargada de moderar el comportamiento) se activa rápidamente en circunstancias extremas.
Avaricia
Adam Safron, investigador de la U. de Northwestern, asegura que durante años ha intentado estudiar el origen neurológico de la avaricia, pero se ha encontrado con que se trata de un fenómeno complejo que podría estar más condicionado por el aprendizaje.
“Si hablamos de algo que podría estar influenciado por predisposiciones biológicas, la glotonería o la lujuria deberían mencionarse. Sabemos, por ejemplo, que hay neuroquímicos que aumentan o disminuyen la libido”. Pero, asegura Safron, hay cosas que no son innatas y la avaricia podría ser una de ellas.
“Una vez escuché —reflexiona Safron— que las emociones son los verdugos de la evolución. Son los instrumentos que usa la selección natural para hacer que los organismos logren propagar sus genes”.